Alerta roja en el infierno: en el Infierno no existe el amanecer. Existe el parte.

Ene 11, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Un documento húmedo, caliente, escrito con una tinta que nunca termina de secarse, donde cada jornada eterna comienza con una consigna y concluye con una excusa. El parte de ese día llegó con retraso —cosa extraña incluso para la eternidad— y traía un sello rojo que no indicaba urgencia, sino estado de ánimo.

ALERTA ROJA EN EL INFIERNO.

Las sirenas no aullaron: argumentaron. Sonaban como discursos mal grabados, como cadenas nacionales emitidas desde ultratumba. Las paredes, cansadas de escuchar lo mismo desde hacía siglos, sudaron consignas. Algunas se desprendieron del revoque y cayeron al suelo convertidas en polvo ideológico.

En la antesala bolivariana, Hugo Chávez caminaba de un lado a otro con la ansiedad de quien cree que la historia aún lo necesita. Cada paso dejaba una huella oscura y espesa que, al tocar el suelo, se transformaba en bandera. Llevaba bajo el brazo un discurso sin fecha —los mejores nunca la tienen— y en el bolsillo una patria doblada demasiadas veces.

—Esta vez es distinto —se repetía—. Esta vez es una invasión de verdad.

Nadie respondía.

En el Infierno, el silencio no es respeto: es archivo.

Cuando se abrieron las puertas de la Gran Sala de Deliberaciones Eternas, un viento antiguo apagó algunas llamas menores. No por piedad, sino por protocolo. La mesa era circular e inmensa, hecha con madera de ataúdes ilustres y pactos que jamás figuraron en actas públicas. No había cabecera: todos la reclamaban y todos la negaban.

Presidía Fidel, con la serenidad mineral de quien ha sobrevivido a todo excepto a su propio relato. Fumaba un puro cubano que no se consumía nunca: no por milagro, sino por costumbre. Cada bocanada suspendía el tiempo unos segundos, como si el humo fuera un archivo lento donde se guardaban revoluciones, bloqueos y discursos interminables.

El cigarro no era un vicio: era un reloj.

Marcaba pausas, esperas, eternidades.

Cuando Fidel exhalaba, el Infierno escuchaba.

A su derecha, Pinochet acomodaba una corbata que nadie veía, convencido de que el orden sigue siendo una virtud aunque no haya mundo que ordenar. Franco observaba el techo como si aún esperara una bendición tardía. Perón jugaba con una lapicera que mutaba —micrófono, bastón, espada, nada— según el clima del momento. Stroessner contaba votos invisibles. Más allá, Videla, Mussolini, Ceaușescu, Idi Amin y un Napoleón que insistía en ser “malinterpretado” aguardaban con la paciencia de los eternos.

El Infierno no discrimina.

Archiva.

Una secretaria sin rostro —tenía formularios donde otros tienen ojos— golpeó la mesa con un sello que decía URGENTE.

—Se abre la sesión extraordinaria número infinito menos uno —anunció—. Tema único: solicitud de descenso a la Tierra.

Chávez avanzó. No caminó: se narró hacia adelante. Su sombra se multiplicó sobre el piso. No eran sombras: eran discursos antiguos que no habían encontrado descanso.

—Compañeros —dijo—, el Imperio ha cruzado una línea invisible pero real. Han invadido Venezuela. No solo con botas, sino con sanciones, titulares, drones, moral importada y palabras que se disfrazan de democracia. Solicito autorización para bajar y combatir, apoyar a nuestro camarada Nicolás, sitiado por una invasión que no necesita ejércitos para imponerse, pero sí relatos para justificarse.

El murmullo fue inmediato.

No por Nicolás.

Por la palabra camarada, que en el Infierno siempre activa archivos.

Pinochet levantó una ceja.

—¿Y logística? —preguntó—. ¿Control territorial? ¿Cadena de mando? ¿Estado de sitio? ¿Estadios?

La palabra estadios quedó flotando un segundo más que las otras, como si tuviera memoria propia.

—Es total —respondió Chávez, sin mirarlo—. Una invasión que no se ve, pero se siente. Como el frío.

Franco levantó dos dedos, ceremonioso.

—Toda invasión necesita liturgia. Himnos, enemigos claros, procesión. Sin ceremonia, el pueblo se distrae.

Perón sonrió, con esa sonrisa que nunca promete nada y lo sugiere todo.

—El problema no es la invasión —dijo—. El problema es el relato. Si bajás sin relato, sos un turista del conflicto. Y el pueblo no ama turistas.

Mussolini golpeó la mesa con teatralidad.

—¡Hace falta épica! Multitudes, balcones, gestos grandes.

Videla habló bajo, casi administrativo:

—¿Está contemplado el silencio como herramienta?

Idi Amin rió fuerte, desproporcionado.

—¿Y los culpables? Siempre hay que señalar culpables. Aunque después cambien.

La secretaria anotaba.

Cada palabra se transformaba en humo.

El humo, en acta.

