El calendario roto del imperio (II): Después del botín, siempre llega el sermón

Ene 7, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Los imperios no improvisan: primero devastan, luego explican. El sermón siempre llega cuando el botín ya está a salvo.

El artículo anterior “La captura del cónsul tropical: cómo los imperios siempre llegan después del botín” dejaba una imagen nítida, casi fotográfica: el emisario correcto que aparece cuando la devastación ya ocurrió, cuando los recursos fueron asegurados y el daño estructural es irreversible, para explicar que todo sucedió en nombre de la democracia, la libertad o la estabilidad regional. Primero el botín. Después el discurso. Primero la intervención. Luego la moral.

Este ensayo no corrige aquel planteo: lo profundiza. Si allí se describía el método, aquí se despliega su archivo histórico. Porque la hipocresía no se sostiene sin antecedentes, y el imperio no actúa sin memoria: la administra, la recorta y la oculta. Venezuela vuelve a ser el escenario visible, pero no el problema de fondo. El problema es más antiguo y persistente: el tiempo circular del poder, esa maquinaria que permite repetir las mismas prácticas con nuevos argumentos, como si la historia fuera un borrador descartable.

El imperio nunca llega tarde: llega cuando el daño ya es útil

Cuando Mike Pompeo se presentó ante la OEA envuelto en un lenguaje pulido de derechos humanos, no llegó fuera de tiempo. Llegó cuando convenía: con sanciones ya aplicadas, con la economía asfixiada, con la crisis humanitaria convertida en argumento. No fue una irrupción tardía, sino una clausura discursiva.

Ese mismo funcionario había defendido la tortura, los centros clandestinos de detención y la vigilancia masiva durante su paso por la CIA. No es una descalificación retórica: es un registro histórico. Desde ese lugar se habló de libertades ajenas con una autoridad que jamás se somete al estándar que exige. El núcleo del problema no es Venezuela, sino quién se arroga el derecho de juzgarla.

Guatemala, Nicaragua, Dominicana: el ensayo general del siglo XX

El calendario roto del imperio no comienza en Caracas. Tiene fechas, nombres y métodos.

En 1954, la intervención de Estados Unidos en Guatemala derrocó a Jacobo Árbenz, en una operación diseñada por la CIA para proteger los intereses de la United Fruit Company. No se trató de democracia: se trató de tierra, bananas y disciplina regional. El resultado fue una larga noche de dictaduras, represión sistemática y genocidio indígena.

Nicaragua aporta otro capítulo sanguinario. Durante décadas, Washington sostuvo a la dictadura somocista y, más tarde, financió y armó a la Contra: una fuerza paramilitar responsable de asesinatos, terrorismo rural y devastación social. La llamada “lucha por la libertad” dejó miles de muertos y un país arrasado, mientras el discurso hablaba de contención ideológica.

En 1965, la intervención en República Dominicana fue directa y masiva. Tropas estadounidenses ocuparon el país para impedir el retorno constitucional de Juan Bosch. La excusa fue evitar “otra Cuba”. El resultado fue sangre, ocupación y un orden impuesto desde afuera. El patrón se repite: cuando un proceso político no se ajusta a los intereses estratégicos, la democracia se vuelve negociable.

Chile 1973: el laboratorio perfecto

El golpe de Estado en Chile no fue un accidente. Fue una operación planificada, financiada y respaldada por la CIA, con aval político de Richard Nixon y ejecución estratégica de Henry Kissinger. La economía fue sabotada, los sindicatos infiltrados, los medios financiados y, finalmente, se abrió paso al golpe fascista de Augusto Pinochet.

Bombardeos sobre La Moneda, un presidente muerto, miles de detenidos, torturados y desaparecidos. Luego llegó el relato: orden, estabilidad, crecimiento. El botín ya estaba asegurado; el sermón llegó después.

Panamá, Vietnam y la pedagogía del fuego

En 1989, Estados Unidos bombardeó Panamá bajo la llamada “Operación Causa Justa”. Barrios enteros arrasados, civiles muertos, un país pequeño convertido en escenario de demostración militar. El objetivo declarado fue capturar a Manuel Noriega. El mensaje real fue otro: el patio trasero sigue teniendo dueño.

