Elogio involuntario de la estupidez bien administrada

Dic 17, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

De Eco a la política sanjuanina hay un solo paso: la constatación de que el verdadero peligro no es la torpeza visible, sino la lógica falsa que se proclama verdad y se ejerce como gobierno.

Hay textos que uno lee por curiosidad intelectual y otros que, sin proponérselo, funcionan como un espejo incómodo. El diálogo entre Umberto Eco y Jean-Claude Carrière sobre la distinción entre el imbécil, el cretino y el estúpido pertenece a esta segunda categoría. No fue escrito pensando en San Juan; sin embargo, leído desde San Juan, cobra una vigencia inquietante, como si hubiera estado aguardando este escenario para desplegarse.

Eco no clasifica para insultar; clasifica para entender. Y entender, en política, sigue siendo el primer gesto —y el más escaso— de honestidad intelectual.

El cretino: la torpeza visible

El cretino —explica Eco— es el que no entiende. El que se lleva la cuchara a la frente. Su error es evidente, casi físico. No procesa la información, no articula ideas, no comprende la complejidad mínima del mundo que lo rodea.

En la política sanjuanina, el cretino existe, pero rara vez gobierna. Aparece como figura de reparto: candidato testimonial, funcionario ornamental, vocero que confunde más de lo que aclara. Dura poco. El propio sistema lo detecta y lo descarta con rapidez.

El cretino no es peligroso. Es ineficaz, y la ineficacia —incluso en la política más indulgente— suele tener fecha de vencimiento.

El imbécil: cuando el error es social

Más complejo es el imbécil. Para Eco, la imbecilidad no es una carencia intelectual, sino una falla social: el imbécil dice exactamente lo que no debería decir, en el momento menos oportuno. No por maldad, sino por desconexión con el contexto.

En San Juan, el imbécil político es una figura reconocible: celebra logros inexistentes, sonríe frente a obras inconclusas, habla de “orden” en medio del desorden y de “normalidad” cuando el malestar ya no entra bajo la alfombra.

Su palabra no construye: desacomoda.

Su discurso no explica: agrava.

Pero aun así, el imbécil tampoco es el núcleo del problema. Es ruidoso, torpe, visible. Todavía genera incomodidad; a veces, incluso, rechazo.

El estúpido: la razón que engaña

El verdadero peligro —advierte Eco— es el estúpido.

Porque el estúpido razona. O, al menos, lo parece.

El estúpido construye argumentos prolijos, presenta números, invoca la gestión, el equilibrio, la responsabilidad institucional. Su lógica es seductora porque no es burda. Es ordenada. Es verosímil. Es falsa.

En la política sanjuanina, el estúpido es el que:

  • legitima la ausencia de control con tecnicismos,
  • transforma una deuda en un trámite administrativo,
  • convierte una obra inexistente en un problema semántico.

No grita. Firma.

No improvisa. Institucionaliza.

Y allí radica su peligrosidad: la estupidez deja de ser un error aislado y se transforma en doctrina de gobierno.

Proclamar el error

Jean-Claude Carrière añade una observación decisiva: al estúpido no le alcanza con equivocarse. Necesita proclamar su error, afirmarlo con convicción, repetirlo hasta volverlo verdad.

En San Juan, esa repetición se ha vuelto casi litúrgica:

“siempre se hizo así”,

“no se puede revisar todo”,

“hay que mirar para adelante”,

“eso no suma”.

Verdades triviales, insistidas hasta convertirse en dogma. Y el dogma, cuando gobierna, suspende el pensamiento crítico.

Flaubert decía que la estupidez consiste en querer sacar conclusiones definitivas. Cerrar el debate. Clausurar la discusión. Y eso explica mucho de la política local: no se explica porque no quiere ser explicada; no revisa porque revisar implicaría admitir la falla; no aprende porque aprender obligaría a cambiar.

La estupidez como sistema

El problema no es que existan imbéciles o estúpidos en el poder. Eso ocurre en todas partes. El verdadero drama sanjuanino es otro: la estupidez ha dejado de ser un accidente y se ha convertido en método.

Cuando el error se administra, cuando el silencio se normaliza, cuando la lógica defectuosa se reviste de institucionalidad, la política deja de ser gestión y se convierte en una maquinaria de desgaste lento: prolija, ordenada, persistentemente equivocada.

Eco sugería la necesidad de escribir una historia general del horror, de la ignorancia y de la brutalidad. San Juan, sin proponérselo, parece estar redactando su capítulo administrativo: no con gritos ni excesos, sino con razonamientos impecables que conducen, una y otra vez, al mismo lugar equivocado.

No hay épica en esta forma de poder. Hay rutina.

No hay escándalo permanente. Hay insistencia.

Y esa insistencia —cuando se vuelve costumbre— resulta más dañina que cualquier torpeza explícita.

El texto termina aquí; la interpretación, como casi todo en la política, queda librada a quien no haya renunciado a pensar.

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