Manual del envidioso: primero la piedra

Dic 8, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

En política, la envidia nunca discute: lanza.

Hay sentencias que nacen como advertencias y, con el tiempo, se transforman en autopsias. Cuando Khalil Gibran escribió que “el silencio del envidioso está lleno de ruidos”, quizás no imaginó que un día describiría a la perfección el comportamiento de un movimiento que convirtió la envidia en doctrina, la sospecha en brújula y el resentimiento en combustible.

En la Argentina, esa radiografía espiritual tiene nombre propio: el kirchnerismo.

Un espacio que, en su versión más destilada, repite a Maquiavelo sin comprenderlo, lo invoca sin leerlo y lo usa como amuleto para justificar cada tropiezo.

El florentino escribió El Príncipe como advertencia; ellos lo interpretaron como manual de uso.

Porque el envidioso —y esto lo sabía cualquier pensador mucho antes de Maquiavelo— no quiere aprender: quiere impedir que el otro aprenda.

El poder como herida abierta

Maquiavelo sostuvo que “los hombres olvidan antes la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio”.

Si viviera acá, escribiría sin dudar:

“Los movimientos olvidan antes a sus líderes que la pérdida del poder.”

El kirchnerismo conoce esa herida mejor que nadie.

Lo que dolió no fue perder una elección: fue perder la lapicera.

Lo que extrañan no es la épica: es la capacidad de decidir sin pedir permiso.

Lo que lloran no es a Cristina: es el eco del teléfono de Olivos que hacía temblar gobernadores.

Y nada irrita más al envidioso que ver a otro intentar ordenar lo que él dejó en ruinas.

El envidioso como maquinaria institucional

El kirchnerismo funciona bajo una lógica simple y tenaz:

Si otro inaugura una obra, “ya estaba hecha”.

Si otro ordena las cuentas, “es ajuste”.

Si otro gobierna, “no tiene legitimidad”.

Si algo mejora, “no sirve”.

Si la justicia lo investiga, “es persecución”.

No es ideología: es emoción.

No es programa: es reflejo.

No es política: es úlcera organizada.

Goethe, que nunca pisó la Argentina pero la habría entendido muy bien, escribió:

“La envidia es un puente directo hacia el odio.”

En el kirchnerismo, ese puente no es puente: es autopista iluminada.

Compararse para no desaparecer

El movimiento entero vive midiendo lo que otros logran.

Si el otro respira mejor, ellos jadean.

Si el otro avanza un centímetro, ellos retroceden diez pero gritando.

Si el otro construye, ellos denuncian; si el otro ordena, ellos incendian.

La historia les duele porque ya no la escriben.

El país les duele porque ya no lo manejan.

La democracia les duele porque ya no la administran.

El envidioso —y el kirchnerismo lo practica como deporte— tiene una virtud siniestra: convertir su propia caída en indignación performática.

Lección maquiavélica para tiempos argentinos

Maquiavelo pedía al príncipe ser zorro y león.

En Argentina hay que sumarle una tercera virtud: la paciencia del adulto que ya entendió cómo opera el adolescente resentido.

El envidioso siempre vuelve a su esencia.

No importa cuánto se disfrace de humilde, cuánto hable de pueblo, cuánto invoque épicas antiguas: su instinto es el mismo.

Y el antídoto es más simple de lo que parece: autoestima institucional.

Un país que gobierna sin mirar al balcón de la queja eterna ni pedir permiso a los fantasmas de Plaza de Mayo.

El último gesto

Oscar Wilde decía que los envidiosos sufren.

Maquiavelo replicaría que los envidiosos se delatan solos.

Ambos acertarían observando al kirchnerismo.

Hoy vociferan desde la orilla, reparten culpas como estampitas, revisan laureles marchitos, inventan complots con la imaginación del desesperado y opinan sobre un país que es —nos guste o no— el resultado de su gestión.

Ya no tienen épica.

Ya no tienen relato.

Ya no tienen centralidad.

Ya no tienen protagonista.

Por eso recurren, como siempre, a lo único que nunca les falló, a la herramienta que no exige inteligencia ni responsabilidad ni futuro: porque cuando ya no pueden gobernar, cuando no pueden seducir, cuando no pueden convencer, cuando no pueden construir… el kirchnerismo solo tira piedras.

Y lo más irónico, lo que Wilde habría celebrado a carcajadas: ni siquiera para eso les alcanza la puntería.

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