Vietnam amplía la escala del horror. Millones de muertos, bombardeos indiscriminados, armas químicas como el agente naranja, aldeas arrasadas en nombre de la libertad. La derrota militar no borró el discurso moral: lo recicló. Nunca hubo una autocrítica proporcional al daño causado. El largo etcétera no es retórico: Irán, Congo, Laos, Irak, Afganistán. Cambian los mapas; no la lógica.

Venezuela: tragedia real, coartada funcional

Conviene decirlo con precisión: Nicolás Maduro encabeza un régimen autoritario, ineficaz y políticamente agotado. Y Hugo Chávez jamás fue heredero de Simón Bolívar, sino su deformación. Bolívar desconfiaba del poder concentrado; el chavismo lo convirtió en dogma.

Pero ese diagnóstico no habilita la repetición del manual: sanciones que castigan a la población, bloqueos que destruyen economías, presidentes fabricados en oficinas extranjeras y una prensa internacional que aprende rápido qué adjetivos usar. Primero se produce el colapso; después se lo explica; finalmente se lo utiliza como advertencia regional.

Nombrar los fracasos internos no convierte en legítimo al castigo externo.

Doctrina Monroe, versión siglo XXI

En La captura del cónsul tropical el imperio aparecía como una maquinaria extractiva con retórica civilizatoria. Aquí se revela su versión actualizada: la Doctrina Monroe escrita en lenguaje de derechos humanos, la intervención presentada como preocupación ética y la violencia histórica maquillada de responsabilidad global. La autodeterminación deja de ser principio y pasa a ser excepción tolerada.

Donde el derecho se diluyó y la soberanía nunca llegó

A lo largo de estas páginas quedó expuesto el método: primero el botín, luego el sermón; primero la intervención, después la explicación. Guatemala, Nicaragua, República Dominicana, Chile, Panamá, Vietnam y ese largo etcétera no son episodios aislados, sino capítulos coherentes de una misma lógica histórica. Venezuela no inaugura nada: confirma una rutina.

Aún recuerdo las clases de derecho internacional en la Universidad Católica de Santa María. No como nostalgia académica, sino como contraste incómodo. Allí se hablaba de soberanía, de no intervención, de igualdad jurídica entre los Estados, de límites claros al uso de la fuerza. Todo parecía ordenado, racional, posible. Más de veinticinco años después, la pregunta irrumpe sin adornos: ¿dónde quedó el derecho internacional? ¿En qué momento dejó de ser norma para convertirse en utilería retórica?

La respuesta se impone sola. En este nuevo orden ya no existe el derecho internacional: existe el derecho del más fuerte, administrado con lenguaje jurídico cuando conviene y descartado cuando estorba. Las resoluciones se citan selectivamente, los principios se suspenden por razones estratégicas y la legalidad funciona como coartada, no como límite. No hay reglas compartidas: hay excepciones permanentes.

Y entonces emerge la otra pregunta, quizá la más incómoda: ¿dónde quedó la soberanía latinoamericana? La respuesta no admite épica tardía. La soberanía, en rigor, nunca terminó de consolidarse. No por falta de pueblos dignos ni de historia, sino porque pasamos demasiado tiempo ocupados en sobrevivir, en resistir lo inmediato, en combatir la corrupción interna —real, profunda, corrosiva— mientras el tablero externo se ordenaba sin nosotros. Nos entrenaron para pelear hacia adentro, no para disputar las reglas del mundo.

Mientras discutíamos caudillos, presupuestos, crisis recurrentes y saqueos locales —todos ciertos—, otros escribían la letra chica del orden internacional. Cuando intentamos leerla, ya estaba firmada. Cuando quisimos objetarla, ya era “realidad”. La soberanía no se perdió de golpe: se diluyó entre urgencias domésticas y tutelas externas, entre discursos importados y silencios aprendidos.

Por eso el imperio no solo llega después del botín.

Llega después del desgaste.

Llega cuando la memoria ya fue fragmentada y el lenguaje domesticado.

Y cuando llega, no impone: explica. Explica por qué intervino, por qué sancionó, por qué bombardeó, por qué decidió. Explica como quien narra algo inevitable.

Ese es, quizá, el dato más brutal de nuestro tiempo: no solo se apropiaron de recursos, gobiernos o destinos. Consiguieron que la renuncia a la soberanía pareciera normal, y que la ausencia del derecho internacional se aceptara como un detalle técnico, no como una derrota histórica.

Eso también es una forma de colonización.

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