El año no se va de golpe. Se retira despacio, como una conversación que quedó mal cerrada. El 2025 no termina con fuegos artificiales ni con balances contables: termina con notas subrayadas, correos respondidos a medianoche, lectores que escriben “no coincido, pero gracias”, y una sensación persistente de haber dicho apenas una parte de lo que todavía falta decir.
Para Diario Entre Líneas, el 2025 fue menos un calendario que una prueba. La prueba de si todavía era posible escribir sobre política sin obedecer al reflejo, sin repetir consignas, sin elegir bando como condición previa para pensar. Y la respuesta —imperfecta, discutible, pero honesta— fue que sí: todavía se puede, aunque cueste.
Las mejores notas del año no fueron necesariamente las más leídas, sino las que lograron incomodar sin gritar. Las que se negaron a simplificar lo complejo y a dramatizar lo evidente. Se escribió sobre la desregulación vitivinícola no como un expediente técnico, sino como síntoma de una lógica más profunda: la de un país que confunde libertad con abandono y control con inmovilidad. Se escribió sobre el INV, sobre el vino, sobre el trabajo, sobre la reconversión laboral, intentando decir algo que suele quedar fuera del debate público: que el desarrollo no ocurre por decreto ni por consigna, sino por decisiones persistentes.
También se escribió —y eso fue deliberado— sobre el uso obsceno del dinero público, sobre las fiestas oficiales, los bonos simbólicos, las celebraciones sin factura. No para moralizar, sino para describir un mecanismo: cuando el relato sustituye al resultado, el gasto se vuelve escenografía y la política, teatro. La ironía fue, en muchos de esos textos, la única forma posible de decir lo que el lenguaje administrativo ya no puede nombrar.
El 2025 fue también un año donde la literatura entró al diario no como adorno, sino como herramienta. Borges, Camus, García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes aparecieron no para exhibir biblioteca, sino para pensar el presente. Leer El rebelde para hablar del periodismo sin pauta. Volver a La ciudad y los perros para entender cómo se fabrica la obediencia. Recordar el puñetazo del Boom como metáfora de una región que, cuando dejó de discutir, empezó a repetirse.
Hubo, además, una insistencia territorial. San Juan, Cuyo, las economías regionales, las zonas francas, los puertos secos, la logística, la integración bioceánica. No como folklore provincial, sino como política concreta. Porque mientras el discurso nacional se entretiene en abstracciones, el desarrollo —o su ausencia— ocurre en lugares precisos, con nombres propios y decisiones postergadas.
Ese fue, quizás, el hilo más claro del 2025: escribir desde el margen para entender el centro. No por romanticismo, sino por método. Desde el margen se ve mejor cuándo el poder habla solo y cuándo la realidad no entra en el discurso oficial.
Nada de esto hubiera sido posible sin los lectores. No los que aplauden, sino los que discuten. Los que escriben correos largos, los que señalan errores, los que disentían con argumentos. En un tiempo donde el comentario rápido reemplazó a la lectura, Entre Líneas encontró algo que parecía en extinción: diálogo. Y eso, hoy, es más valioso que cualquier métrica.
El 2026 se asoma sin promesas grandilocuentes. Lo que se viene no es un cambio de tono, sino una profundización del método. Seguir escribiendo sin prisa impostada. Seguir mezclando crónica, ensayo y relato. Seguir desconfiando de la neutralidad declamada y del insulto fácil.
El próximo año traerá, además, un paso natural: la publicación de El hombre que escribía en voz baja. No como abandono del periodismo, sino como su extensión inevitable. Porque hay cosas que el artículo no alcanza a decir y que la ficción, cuando es honesta, puede narrar con mayor precisión. Agradecer el interés de Grafos & Maquinaciones no es sólo un gesto editorial: es reconocer que todavía hay espacios dispuestos a apostar por una escritura incómoda, política y literaria a la vez.
El 2026 también exigirá más rigor. Más contexto. Más paciencia. Un país cansado de gritar necesita menos eslóganes y más pensamiento. Menos urgencia performativa y más escritura que dure un poco más que el ciclo de noticias.
No sabemos qué tan rentable será este modelo. Sí sabemos que es necesario. Y que mientras exista un lector dispuesto a detenerse, a leer entre líneas, a aceptar la incomodidad como forma de inteligencia, este diario seguirá escribiendo.
El año viejo se va sin pedir permiso. El nuevo llega sin garantías. Entre uno y otro, queda la escritura: imperfecta, discutible, persistente.
Eso es Diario Entre Líneas.
Eso fue el 2025.
Eso, con más preguntas que respuestas, será el 2026.
Seguimos escribiendo.
Seguimos entre líneas.














