Orrego encontró el caño

Jun 4, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

La Legislatura aprobó el financiamiento por hasta 600 millones de dólares mientras el gobierno provincial continúa administrando cifras difusas, balances incompletos y auditorías invisibles. Después de una gestión flaca de volumen político, Marcelo Orrego finalmente encontró algo capaz de producir movimiento, épica y campaña: dinero ajeno.

La política argentina tiene una costumbre patológica: cuando una gestión no logra fabricar liderazgo, fabrica anuncios.

Y cuando tampoco alcanzan los anuncios, aparece la deuda.

Entonces llegan las palabras solemnes. “Desarrollo”. “Infraestructura”. “Crecimiento”. “Modernización”. “Futuro”.

Siempre futuro.

Porque el futuro posee una ventaja extraordinaria para cualquier gobierno: todavía no puede auditarse. Y San Juan acaba de abrazar oficialmente esa filosofía.

Marcelo Orrego consiguió autorización para avanzar hacia el mayor endeudamiento de la historia reciente de la provincia mientras la administración todavía ni siquiera logró naturalizar algo bastante más modesto y civilizado: mostrar números completos sin que parezca un operativo militar.

La Fiesta del Sol continúa perdida dentro de balances nebulosos. El Ironman sigue envuelto en cifras generales, estimaciones optimistas y relatos turísticos escritos con el rigor estadístico de un horóscopo. Las auditorías completas aparecen menos que un funcionario incómodo en conferencia de prensa.

Pero ahora debemos creer que esa misma estructura política administrará sin problemas una ingeniería financiera internacional de 600 millones de dólares.

Magnífico.

Es como ver a alguien perder las llaves de la bicicleta y entregarle un Boeing 747 porque “ahora sí aprendió”.

Y ahí aparece el verdadero corazón de esta historia.

No la deuda. La desesperación política.

Porque después de meses de una gestión políticamente deshidratada, Orrego finalmente encontró algo capaz de devolverle volumen: plata. Mucha plata.

Plata para anunciar. Plata para recorrer departamentos. Plata para inaugurar cordones, cunetas con drones cinematográficos. Plata para spots donde la provincia parece Singapur con tonada cuyana. Plata para fabricar sensación de movimiento en una gestión que hasta ahora venía funcionando más como una consultora de LinkedIn que como un gobierno con épica territorial.

La obra pública sigue siendo la cocaína emocional de la política argentina.

Produce euforia inmediata. Produce sensación de liderazgo. Produce imágenes. Produce titulares. Produce la ilusión de que alguien está haciendo algo gigantesco aunque nadie termine de entender cuánto costará realmente.

La factura, naturalmente, llega después.

Mucho después.

Y ahí reside la genialidad estructural del sistema: los gobiernos inauguran hoy, las sociedades pagan mañana.

Argentina perfeccionó ese mecanismo hasta convertirlo en patrimonio cultural.

Primero aparece la épica. Después el endeudamiento. Más tarde llegan las excusas. Finalmente aparece un economista en televisión diciendo que “las condiciones internacionales cambiaron inesperadamente”.

Siempre cambian inesperadamente.

Lo único que jamás cambia es la velocidad con la que la política sanjuanina se enamora del dinero que todavía no tiene.

Por eso la frase de Orrego resulta tan reveladora cuando afirma que no entiende cómo alguien puede votar “contra el crecimiento”.

La traducción política sería más honesta así: todo el que dude queda automáticamente acusado de sabotear el futuro.

La vieja trampa emocional argentina. Cambian los partidos. No cambia el mecanismo.

Como si pedir balances fuera antipatriótico. Como si exigir auditorías atentara contra el progreso. Como si reclamar transparencia equivaliera a odiar las rutas, las viviendas y los amaneceres sobre la Cordillera.

Y mientras tanto San Juan continúa sin adherir a la Ley 27.275 de Acceso a la Información Pública.

Ese detalle debería bastar para frenar cualquier entusiasmo colectivo.

Porque una provincia que todavía administra opacidad no debería administrar semejante volumen de deuda con tanta liviandad discursiva.

Pero la política descubrió hace tiempo que mostrar renders gigantes produce muchos más votos que mostrar contratos completos.

Entonces aparecen funcionarios hablando de “apalancamiento financiero” con el mismo entusiasmo con el que antes hablaban de federalismo, revolución productiva o lluvia de inversiones.

La semántica también cotiza.

Y quizá ahí aparezca la imagen más sincera de toda esta historia: un gobierno que todavía no logra transparentar completamente gastos relativamente pequeños acaba de encontrar un océano de dinero futuro justo cuando empiezan a acercarse las próximas campañas.

Qué casualidad.

O quizá no.

Porque en San Juan las coincidencias presupuestarias suelen tener calendario electoral.

Y cuando finalmente aparezcan los vencimientos verdaderos de esta historia, la política hará lo que siempre hace en San Juan: cambiar de discurso, cambiar de culpables y cambiar de escenario.

Algunos dirán que la herencia fue peor. Otros hablarán del contexto internacional. Aparecerá algún economista explicando que “nadie podía prever” lo que terminó ocurriendo.

Pero mientras los discursos cambian, la deuda permanece.

Quieta. Pesada. Firmada.

Esperando que los sanjuaninos hagan algo que la política rara vez hace: pagar las consecuencias.

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