La liturgia del despilfarro: crónica político-poética de una provincia que prefiere las luces al alba

Dic 5, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

En San Juan, la política descubrió hace tiempo una verdad tan vieja como la primera urna: si el pueblo está oscuro, ilumínese el escenario.

No importa si no hay agua: habrá sonido.

No importa si no hay empleo: habrá fuegos artificiales.

No importa si no hay futuro: habrá reinas, hashtags y una emoción prestada que alcanza para tapar —por un momento, apenas— el silencio de las cosas importantes.

Así crecieron nuestras fiestas, infladas como globos de campaña: perfectas, brillantes, frágiles como una promesa en año electoral.

San Juan, tierra de desierto y espejismos, se volvió un laboratorio fascinante del fenómeno más argentino de todos: la pobreza administrada con talento y decorada con luces LED.

Jáchal: la patria de la sed y de la zamba obligatoria

Jáchal ya no es un pueblo: es una metáfora.

Y no una metáfora amable, sino una de esas que arden en la garganta como el polvo que levanta el viento norte. Allí, el agua es leyenda; la Fiesta de la Tradición, dogma estatal.

Los funcionarios llegan perfumados, sonríen ante las cámaras, aplauden con entusiasmo profesional.

Los vecinos llegan con botellas vacías y una resignación que pesa más que el sol de las cuatro de la tarde.

El contraste es tan evidente que debería estar prohibido por la estética.

Dicen que un político prometió dos cosas:

“Traeremos el agua y fortaleceremos la fiesta.”

Cumplieron lo segundo.

Lo primero parece requerir gestiones más complejas que afinar una guitarra.

Y así, Jáchal canta.

Canta sediento, pero canta.

La Fiesta del Sol: el evangelio mayor de la estética

La Fiesta Nacional del Sol es la religión oficial de la provincia.

No crea el lector que es solo un show: es un manual de gobierno, un calendario fiscal, una filosofía pública donde el espectáculo reemplaza al Estado.

Cada año, el evento desafía a la física, al buen gusto y al presupuesto.

Drones que danzan como ángeles sin fe, pantallas que brillan más que cualquier obra terminada, plataformas que suben y bajan como si la esperanza también tuviera un motor hidráulico.

Los problemas estructurales desaparecen como por hechizo: no porque se solucionen, sino porque el humo del escenario es demasiado espeso.

Un asesor —ese oficio misterioso que consiste en evitar responsabilidades— habría susurrado:

“Si no tenemos gestión, tengamos show.”

Y desde entonces, el show es eterno.

La gestión, no tanto.

Santa Lucía: la tierra que celebra para no ver

En Santa Lucía, la fiesta parece diseñada por un santo ciego, y no por casualidad.

La música cubre olores; las luces sustituyen cloacas; las coronas reemplazan ideas.

Es un territorio donde los problemas no se resuelven: se disimulan.

Los vecinos —que quieren agua limpia y calles dignas— reciben en cambio concursos, desfiles y discursos sobre “la alegría del pueblo”.

La alegría, como la pobreza, se volvió un recurso político: barato, eficaz, reutilizable.

Dicen que un intendente dijo alguna vez:

“La fiesta une.”

Tal vez una fiesta une.

Pero lo que más une, sin dudas, son los reclamos que la fiesta intenta silenciar.

Santa Bárbara en Pocito: cuando la pólvora es política pública

En Pocito, la celebración de Santa Bárbara estalla cada año como si el cielo estuviera financiado por el erario público.

La pólvora ilumina, truena, vibra… y de paso tapa obras que no existen, licitaciones que no aparecen y presupuestos que revientan al ritmo de los fuegos artificiales.

Un vecino preguntó una vez por la obra prometida hace tres campañas.

La respuesta fue un estruendo.

Un minuto de luces.

Y luego, silencio.

En Pocito, la fiesta no explica nada.

Es la explicación.

La provincia que administra sombras con reflectores

En San Juan hemos perfeccionado un arte romano: distraer con brillo lo que duele en silencio.

La gente no es tonta: sabe que después de cada fiesta regresa la verdad con ojeras.

La tarifa impagable, el agua que no llega, el sueldo que no alcanza, la obra que nunca arranca.

Pero mientras tanto, la política se arrodilla ante su altar favorito: el escenario.

Allí encuentra su salvación inmediata, su foto, su épica de mentirita, su aplauso alquilado.

La provincia es un teatro.

El pueblo, público cautivo.

Y la gestión, un truco de magia con trucos ya gastados.

Al final de todo, cuando el último cohete muere en el cielo y la última reina entrega su corona, queda una frase que resume esta liturgia moderna del despilfarro:

No es progreso.

No es desarrollo.

No es cultura.

Es, simplemente: pan y circo.

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