La sierra vota, Lima decide

May 5, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Elecciones que no resuelven, apenas revelan

La sierra no le da la espalda al país, le recuerda que la justicia nunca llegó a su altura.

La escena electoral peruana vuelve con esa obstinación que no es democrática sino histórica. Cambian los nombres, rotan los discursos, se renuevan las promesas con la frescura de lo que nunca se cumplió, pero el resultado, en su forma más profunda, permanece intacto. Hay un país que vota convencido de que decide y otro que vota con la certeza de que apenas resiste. Y en ese quiebre, que no es nuevo pero tampoco termina de volverse visible para todos, la sierra vuelve a ocupar su lugar incómodo, ese donde el voto no acompaña sino que contradice.

No es un capricho geográfico. Es una memoria.

Si uno se aproxima a este fenómeno con la mirada de José Carlos Mariátegui, la elección deja de ser un evento y pasa a ser una evidencia. Él mismo lo dejó escrito con la claridad de quien no buscaba agradar sino explicar, “el problema del indio es el problema de la tierra”. No hay metáfora ahí, hay estructura. Hay una verdad que las elecciones no corrigen porque no están diseñadas para eso. Y por eso, cada resultado que sorprende a Lima no es más que la confirmación de un conflicto que nunca se resolvió.

La sierra no vota distinto por error. Vota distinto porque vive distinto.

Desde Lima, ese voto suele interpretarse con una mezcla de desconcierto y soberbia. Se habla de manipulación, de ignorancia, de atraso. Se construyen explicaciones cómodas que permiten no mirar el fondo. Pero el fondo sigue ahí, intacto, esperando que alguien lo nombre sin eufemismos. Mariátegui también lo advirtió con una lucidez que hoy incomoda por vigente, “el gamonalismo no es solo un régimen económico, es también un régimen político”. Y sin embargo, el Perú político insiste en reproducir esas mismas lógicas que dice combatir.

No es casualidad que en la sierra se haya trazado el sendero más oscuro de nuestra historia reciente. Allí donde el Estado fue siempre una promesa lejana, donde la desigualdad no es estadística sino experiencia diaria, germinan también las formas más radicales de respuesta. No como accidente, sino como consecuencia.

Ahí es donde la sensibilidad de José María Arguedas se vuelve imprescindible. Porque si Mariátegui explicó el conflicto, Arguedas lo habitó. Lo escribió desde adentro, con esa tensión permanente de quien pertenece a dos mundos que no dialogan. En su voz aparece ese Perú que no entra en las estadísticas, ese que habla desde otro registro. “Yo no soy un aculturado, yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio”, escribió, como si estuviera anticipando la fractura que hoy se expresa en cada elección.

Las elecciones, vistas desde Arguedas, no son una fiesta cívica. Son un idioma que no termina de traducirse.

Hay un Perú que habla en cifras, en indicadores, en crecimiento sostenido. Y hay otro que habla en experiencia, en abandono, en promesas que llegan siempre tarde o directamente no llegan. El primero diseña políticas. El segundo sobrevive a ellas. Y cuando llega el momento de votar, esa distancia se convierte en decisión.

La sierra no rechaza al país. Rechaza la forma en que el país la ha construido.

Por eso el mapa electoral no es un dato técnico, es un relato. Una geografía donde cada región vota no solo por lo que espera, sino por lo que recuerda. Y la memoria, cuando ha sido golpeada durante generaciones, no se corrige con campañas ni con slogans. Se acumula. Se endurece. Se vuelve criterio.

La democracia peruana, en este contexto, funciona como un mecanismo eficiente para administrar la desigualdad. Permite votar, permite cambiar nombres, permite incluso alternancias que parecen profundas, pero en el fondo conserva intactas las condiciones que generan el conflicto. Es una democracia que cuenta votos con precisión, pero que no logra traducirlos en integración.

Ahí está el verdadero problema. No en quién gana, sino en qué permanece.

Mariátegui lo habría dicho sin rodeos, con esa crudeza que incomoda porque es cierta, “la historia del Perú contemporáneo no se explica sin el gamonalismo”. Y Arguedas lo habría susurrado desde otro lugar, más íntimo pero igual de contundente, “todas las sangres no viven juntas en armonía, viven en tensión”. Entre ambos, entre la estructura y la sensibilidad, queda este Perú que se sigue buscando sin encontrarse.

Y en ese intento fallido, la sierra vuelve a cumplir un papel que incomoda porque desnuda. No acompaña la narrativa oficial, no se pliega al entusiasmo mediático, no se deja seducir por la estética del progreso. Vota desde otro lugar, uno que no necesita ser entendido para ser legítimo.

No hay error en ese voto. Hay coherencia.

Porque cuando el Estado aparece como promesa incumplida, cuando la economía crece sin incluir, cuando la política se vuelve espectáculo antes que solución, el voto deja de ser adhesión y pasa a ser advertencia. Y eso es lo que la sierra viene haciendo elección tras elección, advirtiendo, insistiendo, recordando que hay un país que no termina de entrar en el relato oficial.

El problema es que ese mensaje, como tantas veces en la historia peruana, vuelve a perderse en la traducción.

Mientras tanto, en Lima, el Congreso seguirá gobernando para los mismos de siempre, una élite que convirtió la corrupción en institución y la democracia en trámite.

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