Cumbre de cartón y misiles de utilería: Petro listo para salir a escena

Ene 6, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Entre amenazas verbales, épica reciclada y conflictos ajenos convertidos en decorado, Gustavo Petro vuelve a elegir el ruido geopolítico como atajo político. Cuando la gestión no alcanza y las encuestas tiemblan, la diplomacia se transforma en teatro, la patria en consigna y la guerra —por ahora— en utilería.

La geopolítica latinoamericana dejó de ser una ciencia triste para convertirse en una comedia de enredos. Ya no se discute poder: se actúa. Ya no se negocia: se amenaza en horario prime. Y ya no se gobierna: se tuitea con tono épico mientras la planilla arde en silencio, escondida detrás de la palabra soberanía.

El episodio más reciente merece aplauso de pie —o al menos un emoji inflamado—. El presidente colombiano, exguerrillero jubilado pero narrativamente activo, anunció que “tomará de nuevo las armas”. No aclaró si se refería a un fusil real, a un teclado mecánico o al arma más letal de la política contemporánea: la frase grandilocuente sin consecuencias. La patria, esa palabra elástica que sirve para todo, volvió a ser convocada como excusa universal cuando la gestión no alcanza.

Del otro lado del ring discursivo, Donald Trump respondió con su estilo habitual: frases de bar, amenazas de estacionamiento y una diplomacia basada en advertencias corporales. Trump no habla en términos de derecho internacional; habla en idioma reality show. Y en ese idioma, Petro creyó encontrar un espejo donde verse joven otra vez, como si el tiempo político pudiera rebobinarse a fuerza de épica.

Mientras tanto, Nicolás Maduro —convertido ahora en pieza judicial itinerante— aportó el decorado perfecto. Caracas sonó a detonaciones, drones sin nombre sobrevolaron Miraflores y el Estado respondió como mejor sabe hacerlo cuando no quiere explicar nada: guardando silencio. El silencio oficial se volvió política pública. Porque en esta época, explicar es un riesgo; callar, una estrategia.

Así se armó la escena continental:

– Un presidente estadounidense que amenaza como si vendiera hamburguesas.

– Un presidente colombiano que responde como si estuviera en 1974.

– Un presidente venezolano ausente que, aun así, sigue siendo útil como símbolo.

Todo listo para la opereta geopolítica.

Petro, siempre atento a la cámara y al clima emocional, aclaró que esperaría una “traducción fiel” antes de responder definitivamente. La frase es magistral sin quererlo: la diplomacia ahora depende del subtitulado. No importa tanto lo que se diga, sino cómo quede para consumo interno. La política exterior dejó de pasar por cancillerías y pasó a editarse en formato vertical.

En un acto de liderazgo simbólico, el presidente colombiano fue más allá y advirtió a las Fuerzas Armadas que todo aquel que prefiera la bandera estadounidense debería retirarse. No es una orden operativa ni una estrategia de defensa: es teatro moral. No reorganiza el Estado, pero ordena el relato. No fortalece la seguridad, pero refuerza la épica del líder asediado. Y en tiempos de encuestas volátiles, eso suele valer más que cualquier plan serio.

Porque la verdad incómoda es esta: la geopolítica ya no se usa para resolver conflictos, sino para tapar gestiones. Cuando la economía flaquea, se invoca al imperio. Cuando la seguridad se deteriora, se convoca a la patria. Cuando el gobierno no llega, se grita más fuerte. La amenaza reemplaza al resultado. El ruido sustituye a la política pública.

En Caracas, los drones vuelan sin explicación.

En Bogotá, las palabras vuelan sin destino.

En Washington, las amenazas vuelan sin mapa.

Y en el medio, América Latina asiste a una cumbre permanente que nunca se realiza, pero siempre se anuncia.

La región no vive una escalada militar real: vive una escalada discursiva. Los misiles son verbales. Las armas, metafóricas. Los daños, concretos. Porque mientras los presidentes juegan a la guerra retórica, los Estados se vacían de eficacia, las instituciones se erosionan y la ciudadanía aprende a desconfiar incluso del silencio.

Petro no va a tomar las armas. Trump no va a invadir Colombia mañana. Maduro ya no gobierna ni siquiera su propio relato. Pero todos cumplen su papel en esta obra cuidadosamente montada: mantener la tensión, sostener el espectáculo, desviar la mirada del balance.

La geopolítica, antes trágica, hoy es farsa.

Una farsa ruidosa, peligrosa y rentable en likes.

Una farsa donde nadie dispara, pero todos apuntan.

Y como toda buena parodia latinoamericana, termina siempre igual: con discursos encendidos, resultados apagados y un Estado preguntándose —en voz baja— cuándo dejó de gobernar y empezó a actuar.

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