El decálogo del perfecto peronista: manual para una lealtad sin redención

Oct 18, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Ochenta años después, el país sigue celebrando la misma procesión: una fe que no libera, una liturgia que no cura. El Día de la Lealtad no es una conmemoración, sino una parábola sobre cómo un pueblo puede amar hasta la pérdida de sí mismo.

I. Cree en tu mito como en un dogma, aunque la historia lo desmienta

El 17 de octubre de 1945 fue la misa donde el pueblo se descubrió a sí mismo como multitud. Aquella tarde, los obreros bajaron de los talleres, cruzaron los puentes, llenaron la Plaza y, sin saberlo, bautizaron un país nuevo. Pero todo mito tiene su precio: en el altar de Perón se ofreció la conciencia nacional como sacrificio. Desde entonces, Argentina aprendió a creer más en las sombras del pasado que en la luz del porvenir. Y cada año, en el Día de la Lealtad, vuelve a repetir el credo que la mantiene cautiva.

II. Ama al pueblo como se ama a un hijo, pero nunca lo dejes crecer

El peronismo quiso ser padre y madre, protector y maestro. Le dio al pueblo un pan que venía con promesa, pero también con una soga invisible. Lo vistió de derechos, pero lo acostumbró a pedir permiso. Desde entonces, el pueblo trabaja, canta, marcha… pero no elige su destino: lo espera. Y en cada espera, el poder le renueva la infancia, recordándole que quien da puede quitar.

III. No pienses: siente. Y si dudas, repite lo que dijo el General

Perón entendió que el pensamiento divide y la emoción une. Por eso construyó una doctrina que se recita como oración y no se discute. El justicialista perfecto no razona: siente. Y en ese sentir se confunde el amor con el miedo, la lealtad con la costumbre. Así, la pasión se hizo método y la consigna, fe. Pensar se volvió sospechoso; dudar, casi una herejía.

IV. Sé fiel a la liturgia, aunque el templo se derrumbe

Cada 17 de octubre el peronismo celebra su eternidad. Las banderas son las mismas, los bombos repiten el mismo latido, las gargantas envejecidas todavía gritan “¡Viva Perón!”. Pero el templo ya no sostiene el techo. Los muros están resquebrajados por décadas de promesas incumplidas y de fe que ya no cura. Sin embargo, el rito continúa, porque la liturgia, incluso vacía, da sentido.

V. Cuando gobiernes, destruye al que venga después: así te aseguras de ser indispensable

El peronismo no se hereda: se disputa como un trono maldito. Cada sucesor jura continuar la obra del General y termina dinamitando la de su antecesor. Los unos acusan de tibios a los otros; los otros de traidores a los unos. Entre tanto fuego cruzado, el país quedó en ruinas, víctima de la misma hoguera que se encendió para mantenerlo caliente. Gobernar, en la Argentina, se volvió un verbo conjugado en pretérito.

VI. Convierte la pobreza en paisaje, para que no duela tanto verla

Hay una estética de la miseria que el peronismo aprendió a pintar con talento: bombos, parrillas, abrazos, promesas. Las villas se llenaron de murales donde los pobres son héroes, pero los héroes siguen pobres. La pobreza se volvió escenografía de la épica popular, un decorado que justifica la política. Nadie quiere borrarla del cuadro: sería perder el escenario donde la historia se vuelve emotiva.

VII. Enfrenta al enemigo: incluso si no existe, invéntalo

Para sostener la fe hay que tener a quién culpar. La oligarquía, los medios, los jueces, los mercados, los yanquis, los traidores internos: cada década el peronismo elige su demonio. El enemigo unifica lo que el poder divide. Pero esa guerra perpetua contra todo lo externo nos dejó sin adentro: la patria se volvió un campo minado de bandos. Y en la trinchera, ya nadie recuerda por qué disparaba.

VIII. Predica la justicia social mientras amas la concentración del poder

Pocos movimientos amaron tanto la palabra “pueblo” y tan poco la práctica del plural. Gobernadores eternos, sindicatos heredados, caudillos que se proclaman apóstoles: el peronismo hizo de la justicia social un espejo donde sólo se refleja quien manda. Lo popular se volvió patrimonial, y el poder, hereditario. En nombre de la igualdad se edificó una aristocracia de militantes profesionales.

IX. Haz del pasado tu única brújula: el futuro sólo puede traicionarte

Mientras el mundo inventa algoritmos, Argentina sigue rezando ante retratos en blanco y negro. Evita aún sonríe desde las paredes, Perón aún levanta la mano, y los nietos de aquellos obreros aún creen que el milagro puede repetirse. Pero el futuro no espera en la Plaza: se fuga por Ezeiza. El tiempo del peronismo es circular, como un tango que no termina: cambia el cantor, pero el lamento es el mismo.

X. Sé leal hasta que la lealtad te quite la libertad

El Día de la Lealtad no conmemora una idea, sino una obediencia. Millones marchan en nombre de un amor que hace décadas perdió su objeto. En cada consigna late una fe que ya no libera, sino que ata. Porque la lealtad, cuando se vuelve obligación, deja de ser virtud y se convierte en destino. Y la Argentina lleva ochenta años cumpliendo, con admirable disciplina, la condena de amar a quien la lastima.

La herida y el espejo

El peronismo fue la epopeya más humana que tuvo el país: nació del dolor, de la desigualdad, de una promesa legítima. Pero como toda epopeya, terminó creyéndose inmortal. Dio voz a los sin voz y luego los hizo eco de su propia voz. Construyó derechos, pero también dependencias. Fundó la esperanza y la convirtió en institución.

El 17 de octubre, entonces, no es una fecha: es un espejo. En él, el país se mira y ve lo que pudo ser, lo que fue y lo que aún no puede dejar de ser.

Y en esa imagen invertida, donde la fe se confunde con el miedo y la devoción con la costumbre, la Argentina sigue repitiendo la parábola de su propia ruina: una nación que aprendió a ser leal, pero no libre.

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