El día en que América empezó a soñarse libre

May 25, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

25 de Mayo, memoria, Nación y el largo aprendizaje de sentirse parte de una patria.

Hay algo profundamente emotivo en el 25 de Mayo. Algo que resiste incluso al desgaste de la política, a los discursos repetidos y a las ceremonias que el tiempo fue volviendo rutinarias. Tal vez porque, en el fondo, no recordamos solamente una fecha. Recordamos un despertar.

La historia argentina suele narrar Mayo de 1810 como una escena encerrada en Buenos Aires: paraguas, escarapelas y balcones coloniales. Pero la verdadera revolución había comenzado mucho antes y mucho más lejos de aquel Cabildo.

América llevaba décadas aprendiendo a pronunciar la palabra libertad.

Túpac Amaru II ya había lanzado su grito desesperado contra la opresión colonial en las montañas del Perú. Su rebelión fue derrotada con una brutalidad salvaje, pero dejó sembrada una idea imposible de ejecutar públicamente; los pueblos también podían rebelarse contra los imperios.

Después aparecería José de San Martín, entendiendo que ninguna patria sudamericana sobreviviría aislada. Por eso cruzó los Andes. No solamente para liberar territorios, sino para unir destinos. Mientras tanto, Simón Bolívar soñaba desde el norte una América capaz de reconocerse a sí misma como una civilización libre y soberana.

Ellos comprendieron algo extraordinario para su tiempo.

La independencia no consistía únicamente en expulsar gobiernos extranjeros.

Consistía en descubrir una identidad.

Porque antes de las banderas existió una emoción. Antes de los himnos existió una intuición colectiva. El sentimiento de que esta tierra también pertenecía a quienes la trabajaban, la caminaban y la sufrían.

Allí nació verdaderamente la patria.

Y quizá por eso el 25 de Mayo todavía conmueve. Porque recuerda el instante en que América dejó de sentirse colonia y empezó lentamente a pensarse Nación.

Sin embargo, la historia también obliga a formular preguntas incómodas.

En 1810 se peleaba contra la corrupción colonial, contra los privilegios concentrados y contra un sistema donde las decisiones importantes eran tomadas lejos de la realidad de los pueblos. Se luchaba por soberanía, representación y dignidad política.

Más de doscientos años después, la pregunta sigue flotando sobre la Argentina como una sombra inevitable.

¿Realmente cambiamos tanto?

Porque a veces el país parece haber reemplazado estructuras sin terminar de modificar ciertas costumbres profundas del poder. Cambian los gobiernos, los discursos y las promesas, pero sobreviven viejas prácticas; burocracias eternas, privilegios disfrazados de institucionalidad y ciudadanos que muchas veces sienten que el Estado continúa funcionando demasiado lejos de sus verdaderas necesidades.

San Juan conoce bastante bien esa sensación.

Discursos modernos sobre desarrollo y transparencia conviven diariamente con una sociedad cansada de anuncios grandilocuentes y respuestas incompletas. Y aun así, incluso en medio del desencanto, persiste algo admirable en el alma argentina.

La obstinación de seguir creyendo.

Porque este país tiene una extraña capacidad para reconstruirse emocionalmente después de cada caída. Tal vez sea eso lo que vuelve tan poderosa a la idea de patria. No la perfección. No la ausencia de errores. Sino la voluntad colectiva de seguir imaginando un destino común aun cuando la realidad parece empujar hacia el cinismo y la resignación.

Por eso el patriotismo verdadero nunca debería reducirse a una ceremonia anual o a una escarapela prendida en el pecho.

La patria también necesita memoria.

Necesita ciudadanos críticos.

Necesita honestidad pública.

Necesita instituciones que respeten a su propia gente.

Y necesita recuperar aquella vieja valentía de 1810; la decisión de involucrarse en el destino colectivo.

Porque las naciones no mueren solamente por las crisis económicas.

También se debilitan cuando sus pueblos dejan de sentirlas propias.

Y quizá esa sea la reflexión más profunda de este 25 de Mayo.

Entender que la patria empezó el día en que los pueblos americanos descubrieron que también podían pensarse como Nación. Cuando dejaron de sentirse únicamente colonias dispersas para reconocerse parte de una misma conciencia histórica.

Y fue entonces cuando nació algo más poderoso que un gobierno o una bandera.

Nació el sentimiento nacional.

La convicción de que esta tierra también les pertenecía a sus pueblos.

La certeza de que América podía construir su propio destino.

Y el amor a la patria argentina como una idea colectiva capaz de sobrevivir incluso a sus propias crisis, errores y contradicciones.

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