Giacometti y los pasos del mundo

Nov 26, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

El escultor suizo que convirtió la fragilidad en movimiento vuelve a inspirar, en plena era del vértigo, una lección de humanidad: seguir caminando aunque el horizonte se desplace.

“Caminar es negar la derrota del alma.” — Alberto Giacometti

El hombre que camina sobre las ruinas del siglo

Dicen que el siglo XXI ya aprendió a correr, pero todavía no aprendió a caminar.

El planeta gira más rápido que la cordura: guerras que se repiten con nuevos nombres, economías que colapsan sin aviso, líderes que cambian de ideología con la velocidad de un tuit. Sin embargo, en medio del vértigo, algo en nosotros sigue avanzando, aunque sea a paso lento, como la escultura del suizo Alberto Giacometti: erguida, delgada, casi consumida por su propia fe.

En Londres, una subasta récord de arte digital volvió a demostrar que los seres humanos pagan fortunas por el reflejo de lo que no pueden tocar. En Gaza, las sirenas volvieron a rugir sobre los techos de cemento. En Buenos Aires, un presidente libertario promete libertad mientras discute con su propio espejo. Y en San Juan —mi tierra seca y luminosa— un gobernador cantor todavía cree que una Fiesta del Sol alcanza para comprar un pueblo, como si las luces pudieran tapar la falta de transparencia, de rumbo y de verdad.

El hombre que camina no es un bronce: es una metáfora en movimiento.

Cada paso suyo parece decirnos: “No hay progreso sin fragilidad.”

La delgadez del mundo

Jean-Paul Sartre escribió que las esculturas de Giacometti estaban “a mitad de camino entre el ser y la nada”. Hoy podríamos decir que el planeta entero camina por esa misma línea invisible.

La ONU advierte sobre una nueva ola migratoria: 300 millones de personas desplazadas para 2030. Las pantallas anuncian catástrofes como si fueran estrenos. La inteligencia artificial escribe poemas, compone sinfonías y redacta sermones, pero todavía nadie ha conseguido programar la ternura.

En medio de todo eso, un maestro reconstruye su escuela en Ucrania; un médico improvisa una guardia sin luz en el Amazonas; una mujer, en Jujuy, camina veinte cuadras cada madrugada para vender pan casero y pagar la conexión a internet de su hijo.

No hay nada más moderno que esa obstinación.

No hay algoritmo que la imite.

La fragilidad de Giacometti —esa delgadez que no es debilidad sino claridad— es también la del mundo: un cuerpo exhausto que sigue creyendo en su propio movimiento.

Entre el ser y la esperanza

Hace unos días, el Papa habló desde Roma sobre la necesidad de una “alianza ecológica entre generaciones”.

Al mismo tiempo, en Silicon Valley, se presentó un chip neuronal que promete “mejorar la empatía humana”.

Ambas noticias, que parecen venir de galaxias opuestas, comparten la misma intuición: la urgencia de volver a sentir.

El hombre que camina no se detiene porque desconozca la meta; camina porque el movimiento es la única prueba de vida.

Y aun en medio del caos, los pasos colectivos siguen resonando: en Chile, los estudiantes reclaman una educación libre de deudas; en México, los pueblos originarios crean cooperativas digitales; en Argentina, la ciencia pública ya no solo resiste los recortes: resiste la mala administración de los presupuestos otorgados por el Gobierno y su obstinada negativa a ser auditada.

Hay algo sagrado en esa terquedad, algo profundamente humano en ese impulso de avanzar incluso cuando el suelo tiembla.

La escultura invisible

Si Giacometti viviera hoy, quizá esculpiría en hologramas o en datos.

Pero su hombre seguiría caminando.

No hacia un futuro tecnológico, sino hacia un territorio donde el arte y la esperanza aún puedan tocarse.

Porque el verdadero metal de su figura no era el bronce, sino la fe: la fe en que la humanidad puede moldearse a sí misma una y otra vez, sin rendirse.

En una entrevista olvidada, Giacometti dijo:

“No busco la perfección, busco la posibilidad.”

Y acaso eso sea lo que define nuestra era: la posibilidad de seguir andando a pesar de todo, de reconstruir lo que se quiebra, de amar incluso lo que no comprendemos.

El último paso

En los noticieros se cuentan guerras, pero en las calles se cuentan pasos.

Y cada paso —aunque no salga en los titulares— es una forma de resistencia.

Mientras el mundo se pregunta quién vencerá en la próxima elección o en la próxima guerra, hay millones de hombres y mujeres caminando sin bronce, sin titulares, sin ruido.

Caminando para que la historia no se detenga.

Porque el movimiento, incluso el más pequeño, sigue siendo la forma más pura de esperanza.

El último resplandor del camino

Quizás Giacometti tenía razón: no somos esculturas acabadas, sino huellas que aún buscan su forma.

Y si el hombre que camina no ha caído todavía, es porque el mundo —pese a todo— todavía cree en el milagro de seguir andando.

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