El día no comienza con la luz.
Comienza con el lenguaje.
En San Juan —como en toda provincia que aprendió a sobrevivir administrando silencios— el día empieza cuando alguien nombra algo y ese algo queda fijado. La radio lo hace temprano. Nombra obras, gestiones, avances. Nombra el futuro como si fuera un objeto disponible. El lenguaje no describe: ordena.
No me levanto de inmediato.
Soy periodista. Eso implica una forma particular de resistencia: no aceptar el primer relato.
Toco un libro. No lo abro todavía. El gesto importa más que la lectura. Los libros no sirven para escapar de la realidad; sirven para volver a ella con desconfianza. Pienso en Walsh, no como héroe sino como método: la escritura como acto político aun cuando no se lo proponga. En una provincia donde el poder no se impone por violencia sino por repetición, escribir distinto ya es una anomalía.
El café como ética
Preparo café como quien establece una regla.
La cafetera italiana negra espera. No brilla. Nunca fue decorativa. Tiene marcas, desgaste, una historia mínima grabada en el metal. La desenrosco con cuidado. En la parte inferior coloco el agua exacta, sin pasar la válvula. El límite importa: el exceso arruina el resultado, también en política. El café molido cae en el filtro sin presión. No se fuerza lo que debe decir la verdad por sí mismo.
Mientras enrosco la cafetera pienso en Hemingway: escribir es quitar, no agregar. Fuego bajo. Espera. La paciencia no es pasividad; es control del tiempo. Borges diría que en ese intervalo el día podría bifurcarse. Si uno acelera, quema todo.
El borboteo irrumpe breve, metálico.
Después no hay corrección posible.
Sirvo el café en una taza negra, también negra. Sin consignas, sin promesas, sin frases motivacionales. Camus entendería: aceptar la realidad sin maquillaje. Antes de beberlo, miro el líquido oscuro unos segundos. Ese instante define el tono del día. El periodismo, como el café, no admite distracciones morales.
Anoto una frase en el cuaderno. No sé aún qué texto será. En San Juan, muchas notas existen antes de saber si serán publicables. Algunas solo existen para no olvidar.
La provincia como sistema
La ciudad se activa con una coreografía conocida. Camiones oficiales circulan temprano, como si el poder necesitara ser visto para existir. Carteles nuevos repiten palabras viejas: desarrollo, crecimiento, gestión. El lenguaje funciona como amortiguador. García Márquez lo habría entendido: cuando las palabras se repiten, la realidad se inmoviliza.
Camino por el centro.
Las oficinas públicas están abiertas pero suspendidas en un tiempo propio. Los expedientes se apilan como capas geológicas. Hay papeles que esperan desde hace tanto que ya no esperan nada. Kafka no escribió sobre provincias; escribió sobre estructuras. Y las estructuras se reconocen en todas partes.
Entro a un Café. No es refugio ni costumbre: es observatorio.
Dos hombres hablan en voz baja. No discuten: confirman. La política provincial no necesita debate; necesita acuerdo tácito. Uno dice que ahora sí, que esta vez es distinto. El otro asiente. El asentimiento es la unidad básica del orden. Onetti se sentaría allí sin intervenir: la resignación también construye paisaje.
El mozo sirve el café sin preguntar.
En lugares pequeños, la costumbre es una forma suave de control.
Escucho. El periodismo empieza así: no escribiendo, sino dejando decantar. Como el poso en el fondo de la taza.
El oficio
Vuelvo a casa. Escribo.
No pongo nombres todavía. En San Juan los nombres pesan más que los hechos. Nombrar es señalar, y señalar tiene costos. Arlt me empuja a la furia, pero la furia aquí suele ser funcional al sistema: se la tolera, se la aísla, se la deja pasar.
Ser periodista en una provincia es aceptar una condena específica: ver con claridad lo que se presenta como natural, escribir sabiendo que el silencio es más eficaz que la censura, habitar una intemperie donde nadie prohíbe, pero todos recuerdan.
La televisión transmite un acto oficial. Todo está medido. Aplausos exactos. Nadie pregunta cuánto costó nada. Nadie pregunta por qué. Se habla de transparencia como quien habla de clima. Balzac habría tomado nota: el poder siempre cuida su escenografía.
La siesta y la estructura
La siesta detiene los cuerpos, no el sistema.
El poder sigue funcionando a baja temperatura, como la hornalla del café. Leo a Benedetti, que recuerda que la ironía puede ser una forma de dignidad. Afuera, la ciudad duerme. Adentro, el texto se vuelve más preciso.
Pienso en Zavalita.
No se pregunta cuándo se jodió San Juan. Aquí las preguntas grandes se consideran impropias. La provincia no se piensa a sí misma: se administra. Como el agua, como el calor, como el silencio.
El atardecer del lenguaje
Vuelvo a escribir.
Aparecen los rituales: inauguraciones, fotos, promesas circulares. Aparecen los mismos apellidos rotando funciones. La palabra federalismo aparece como adorno discursivo. Sarmiento se revolvería, pero la incomodidad intelectual hace tiempo que no tiene lugar institucional.
Atardece.
La luz vuelve amable a la ciudad. La belleza también es política: suaviza, adormece, convence. En la radio anuncian una conferencia para mañana. Siempre hay un mañana disponible para postergar lo esencial. Faulkner tendría razón: el pasado no pasa, administra.
La noche
Releo. Corrijo poco.
Demasiada corrección mata la verdad. Como el café recalentado, el texto se vuelve amargo si se insiste demasiado.
Pienso en la condena.
Ese tribunal invisible —lectores, editores, silencios— que obliga a escribir cada semana sobre lo mismo, buscando un ángulo nuevo para una estructura que no cambia.
Ser periodista en San Juan es esto: habitar un solo día que se repite, cuidar el lenguaje como se cuida el café, y seguir creyendo —con Walsh, con Borges, con todos— que la palabra, incluso dicha en voz baja, puede erosionar el orden.
Apago la luz.
El día termina.
El lenguaje queda.














