Fabián y su laberinto: la verdad de las mentiras

May 19, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Entre herencias eternas, ferias millonarias y promesas futuras, el problema no es que la política mienta; el verdadero peligro empieza cuando termina creyéndose sinceramente sus propias versiones.

Hay una escena que se repite demasiado en la política sanjuanina. El funcionario se para frente a un micrófono, habla de la pesada herencia recibida, enumera catástrofes pasadas, promete un futuro luminoso y finalmente pide paciencia porque “las cosas no se arreglan de un día para el otro”. La fórmula funciona hace décadas. Cambian los partidos, los colores y los slogans. La liturgia permanece intacta.

Fabián Martín acaba de ofrecer una de las versiones más refinadas de ese viejo ritual provincial.

“No partimos de cero, partimos de -10”, dijo el vicegobernador mientras defendía la gestión de Marcelo Orrego y responsabilizaba nuevamente a los gobiernos anteriores de los males actuales. Después profundizó la idea con otra frase igual de interesante: “Muchos de los que critican generaron el problema”.

La política sanjuanina descubrió hace tiempo un mecanismo extraordinario; transformar toda crítica en sospecha y todo presente en consecuencia inevitable del pasado.

Es una ingeniería discursiva brillante.

Porque si el desastre siempre lo provocó otro, entonces el gobierno actual nunca termina de ser completamente responsable de nada. Siempre gobierna desde una especie de estado de excepción emocional. Nunca llega verdaderamente al presente. Vive administrando ruinas ajenas mientras construye promesas futuras.

Y ahí empieza el verdadero laberinto de Fabián Martín.

Porque cuanto más insiste el oficialismo en que heredó una provincia devastada, más incómoda se vuelve una pregunta elemental: ¿en qué momento empieza finalmente la responsabilidad propia?

San Juan parece haberse convertido en una provincia donde todos reciben escombros, pero nadie deja rastros de haber gobernado antes. Una tierra política administrada por sobrevivientes permanentes.

Mientras tanto, la narrativa oficial intenta consolidar una épica austera. Se habla de esfuerzo, de orden, de responsabilidad fiscal y de gestión silenciosa. Fabián Martín incluso aseguró que la Feria Minera no fue “un circo”.

Sin embargo, pocas cosas se parecen tanto al espectáculo político moderno como ciertas ferias institucionales convertidas en escenografías de desarrollo.

Cuarenta y ocho mil visitantes. Más de quinientos stands. Toronto. Inversores internacionales. Posicionamiento global. Minería histórica.

Todo narrado con tono solemne, casi cinematográfico, como si San Juan estuviera a punto de ingresar definitivamente a la primera división económica del continente.

Y puede que parte de eso en un futuro sea cierto.

El problema es que la política sanjuanina se volvió experta en confundir movimiento con transformación.

Una feria multitudinaria no necesariamente implica desarrollo estructural. Del mismo modo que una conferencia económica no garantiza inversiones reales, ni una fotografía con empresarios extranjeros asegura empleo genuino para los sanjuaninos.

Porque mientras los discursos oficiales hablan de minería, futuro y recuperación, la provincia sigue conviviendo con salarios deteriorados, comercios debilitados, sectores productivos asfixiados y empleados públicos que escuchan nuevamente la promesa más tradicional de la política local: “Hay que aguantar un poco más.”

Siempre un poco más.

La esperanza sanjuanina tiene algo de crédito bancario: se ofrece rápido, emociona al principio y termina llegando con intereses difíciles de calcular.

Pero quizás lo más interesante no sea la narrativa económica. Lo verdaderamente fascinante es la construcción psicológica del discurso político moderno.

Fabián Martín no habla únicamente como un dirigente que intenta defender una pésima gestión. Habla como alguien que parece convencido de que las críticas representan casi una injusticia moral.

Allí nace la memoria selectiva del poder.

Las obras inconclusas del pasado aparecen constantemente. Las dificultades presentes se relativizan. Las preguntas incómodas se consideran operaciones. Y los pedidos de transparencia empiezan lentamente a molestar demasiado.

Porque mientras el oficialismo habla de reconstrucción provincial, todavía existen demasiadas preguntas sin respuestas públicas claras.

¿Cuánto costaron realmente algunos eventos promocionales? ¿Dónde están los balances completos y fácilmente accesibles? ¿Cuál fue el impacto económico concreto de ciertas ferias? ¿Cuánto dinero se destinó a publicidad oficial? ¿Cuántas inversiones mineras anunciadas se tradujeron efectivamente en empleo privado estable?

La transparencia sanjuanina suele funcionar como esos muebles de exhibición que nadie puede tocar; están ahí para decorar institucionalmente, no necesariamente para abrirse.

Entonces aparece otra contradicción extraordinaria.

El gobierno insiste en que no hace marketing exagerado mientras construye cuidadosamente una narrativa heroica sobre sí mismo. Cambió el estilo, no el mecanismo. Ya no existe el triunfalismo estridente de otras épocas; ahora domina una estética más elegante, más moderada, más técnica.

Pero sigue siendo construcción emocional del poder.

Y ahí reside el peligro verdadero.

Porque el problema no es únicamente que la política mienta. La política mintió siempre. El verdadero riesgo aparece cuando los gobiernos empiezan a enamorarse sinceramente de sus propias explicaciones.

En ese instante dejan de escuchar.

Las críticas se vuelven agresiones. Las preguntas parecen conspiraciones. La prensa incómoda se transforma en molestia. Y la realidad empieza lentamente a ser reemplazada por una versión editada de la realidad.

Entonces el gobierno ya no administra una provincia concreta.

Administra un relato sobre la provincia.

Y los relatos políticos tienen una característica peligrosa: funcionan perfectamente… hasta que la realidad decide presentar la factura.

Borges escribió que los laberintos más complejos son aquellos donde quien entra termina creyendo que ya encontró la salida.

Tal vez allí esté hoy la política sanjuanina.

Perdida dentro de un espejo lleno de discursos, herencias y promesas, intentando convencer a todos de que el problema siempre estuvo afuera mientras el laberinto crece silenciosamente desde adentro.

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