Chávez desplegó su mapa. No era un mapa: era un tapiz vivo. Venezuela respiraba. Los ríos se movían como venas. El petróleo latía como un corazón cansado.

—Ahí está —dijo—. ¿No lo ven?

Napoleón se inclinó, curioso.

—Yo veo ambición —susurró—. Y eso siempre es real.

Fidel cerró los ojos. El puro quedó suspendido entre sus dedos, intacto.

—Aquí no se discute si hay invasión —dijo—. Aquí se discute si conviene. El Infierno no baja por justicia. Baja por necesidad simbólica.

—¿Necesidad de quién? —preguntó Chávez.

Fidel exhaló humo. El humo dibujó una isla, luego un mapa borroso, luego nada.

—Nuestra.

En ese instante, una campana invisible sonó tres veces. No venía del Infierno, sino del Cielo. El Diario Celestial acababa de publicarse.

La noticia llegó antes que la decisión, como siempre.

En una biblioteca infinita, donde los libros no terminan porque nadie los cierra, Borges leía. Leía como quien desmonta un artefacto peligroso. El titular decía:

“El Infierno debate autorizar a Chávez a regresar a la Tierra para enfrentar una invasión.”

Borges sonrió. No por burla, sino por simetría.

—Una comisión en el Infierno… —murmuró—. Qué perfección. Incluso la condena necesita reglamento.

Comenzó a dictar un cuento.

No lo escribió: lo dejó caer sobre el mundo.

“En el Infierno existe una Comisión Permanente formada por hombres que gobernaron en nombre del orden, del pueblo o de la Historia. Al morir, descubrieron que el castigo no era el fuego, sino la eternidad de justificarse.”

Abajo, en la sala, una radio sin cables se encendió sola. Transmitía la voz de Borges.

—Señores… —susurró la secretaria— el cuento está en curso.

Fidel asintió lentamente. El puro seguía intacto.

—Entonces resolvamos. Cuando Borges escribe, la realidad obedece.

La votación no fue visible.

No se alzaron manos: se alzaron culpas.

Una a una. Todas.

El sello cayó en el aire.

Ardió una palabra:

AUTORIZADO.

—Se autoriza el descenso —leyó la secretaria—. Tiempo limitado. Retorno obligatorio. Prohibido confundir patria con eternidad.

Chávez sonrió. Creyó haber ganado.

—El Infierno está con Venezuela —dijo.

Fidel respondió sin levantar la voz, envuelto en humo.

—No. El Infierno está con su costumbre.

Perón se puso de pie y acomodó el saco.

—Allá arriba ya sos literatura —dijo—. Y cuando algo se vuelve literatura, deja de ser verdad… pero se vuelve inevitable.

En el Cielo, Borges cerró el cuento con una frase que cayó como una pluma y pesó como una lápida:

“Chávez descendió. Pero no descendió a la Tierra: descendió al relato. Y el relato, como todo imperio invisible, no invade con armas, sino con sentido. La Comisión, satisfecha, volvió a deliberar sobre nada, que es su tarea favorita. Porque el verdadero Infierno no castiga: administra.”

Borges cerró el Diario Celestial, tomó un café que nunca se enfriaba y murmuró:

—La política es el único realismo mágico que no necesita imaginación.

En la Tierra, alguien sintió un escalofrío sin saber por qué.

No era miedo.

Era la intuición antigua de que siempre hay una mesa en algún lugar decidiendo el destino con palabras, mientras otros —abajo— siguen aplaudiendo el cuento como si fuera verdad.

***

No escribí este cuento para explicar el Infierno.

El Infierno no necesita explicación: funciona.

Funciona cuando el poder deja de discutir verdades y empieza a administrar relatos. Cuando la épica ocupa el lugar de la evidencia. Cuando la palabra “necesidad” reemplaza a la justicia y el trámite se disfraza de destino. Funciona cuando una mesa —cualquiera— decide por otros con la serenidad de quien ya no siente el peso de las consecuencias.

En este relato nadie grita por maldad; ordenan por costumbre. Nadie baja por heroísmo; descienden por conveniencia. Nadie compra conciencias; alquilan silencios. El fuego es apenas un decorado antiguo. Lo verdaderamente moderno es el sello.

Borges aparece no para juzgar, sino para clasificar. Y clasificar es el gesto más cruel: convertir la épica en archivo, el discurso en cita, el poder en literatura. Cuando eso ocurre, la política deja de ser un acto y pasa a ser un género. Y los pueblos, lectores involuntarios, aplauden la prosa sin notar que la trama ya está decidida.

Si algo inquieta de este Infierno es su parecido con la Tierra. La misma paciencia, la misma retórica, la misma fe en que todo puede justificarse si se dice bien. La misma tentación de creer que siempre hay una invasión que excusa cualquier método. La misma comodidad de aceptar que otros decidan “por nuestro bien”.

Este epílogo no busca cerrar nada.

Los infiernos no cierran: se heredan.

Y mientras haya mesas, sellos y relatos suficientemente convincentes, el cuento seguirá escribiéndose solo.

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