Día de la Tradición: cuando el olvido se disfraza de fiesta

Nov 11, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Entre bombos, ponchos y discursos oficiales, la patria se disfraza de sí misma.

Cada 10 de noviembre, la Argentina celebra su “tradición” como quien barre la tierra debajo del poncho: oculta el polvo, pero no lo limpia.

En el país de Martín Fierro, todavía hay hambre, desigualdad y un pueblo que repite los versos sin entender el mensaje.

“Celebramos al gaucho mientras lo condenamos a seguir siendo pobre.”

La patria como escenografía

Hay algo profundamente irónico en ver a funcionarios y escolares vestidos de gauchos, recitando a José Hernández mientras el país real —ese que Fierro conocía bien— sigue padeciendo las mismas injusticias que él denunció hace más de un siglo.

El Día de la Tradición debería ser una jornada de reflexión, no un desfile de utilería, donde el intendente entra al pueblo vestido de gaucho sin haber leído —ni comprendido— lo que escribió José Hernández.

Pero la Argentina contemporánea parece amar los símbolos más que las causas, la foto más que el fondo, el acto más que la conciencia.

Hoy el gaucho sobrevive, sí, pero en la forma del trabajador rural explotado, del changarín que madruga sin obra social, del maestro que enseña sin tizas.

Ese es el nuevo Fierro: uno que sigue pagando las consecuencias del “progreso” ajeno.

José Hernández no bailaría una zamba

Si José Hernández resucitara hoy, no se uniría al desfile gaucho: escribiría otra vez un poema indignado.

No celebraría una tradición domesticada por la política ni un folclore convertido en anestesia nacional.

Martín Fierro fue un grito contra el poder, no una canción para amenizar el almuerzo municipal.

“Los hermanos sean unidos”, escribió Hernández, pero el país parece haber elegido lo contrario: dividirse en tribus ideológicas, regiones enfrentadas y clases sociales que ya no se miran a los ojos.

Pedimos fiesta, pero no educación.

Queremos patria, pero sin esfuerzo.

Bailamos chacareras mientras el hambre sigue siendo la coreografía más estable de nuestra historia.

El gaucho domesticado

El Estado moderno —ese que alguna vez expulsó al gaucho por “improductivo y peligroso”— ahora lo revive como souvenir cultural.

Le perdonó la rebeldía, pero le quitó la voz.

Hoy, el gaucho es una postal turística: un personaje que sonríe para la cámara de algún funcionario que jamás leyó a Hernández más allá del primer verso.

La tradición, entonces, se ha vuelto espectáculo.

Y como todo espectáculo, necesita público distraído y artistas resignados.

Porque pensar duele más que bailar.

Y recordar que el gaucho fue un marginado político —no un bailarín de peña— resulta demasiado incómodo para un país que todavía fabrica excluidos con la misma eficacia con que antes fabricaba alambrados.

Una fiesta en tierra arrasada

En el país de Fierro, las escuelas rurales se caen a pedazos.

Los hijos de los criollos trabajan en la cosecha mientras los discursos oficiales hablan de igualdad.

Las universidades se llenan de ideologías y sobre costos pero no de libros.

Y cada 10 de noviembre repetimos la misma misa laica: la patria no se piensa, se aplaude.

Hernández nos advirtió que la justicia sin equidad era una forma elegante del abuso. Y tenía razón.

Hoy seguimos midiendo la argentinidad por el asado, la bombacha y el mate, pero no por la dignidad de quien los produce.

El Día de la Tradición es, en realidad, el Día del Olvido: el momento en que recordamos lo que fuimos para no ver lo que somos.

El fogón apagado

En algún rincón del país, tal vez todavía haya un hombre que enciende su fogón, rasguea una guitarra y recita los versos de Hernández sin saber que está invocando una profecía.

Porque Martín Fierro no fue una celebración: fue una advertencia.

Y esa advertencia sigue vigente cada vez que el pueblo festeja mientras pasa hambre, o baila mientras lo gobiernan los mismos que lo empobrecen.

Quizás haya que dejar de disfrazarnos de patria para empezar a construir una.

Porque la tradición no está en el poncho ni en la zamba: está en la dignidad del que no se rinde.

Y si alguna vez volvemos a escuchar a Fierro de verdad, tal vez entendamos que no se trataba de una fiesta, sino de una deuda.

Una deuda moral con el hombre del campo, con el trabajador olvidado, con la patria que se apaga cada vez que confunde el escenario con la historia.

Basta con leer la historia y mirar alrededor: no deberían llamar argentino a quien no leyó un Martín Fierro.

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