El día en que Julius quedó huérfano

Mar 11, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

La muerte de un escritor no ocurre cuando deja de respirar, sino cuando sus lectores dejan de abrir sus libros. Y eso —al menos con Bryce— todavía está muy lejos de suceder.

Dicen que los escritores mueren dos veces.

La primera cuando el corazón decide cerrar la biblioteca del cuerpo.

La segunda cuando sus libros dejan de ser leídos.

La primera ocurrió hoy con Alfredo Bryce Echenique.

La segunda, sospecho, tardará mucho en llegar.

Porque Bryce no fue solamente un escritor. Fue una manera particular de contar la nostalgia latinoamericana: esa mezcla de humor, melancolía y memoria que parece escrita con tinta de café y tardes largas.

Recuerdo —y toda literatura empieza siempre con un recuerdo— que mi primer encuentro con su obra ocurrió en la penumbra universitaria de los años en que uno todavía cree que los libros pueden explicar el mundo.

Primero llegaron los cuentos de Huerto cerrado.

Allí descubrí que la infancia podía narrarse como un territorio lleno de silencios familiares, jardines domésticos y pequeñas tragedias invisibles.

Luego apareció aquel relato irónico que llevaba por título La felicidad, ja ja, donde Bryce parecía sospechar que la alegría, en América Latina, siempre llega acompañada de una risa que se parece demasiado a la ironía.

Después llegaron las novelas.

Llegó Un mundo para Julius, que era mucho más que la historia de un niño aristocrático en la Lima elegante de los años cincuenta. Julius era, en realidad, una lupa moral. Un niño que observaba a los adultos con la ingenuidad peligrosa de quien todavía no ha aprendido a justificar las injusticias.

Porque Bryce entendía algo que pocos narradores comprenden: la infancia no es inocente. Es reveladora.

Más tarde apareció La vida exagerada de Martín Romaña, y con ella ese personaje inolvidable que deambulaba por París como si la revolución del 68 hubiera dejado a toda una generación latinoamericana con más preguntas que respuestas.

Romaña era exagerado, torpe, sentimental. Pero sobre todo era humano. Y los personajes humanos sobreviven más que los heroicos.

Durante aquellos años de formación literaria descubrí que Bryce no estaba solo en mi biblioteca. Compartía estante con Mario Vargas Llosa y con Julio Ramón Ribeyro. Los tres narraban el Perú desde lugares distintos.

Vargas Llosa diseccionaba el poder.

Ribeyro observaba la derrota cotidiana.

Bryce, en cambio, narraba la nostalgia. Y esa trilogía silenciosa terminó marcando no solo una época literaria, sino también a quienes aprendimos a leer el mundo a través de sus páginas.

Claro que Bryce también fue un escritor incómodo. Las acusaciones de plagio que aparecieron en distintos momentos de su vida literaria ensombrecieron su reputación y abrieron debates legítimos sobre ética y autoría.

Otros, con mayor autoridad crítica, discutirán esas sombras con la precisión de los académicos.

A mí me queda algo más simple.

La memoria del lector.

Porque los lectores recordamos las emociones antes que los expedientes.

Recordamos a Julius caminando por los pasillos de una mansión limeña sin entender por qué algunos viven arriba y otros abajo.

Recordamos a Martín Romaña intentando explicar el mundo mientras el mundo se le escapa por los bordes de la ironía.

Recordamos, en suma, esa forma tan particular que tenía Bryce de escribir como si cada página fuera una carta enviada desde el pasado.

Tal vez por eso sus libros siguen respirando.

En alguna biblioteca latinoamericana un estudiante descubrirá Un mundo para Julius dentro de veinte años.

En alguna madrugada alguien volverá a reír con Martín Romaña.

En algún estante polvoriento sus novelas seguirán esperando lectores que todavía no han nacido.

Porque la literatura —como el tiempo— tiene la extraña costumbre de repetirse.

Por lo pronto, querido Bryce, no te esperaré en abril. Me bastará volver a tu prosa, con un vaso de vodka tonic, para comprobar que hay ausencias que todavía saben conversar.

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