Hay cafés que no son un lugar sino una forma del tiempo. En Buenos Aires, esos cafés existen para que la ciudad piense en voz baja. No sirven café: sirven hipótesis. Son refugios donde la realidad baja el tono y la literatura se permite dudar de sí misma.
En uno de esos cafés —no importa cuál, porque todos se parecen cuando cae la noche y la ciudad se vuelve introspectiva— ocurrió algo que no ocurrió. Ocurrió del modo en que ocurren las cosas importantes en la Argentina: sin testigos confiables, sin actas, sin pruebas, pero con la persistencia de una intuición que se niega a desaparecer.
Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato compartieron una mesa.
El mozo, que entiende más de silencios que de pedidos, dejó dos pocillos humeantes y se retiró con la discreción de quien cierra una puerta metafísica. Afuera, Buenos Aires llovía con esa parsimonia existencial que parece escrita por alguien que duda. Adentro, el tiempo decidió equivocarse.
Borges apoyó el bastón contra la mesa como si fuera un signo de puntuación olvidado por la gramática. Sábato encendió un cigarrillo que ardía con una culpa antigua, casi teológica.
—Los cafés —dijo Borges— son bibliotecas sin índice. Uno entra creyendo que va a leer el mundo y sale con una errata.
—O con una herida —respondió Sábato—. A mí me interesan las erratas que sangran.
No fue ironía lo de Borges cuando sonrió. Fue cortesía ante lo inevitable.
—Las heridas son una superstición del cuerpo. El alma, en cambio, prefiere los laberintos.
Sábato lo miró como quien enfrenta un espejo que se niega a devolver la imagen completa.
—Ahí está nuestra diferencia, Borges. Usted confía en el laberinto. Yo desconfío del centro.
El café se enfrió con disciplina porteña. En una mesa cercana, alguien leía el diario como si leyera una sentencia. Borges recorrió con los dedos el borde del pocillo: la cerámica, como siempre, funcionaba como un mapa posible.
—El centro es una metáfora demasiado optimista —concedió—. Yo prefiero las orillas. Las orillas son honestas: saben que no prometen nada.
—Las orillas —replicó Sábato— también esconden la noche. Yo vengo de ahí. De la noche que no se deja ordenar por un índice ni por un alfabeto.
Borges inclinó levemente la cabeza, como quien escucha un texto que ya fue escrito en otra dimensión.
—La noche es una biblioteca cerrada. Lo interesante es la llave.
—Yo no busco llaves —dijo Sábato—. Busco testigos.
El mozo volvió. No preguntó nada. En Buenos Aires, los cafés saben cuándo no interrumpir. Borges habló de espejos: de cómo devuelven un doble que no envejece y, por eso mismo, miente. Sábato habló de túneles: de cómo uno entra para encontrarse con aquello que preferiría no haber visto.
Ambos hablaron de la verdad, pero la palabra se les cayó de las manos por lados opuestos.
—La verdad es un género literario menor —dijo Borges—. Suele confundir sinceridad con énfasis.
—La verdad no necesita estilo —contestó Sábato—. Necesita coraje.
El silencio que siguió no fue una pausa: fue un argumento. Afuera, un colectivo arrastró la ciudad como una frase demasiado larga. Borges rompió el mutismo con la delicadeza de un truco bien ensayado.
—Tal vez el coraje sea aceptar que todo estilo es una máscara.
—Y tal vez —respondió Sábato— el problema sea quién la usa.
Hablaron de Dios sin nombrarlo. Borges lo rodeó con parábolas; Sábato lo enfrentó como a un testigo hostil. Hablaron de la patria como si fuera una novela inconclusa: Borges la pensó en versos; Sábato la padeció en prosa. El café escuchó. Buenos Aires también.
—Usted cree en el orden —dijo Sábato—. Yo he visto cómo el orden justifica horrores.
—Y usted cree en el abismo —respondió Borges—. Yo he visto cómo el abismo se enamora de su propio eco.
No se convencieron. No se ofendieron. En eso consistió el respeto verdadero. Borges mencionó a Macedonio como quien recuerda una broma cósmica; Sábato evocó a los hombres rotos que no entran en ninguna antología. Ambos desconfiaron de la literatura cuando se vuelve cómoda.
—Escribir —dijo Borges— es corregir un error antiguo.
—Escribir —dijo Sábato— es no escapar.
El mozo trajo la cuenta sin traerla. En Buenos Aires, la cuenta siempre llega después. Borges palpó las monedas como si fueran símbolos arcaicos; Sábato guardó el encendedor con la solemnidad de un acto final.
Se levantaron. No se despidieron con palabras. Se despidieron con un acuerdo tácito: no hay síntesis posible.
Antes de salir, Borges dejó caer una frase que pareció despedida, pero fue una trampa amable:
—Tal vez esta conversación no haya ocurrido nunca.
Sábato se detuvo.
—Entonces —respondió— es verdadera.
Salieron a la noche. El café quedó vacío, pero no solo: quedó pensado. Al día siguiente, alguien se sentará en esa mesa y notará que el café está un poco más amargo. No sabrá por qué. No sabrá que allí se cruzaron dos modos irreconciliables de mirar el mundo: uno que confía en el espejo y otro que desciende al túnel.














