El Juego de Tronos peruano: once reyes y un titiritero

Oct 11, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Desde el año 2000, once presidentes han ocupado el sillón presidencial y ninguno salió ileso: presos, suicidados, exiliados o reducidos a marionetas. Pero la verdad incómoda es que ellos nunca fueron los jugadores: apenas peones descartables en un tablero manipulado por el Congreso corrupto, el verdadero titiritero de la política peruana.

Fujimori, el rey que sembró la podredumbre

Todo reino necesita su Rey Loco. En Westeros fue Aerys; en el Perú, fue Alberto Fujimori, ingeniero de la degeneración moderna. Con Vladimiro Montesinos como Mano del Rey, instauró la industria del soborno: congresistas filmados recibiendo fajos de billetes, jueces degradados a oficinistas del régimen, militares firmando actas de sujeción como si fueran contratos de servidumbre.

No solo gobernó: corrompió las bases mismas del Estado. Montesinos pactó con narcotraficantes y construyó un aparato de inteligencia que parecía un canal pirata, más dado al espectáculo que a la seguridad nacional. El Perú se convirtió en un bazar donde todo se vendía: leyes, contratos, conciencias, hasta el honor.

Cuando la torre se desplomó, Fujimori huyó al Japón con la frescura de quien se va de vacaciones. Se llevó maletas repletas de dólares y lingotes de oro. No dejó un país: dejó una maldición. Desde entonces, quien se sienta en el sillón presidencial termina preso, exiliado, muerto o humillado.

La sucesión maldita

Desde entonces, el desfile presidencial parece procesión fúnebre. Ninguno salió indemne:

  • Alejandro Toledo, el Rey de las Fiestas, pasó de Stanford al banquillo, de la Pachamama a la extradición. Prometió dignidad, pero terminó brindando con Odebrecht.
  • Alan García, el Tywin Lannister tropical, poderoso y calculador, se disparó en la sien para no enfrentar la vergüenza judicial. Fue el único que decidió escribir su propio final antes de que lo escribieran los fiscales.
  • Ollanta Humala, el guerrero domesticado por su mujer, llegó con discurso radical y terminó como estatua del sistema. Probó la cárcel en compañía de su esposa, prueba de que hasta el amor se pudre en política.
  • Pedro Pablo Kuczynski, el tecnócrata anciano, un rey cansado que apenas podía sostener la espada del poder. Su destino: la prisión domiciliaria, la república reducida a geriátrico.
  • Martín Vizcarra, el vengador improvisado, fue aclamado por enfrentarse al Congreso, pero la maldición lo alcanzó: inhabilitado, desterrado, convertido en espectro político. Su pecado: desafiar al verdadero titiritero.
  • Manuel Merino, el usurpador torpe, cayó en cinco días. Un rey de temporada, derrocado antes de aprenderse la ruta a Palacio.
  • Francisco Sagasti, el bibliotecario interino, cumplió con el papel de transición. Más que gobernar, ordenó papeles y leyó discursos con voz de maestre. Un pie de página disfrazado de presidente.
  • Pedro Castillo, el campesino sin reino, quiso autogolpearse en horario estelar y terminó en prisión. Una tragicomedia digna de sketch de medianoche.
  • Dina Boluarte, la reina marioneta, sostenida por los hilos del Congreso corrupto. No mandó: obedeció. Fue biombo y escudo, nunca gobierno.
  • José Jerí, el rey de la vergüenza, asumió con denuncias de violación y enriquecimiento ilícito a cuestas. Un monarca obsceno cuya única virtud es garantizar obediencia a los titiriteros.

Cada uno confirmó la maldición: el sillón presidencial no distingue entre santos ni bribones; convierte a los primeros en demonios y a los segundos en cadáveres políticos. Es a la vez trono de tentación y patíbulo inevitable.

El trono no corta: lo corta el titiritero

En Juego de Tronos, el Trono de Hierro devora a quienes lo ocupan.

En el Perú, no es el sillón el que condena: es el Congreso corrupto, el verdadero jugador, el Gran Titiritero.

Mientras presidentes desfilan entre barrotes, ataúdes y destierros, el Parlamento permanece inmutable. No hay congresistas suicidados, no hay bancadas extraditadas. Lo que sí hay son blindajes, repartijas, pactos con el crimen y leyes hechas a la medida de la impunidad.

El Congreso corrupto es la Casa Lannister criolla: siempre cobra, siempre negocia, siempre sobrevive. Allí no se libran guerras porque no hace falta: todo se arregla con votos y fajos, sin espadas ni dragones. Los partidos se exhiben como rivales en la pantalla chica, pero en privado son socios del mismo negocio.

Marionetas y verdugos

Boluarte fue la caricatura más obscena. Una marioneta instalada para recitar discursos vacíos y firmar decretos que blindaban mafias y enterraban denuncias. No gobernó: fue gobernada.

Cuando dejó de servir, la dejaron caer como títere roto en mitad del escenario.

Jerí es la prueba de que ya ni siquiera se exige decoro. Un presidente con denuncias de violación puede sentarse en Palacio siempre que garantice obediencia al titiritero. La obscenidad ya no sorprende: se ha institucionalizado.

En este tablero, los presidentes no son líderes ni gobernantes: son piezas condenadas desde el inicio. El titiritero mueve los hilos, sonríe desde el palco y reparte el botín con la frialdad de un verdugo que nunca se mancha las manos.

El reino de la nada

En Westeros, la máxima era clara: “En el Juego de Tronos, ganas o mueres”.

En el Perú, la máxima es más cruel: mueres aunque ganes.

La ciudadanía se entretiene viendo desfilar a presidentes esposados, exiliados o muertos, como si fueran capítulos de una serie infinita. Pero olvida que la mano que los empuja al abismo es siempre la misma: el Congreso corrupto.

El Parlamento no es árbitro: es jugador. No es víctima: es verdugo. No es el reino: es el parásito que lo devora.

Y mientras el país se hunde en sangre, miedo y corrupción, esa cofradía de mercaderes permanece blindada e inmutable, escribiendo la saga interminable de la impunidad.

El sillón presidencial es carnada, distracción, espectáculo. El verdadero trono está en los pasillos del Congreso, donde no se oyen espadas ni se derrama sangre, pero se decide quién vive, quién muere y quién carga con la vergüenza.

En este Juego de Tronos peruano, los presidentes son capítulos descartables. La serie completa —cruel, obscena, lumpen e interminable— la escribe siempre el mismo autor: el Congreso corrupto.

Y conviene decirlo sin adornos ni metáforas: estamos frente a la dictadura de un Congreso corrupto, la más pérfida de todas, porque sonríe con la máscara de la democracia mientras le clava al país el puñal de la impunidad.

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