Ensayo inspirado en Borges ante las elecciones del 26 de octubre
En el Café La Biela, donde el tiempo parece haberse detenido para no estropear la costumbre, un hombre escribe y otro, que ya no ve, todavía observa.
Las mesas gastadas, el aroma del café recién molido y la lluvia empujando la tarde sobre Recoleta componen una liturgia porteña.
Es el escenario donde la memoria de Jorge Luis Borges regresa, no como fantasma, sino como espejo; y donde Facundo Cabral, antes de desvanecerse bajo la llovizna, deja un eco que no cesa:
“No soy de aquí, ni soy de allá…”
El trovador se aleja y la ciudad queda suspendida en una pregunta: ¿dónde pertenece la Argentina cuando vota, cuando duda, cuando vuelve sobre sí misma?
La eternidad que huele a café
Sentarse en La Biela es participar de un rito laico: el del pensamiento que se sirve en pocillos.
Las paredes guardan conversaciones que se negaron al olvido, disputas entre poetas, ironías de filósofos y el rumor de exiliados que buscaban una patria en la palabra.
Borges solía decir que el tiempo es una invención humana, un artificio para ordenar la desdicha; y, sin embargo, nada envejece tanto como la política argentina, que insiste en reescribir su tragedia como si fuera una obra inédita.
En cada elección, el país abre la urna con la esperanza de despertarse distinto, pero al contar los votos se reconoce en su propio reflejo.
La historia argentina no avanza: gira.
Es un reloj que repite la hora equivocada con exactitud obsesiva.
El pueblo, fatigado, se mira en el espejo del mito y descubre que su rostro no ha cambiado desde los días de Rosas: sigue dividido entre caudillos y salvadores, entre fervores y decepciones.
El país circular
Si algo comprendió Borges fue que la Argentina es más un laberinto que una nación: un territorio que busca la salida mientras se contempla a sí mismo.
Cada generación promete corregir los errores de la anterior, pero acaba repitiéndolos con distinta retórica.
El siglo XXI no modificó esa costumbre: apenas la digitalizó.
Las ideologías ahora se transmiten por streaming, los discursos se editan como reels y la moral se mide en tendencias de redes.
Pero la raíz del delirio sigue siendo la misma: la fe ciega en los mesías.
La política argentina es, en el fondo, una metafísica popular: una forma de creer sin entender, de adorar sin comprobar.
Y cada tanto, el pueblo —ese protagonista cansado— se aferra a un nuevo nombre con la esperanza de que la historia, al fin, cambie de argumento.
Milei y la furia del siglo
Hoy ese nombre es Milei.
Borges lo habría encontrado fascinante, no por su programa, sino por su símbolo: un hombre que agita una motosierra como si fuera un crucifijo moderno.
Esa imagen —tan brutal como poética— resume la época.
Vivimos un tiempo en que la destrucción se confunde con la redención y la furia, con la libertad.
El ruido sustituye al pensamiento, y el grito se ha convertido en idioma nacional.
Milei es hijo de la desesperanza y nieto del hartazgo.
Su figura es la consecuencia estética de décadas de desilusiones acumuladas.
Promete cortar para sanar, incendiar para limpiar, liberar para salvar.
Pero todo profeta de los extremos olvida una verdad elemental: cuando se derriba el bosque, no queda sombra para nadie.
La motosierra es, quizás, la metáfora más exacta del presente argentino: una herramienta que arranca raíces sin preguntar por qué crecieron.
Borges habría visto en ella una alegoría trágica del siglo XXI: la pasión de destruir lo que se desconoce.
Y habría añadido, con su ironía intacta, que “la libertad sin medida no es más que otra forma del caos”.
Los fantasmas del mito
El país, sin embargo, no vive solo de promesas nuevas: sigue adorando a sus viejos espectros.
Perón ya no gobierna, pero gobierna su sombra; Evita ya no cura, pero cura su mito.
Los símbolos no mueren: mutan.
Y en ese eterno retorno, la Argentina parece condenada a elegir entre lo que fue y lo que teme volver a ser.
Un pueblo que no aprende de su pasado está destinado a venerarlo; y el nuestro, que hizo de la nostalgia una identidad, no se atreve a imaginar un futuro que no se parezca a un tango repetido.
Borges —que desconfiaba de los ídolos tanto como de los espejos— sabía que todo poder se vuelve superstición cuando deja de dudar.
Por eso despreciaba la fe ciega, tanto en los dioses como en los líderes.
No era un apátrida, sino un patriota de la lucidez: ese raro amor a la verdad que no necesita banderas.
La lucidez como voto
En una época donde todo se grita, leer es un acto revolucionario.
Y escribir —decía Borges— es otra forma de resistencia.
El país necesita menos consignas y más sintaxis, menos promesas y más preguntas.
Porque las ideas no mueren: se abandonan.
Y cuando una nación deja de pensar, otros piensan por ella.
No votar —diría el maestro— no es desinterés, sino descreimiento metafísico.
No porque la democracia carezca de valor, sino porque se ha convertido en un espectáculo donde los electores actúan sin guion.
Cada elección se anuncia como la definitiva, pero todas terminan con la misma conclusión: esta vez será distinto.
Y no lo es.
Quizá el voto más subversivo sea el del pensamiento.
No el que se deposita en la urna, sino el que se siembra en la conciencia.
Votar por la lucidez, por la ironía, por el lenguaje: por eso que nos salva del fanatismo y de la mediocridad.
Borges no pidió fe: pidió estilo.
Y el estilo, en un país donde la pasión suele disfrazar la ignorancia, es la forma más elevada de inteligencia.
Cuando Borges se levantó de su mesa en La Biela, no dejó un cuerpo: dejó una forma de mirar.
La lluvia seguía cayendo con la calma de lo eterno.
En los charcos, los carteles de campaña se reflejaban deformados; los candidatos sonreían desde el agua como ilusiones disueltas.
A lo lejos, la voz de Facundo Cabral seguía recordando que el alma no tiene domicilio:
“No soy de aquí, ni soy de allá…”
Apoyé la pluma sobre la hoja y pensé que quizá el país no necesita un nuevo gobierno, sino un nuevo lector.
Uno que entienda que la patria no está en los símbolos ni en las palabras, sino en los hechos; que las naciones mueren cuando dejan de narrarse; y que la eternidad —como dijo el maestro— no está en los cielos, sino en los cafés donde todavía se piensa.
Nota:
Ensayo inspirado en entrevistas a Borges y su ocasional encuentro con Facundo Cabral. En la Argentina, más que nuevos políticos, seguimos necesitando nuevos lectores.














