San Juan invierte inteligencia artificial en burócratas no inteligentes

Nov 3, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Mientras el empleo público sanjuanino supera el promedio nacional en cantidad y salarios, el Gobierno provincial apuesta por capacitar a sus burócratas —en su mayoría cargos políticos— en inteligencia artificial.

Una crónica sarcástica sobre la digitalización del mate, los sellos y la eterna cultura del “vuelva mañana”.

Ciencia ficción en la administración pública

En la provincia de San Juan, tierra del sol, del vino noble y de las promesas políticas que envejecen peor que un malbec olvidado, una nueva epopeya estatal se abre paso entre papeles y PowerPoints: enseñar inteligencia artificial a empleados públicos.

El proyecto suena moderno, casi visionario, pero la escena roza la comedia. En un oficina del Centro Cívico, un grupo de funcionarios intenta comprender qué es un algoritmo mientras revisa el WhatsApp en busca del horario del almuerzo.

Lo irónico es que muchos de ellos ni siquiera son empleados de carrera: son cargos políticos, especialistas en la milenaria práctica de esperar que pasen las horas sin hacer nada. Funcionarios transitorios de permanencia eterna, expertos en supervivencia burocrática.

Más empleados que eficiencia

El empleo público en San Juan se ubica por encima del promedio nacional, tanto en cantidad de trabajadores como en salarios.

La provincia mantiene así una estructura estatal más ancha que ágil, con más escritorios que proyectos y más reuniones que resultados.

En ese contexto, la IA aparece como un remedio milagroso para un sistema que no sufre por falta de personal, sino por exceso de permanencia.

En la práctica, se intenta enseñar eficiencia a quienes han hecho del ocio una forma de resistencia laboral.

Escenas de una oficina digitalizada

El salón parece un episodio de realismo mágico administrativo: burócratas con mate tibio, anotadores en mano y un instructor que, con entusiasmo pedagógico, intenta explicar redes neuronales.

Uno de los asistentes levanta la mano y pregunta con solemnidad:

— ¿Esta inteligencia artificial también tiene horario de entrada y salida?

El salón estalla en risas cómplices. Otro pregunta si el sistema podrá justificar ausencias, y un tercero consulta si puede firmar por ellos.

La escena resume la contradicción: enseñar automatización a un aparato estatal que funciona por inercia.

Como diría un poeta del archivo: la eficiencia no figura en planta permanente.

Innovar el desinterés

San Juan, famosa por tener más cargos públicos que proyectos terminados, busca ahora digitalizar la ineficiencia.

Darle formato moderno al desinterés.

Bautizar como innovación lo que en realidad es una terapia ocupacional con presupuesto estatal.

Los jóvenes instructores hablan de big data y productividad. Pero sus palabras caen como hojas de Excel sobre escritorios cubiertos de papeles amarillentos, sellos, tazas de café y la birome azul institucional.

Mientras tanto, los burócratas asienten, convencidos de que la inteligencia artificial es una nueva dependencia que pronto necesitará jefe, secretaría y viáticos.

El futuro siempre llega tarde

Los funcionarios celebran frente a las cámaras:

“Estamos capacitando al personal para el futuro digital”, declaran con convicción, aunque el Wi-Fi del salón siga intermitente.

Y en cierto modo tienen razón: el futuro, en San Juan, todavía está en tránsito.

Porque el presente sigue igual de manual, igual de lento, igual de humano.

Y la inteligencia —artificial o natural— continúa siendo un recurso escaso en los pasillos del poder.

El milagro pendiente

Tal vez algún día ocurra el milagro tecnológico: que un expediente viaje de una oficina a otra sin perderse en el camino, o que un trámite se resuelva sin invocar al santo patrón de la paciencia.

Hasta entonces, la inteligencia artificial aprenderá lo que el sanjuanino ya domina desde hace décadas: que el tiempo, en el Estado, no se mide en minutos, sino en mates.

En esta tierra donde la siesta es una política pública no declarada, los algoritmos deberán adaptarse al ritmo del ventilador, al sonido de la radio local y al santo horario del almuerzo extendido.

La fila que nunca termina

La modernidad avanza en PowerPoint, la burocracia en pasitos cortos, y la inteligencia —por ahora— sigue aguardando su oportunidad.

Mientras tanto, una fila de militantes del gobierno de turno espera su lugar en la próxima designación, confiando en que el algoritmo también tenga carné partidario.

En San Juan, la revolución digital ya comenzó: alguien encendió la computadora… y fue a buscar el mate.

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