La Navidad socialista: manual de redención colectiva con recibo fiscal

Dic 24, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

La Navidad siempre fue una fiesta incómoda para el socialismo. Demasiado nacimiento individual, demasiado niño protagonista, demasiado pesebre sin asamblea. Sin embargo, como toda tradición antigua, terminó siendo absorbida, reciclada y puesta al servicio de la causa. Hoy la Navidad socialista no celebra un nacimiento: celebra un reparto. No adora a un dios: administra culpas. No promete salvación eterna: ofrece subsidios temporales con vocación de eternidad.

El pesebre original era austero, casi ofensivo para cualquier ministerio de Desarrollo Social. Un establo sin licitación, una familia migrante sin empadronar, animales sin sindicato. María no llenó formularios. José no pidió planes. El niño no prometió justicia social, sino algo mucho más peligroso: responsabilidad individual, amor sin intermediarios y una ética personal que no dependía del presupuesto.

Eso, claro, había que corregirlo.

La mutación ideológica del pesebre

Con el tiempo, el socialismo descubrió que la Navidad tenía un potencial formidable: culpa, ternura y consumo. Una combinación perfecta. Bastaba con reemplazar al niño Dios por “la gente”, a los Reyes Magos por el Estado benefactor y al milagro por la logística.

Así nació la Navidad moderna: una celebración donde nadie sabe muy bien qué se festeja, pero todos esperan algo. Preferentemente gratis. Preferentemente urgente. Preferentemente ajeno.

La consigna es clara: nadie debe pasarla mal, excepto —por supuesto— el que produce. Ese no cuenta. Ese ya tuvo su Navidad el resto del año: trabajar.

El árbol de la igualdad (desigual)

El árbol navideño socialista es un objeto fascinante. No da frutos: da consignas. Se adorna con palabras grandes —solidaridad, inclusión, justicia, equidad—. Todas brillan. Ninguna se explica. Debajo del árbol no hay regalos: hay derechos adquiridos, envueltos en papel reciclado de promesas anteriores.

Cada paquete tiene una etiqueta invisible: paga otro. Pero nadie pregunta quién. Preguntar es antipático. Preguntar es de derecha. Preguntar arruina el espíritu navideño.

El socialismo ama la Navidad porque legitima el gasto emocional. Todo exceso se justifica: es por los niños, es por los abuelos, es por los que menos tienen. Nunca se menciona a los que más trabajan. Esos no generan ternura: generan estadísticas.

Papá Noel, ese burócrata nórdico

Papá Noel es, en el fondo, un funcionario perfecto. Vive en el Polo Norte —lejos del conflicto—, no produce nada tangible, reparte sin verificar y siempre sonríe. Nadie sabe quién lo financia. Nadie audita su bolsa. Nadie controla su déficit.

Es el ideal socialista con barba blanca.

En su versión contemporánea, Papá Noel ya no entra por la chimenea: entra por decreto. No pregunta si fuiste bueno o malo: pregunta si estás empadronado. No trae juguetes: trae transferencias. Y si algo sale mal, la culpa es del capitalismo, del mercado o de alguna tormenta internacional convenientemente abstracta.

La misa laica del consumo culpable

La Navidad socialista no cree en el pecado, pero cree fervientemente en la culpa. Culpa por tener, culpa por comer, culpa por brindar. El mensaje es sutil, pero constante: si te va bien, algo hiciste mal.

Por eso hay que compensar. Donar. Aportar. Redistribuir. No por elección, sino por corrección moral. La caridad voluntaria es sospechosa; la redistribución forzada, virtud cívica.

El brindis se vuelve corto. El pan dulce se observa con desconfianza. El asado se transforma en símbolo de privilegio. La alegría, cuidadosamente dosificada, no debe parecer ostentosa. Sonreír demasiado también es un acto político.

El niño como excusa eterna

Nada le resulta más útil al socialismo que el niño navideño. No como sujeto, sino como argumento. El niño no decide, no vota, no opina. Perfecto. En su nombre se hace todo: escuelas que no educan, planes que no sacan de la pobreza, discursos que no sobreviven a enero.

El niño del pesebre hablaba de amor y sacrificio personal. El niño moderno habla de derechos sin deberes. Es una evolución notable: menos cruz, más presupuesto.

El laberinto de la redención

Tal vez la Navidad no sea una fecha, sino una ficción recurrente. Un relato que la humanidad se cuenta a sí misma para justificar lo que no se anima a resolver el resto del año. Un espejo que devuelve siempre la misma imagen, aunque cambien los disfraces.

En algún punto del tiempo —que no es lineal, sino circular— el niño del establo y el Estado benefactor se confunden. Ambos prometen salvación. Ambos exigen fe. La diferencia es mínima y decisiva: uno hablaba al individuo; el otro se dirige a la masa.

Quizá el error esté en creer que la redención es colectiva, administrable, planificable. Borges desconfiaba de esas palabras. Sabía que los sistemas perfectos suelen producir laberintos y que, en los laberintos, no se salva nadie: solo se aprende a perderse con método.

La Navidad socialista, entonces, no fracasa: se repite. Cada año con nuevos nombres, los mismos discursos y una esperanza que nunca llega del todo. Un eterno retorno donde todos esperan el milagro y nadie acepta el misterio.

Porque el misterio incomoda.

Y ningún ministerio —por eficiente que se crea— sabe qué hacer con él.

Nota final

No creo en una Navidad cristiana ni en ninguna religión revelada, excepto —si hay que nombrar una— en la de Spinoza, que no promete salvación, sino lucidez. Pero creo profundamente en la Navidad como reunión humana: imperfecta, desordenada, a veces incómoda, siempre necesaria.

Así que, aun sin fe, sin dogma y sin milagros, felices fiestas —que al menos nos encuentren sentados en la misma mesa.

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