No matarás… excepto cuando yo lo diga

Mar 10, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

La vieja tentación de matar en nombre de dios

Confieso que cada vez que escucho a un líder político invocar a dios en medio de una guerra, la historia me susurra algo incómodo al oído.

No es una intuición nueva. Es una sospecha que se repite en muchos de mis escritos: cuando el poder empieza a hablar en nombre de dios, casi siempre está intentando justificar algo profundamente humano… y profundamente violento.

Benjamin Netanyahu declaró hace pocos días que Israel asegurará su eternidad “con la ayuda de dios”. La frase podría parecer religiosa, incluso piadosa, si no fuera pronunciada en medio de una guerra que vuelve a sacudir el equilibrio siempre frágil de Medio Oriente.

Pero la historia nos obliga a escuchar esas palabras con cuidado.

Porque cada vez que la política invoca a dios, suele estar preparando el terreno para algo mucho más terrenal: la legitimación de la violencia.

En términos simples —y lo digo como opinión personal formada después de años de leer historia— esa fórmula ha funcionado demasiadas veces: matar en nombre de dios para salvar al mundo del pecado.

La frase puede sonar brutal.

Pero la historia demuestra que ha sido sorprendentemente frecuente.

Los cruzados marcharon hacia Jerusalén convencidos de cumplir una misión divina. Los conquistadores europeos justificaron la violencia colonial como parte de una evangelización necesaria. Incluso los imperios modernos, mucho más laicos en apariencia, han sabido vestir sus guerras con una retórica moral que roza lo sagrado.

La lógica es siempre la misma.

Cuando una causa se presenta como sagrada, la violencia deja de ser discutible. Las bombas dejan de ser decisiones políticas. Y la guerra empieza a parecer un mandato inevitable.

Por eso cada vez que un líder promete eternidad con ayuda divina, mi reacción no es espiritual.

Es histórica.

Porque la historia tiene una característica curiosa: desconfía profundamente de las eternidades.

Roma creyó ser eterna.

El imperio británico pensó dominar los mares para siempre.

El siglo XX vio nacer ideologías que prometían mil años de duración.

La historia terminó reduciéndolas a capítulos.

Israel, como Estado moderno, nació de una tragedia histórica que nadie puede ni debe minimizar: el Holocausto. Ese trauma colectivo explica muchas de las decisiones políticas y militares que el país ha tomado desde su fundación.

Pero también es cierto que la memoria de una tragedia puede convertirse, con el tiempo, en una narrativa permanente de amenaza.

Cuando eso ocurre, cada conflicto se interpreta como una batalla por la existencia misma.

Entonces todo se vuelve urgente. Todo se vuelve inevitable. Todo se vuelve defensivo. Incluso la guerra. Y en ese clima, invocar a dios resulta políticamente útil.

Porque si la causa está respaldada por lo divino, la discusión política desaparece. La guerra deja de ser una decisión discutible y se convierte en una misión.

Las víctimas dejan de ser personas. Se convierten en consecuencias inevitables de una historia sagrada.

Esa es, a mi juicio, una de las mayores contradicciones que la historia ha permitido demasiadas veces: las religiones suelen predicar misericordia, pero los Estados invocan esas mismas religiones cuando necesitan justificar la violencia.

No es una contradicción exclusiva de Israel. Es una tentación permanente del poder.

Cuando los líderes se quedan sin argumentos políticos, suelen mirar hacia el cielo.

La palabra más ambiciosa del discurso de Netanyahu fue “eternidad”. Pero la historia no concede eternidades.

Ni a imperios.

Ni a ideologías.

Ni a Estados.

Lo único que la historia registra con precisión son las consecuencias humanas de las decisiones políticas.

Las ciudades bombardeadas.

Los pueblos desplazados.

Las generaciones que crecen en medio del conflicto.

Quizás por eso cada vez que escucho a un líder prometer eternidad con ayuda divina, no pienso en el cielo.

Pienso en la historia.

Y la historia, hasta ahora, ha demostrado algo bastante simple: las guerras que se libran en nombre de dios suelen terminar exactamente igual que todas las demás.

Con cementerios.

Con ciudades reducidas a polvo.

Con generaciones que heredan ruinas en lugar de promesas.

Tal vez porque, en algún punto del camino, la misericordia dejó de ser una virtud y se convirtió en una herramienta de guerra.

Tal vez porque la misericordia de dios —invocada tantas veces por los hombres— dejó de parecerse a una palabra sagrada. Y empezó a parecerse a un arma.

Una vez fue espada. Después fue fusil. Luego misil. Hoy, quizá, apenas un dron que sobrevuela silenciosamente la noche, mientras los hombres siguen diciendo que matan para salvar al mundo del pecado. Y la historia —implacable, paciente— continúa tomando nota.

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