En una sala de exposición, Alana se detiene frente a un cuadro como si pudiera atravesar el lienzo. A unos pasos, Osiris clava sus ojos en la nada, convencido de que allí ocurre algo que los demás no perciben. Entre la mujer y el gato, el narrador queda reducido a testigo de lo invisible. Esta crónica indaga en ese misterio: cómo las miradas perdidas revelan más que cualquier discurso y obligan a narrar lo que nunca termina de explicarse.
Un cuento breve, una crónica infinita
Julio Cortázar, maestro en el arte de descolocar al lector, escribió Orientación de los gatos como quien dibuja una trampa invisible: un relato mínimo, aparentemente doméstico, que pronto se abre a lo metafísico. Allí conviven tres presencias: el narrador, Alana —la mujer— y Osiris —el gato—. Entre ellos se teje una coreografía de miradas que nunca se resuelve del todo.
Alana, silenciosa y enigmática, se demora frente a los cuadros con la calma de quien sospecha que detrás de las pinturas late otro mundo. Osiris, el gato, se planta en medio de la habitación y clava sus ojos en un punto imposible, como si viera lo que los humanos no alcanzamos. El narrador, atrapado entre esa mujer y ese animal, sólo puede intentar comprender qué significan esas orientaciones.
Esa tensión —entre lo humano y lo felino, entre lo visible y lo oculto— es lo que convierte el cuento en un terreno fértil para la crónica. Porque, al igual que en el periodismo narrativo, no se trata de dictar certezas, sino de aprender a mirar lo extraño que palpita en lo cotidiano.
Miradas que interrogan
Osiris, con la paciencia de un guardián, se queda quieto mirando la nada. Su orientación no es un juego: es una insistencia que incomoda. ¿Qué ve? ¿Qué presiente? ¿Qué se mueve en ese rincón que nadie más percibe?
Alana, en cambio, se orienta hacia el arte. Frente a los cuadros, se sumerge en un silencio más elocuente que cualquier explicación académica. Su contemplación es una forma de interrogación, una resistencia a lo inmediato. Como si en cada pintura buscara atravesar la superficie para entrar en otra dimensión.
Entre ambos —la mujer que mira el arte y el gato que mira lo invisible—, el narrador queda reducido a testigo. Sus palabras son apenas un intento de traducir en lenguaje lo que, en realidad, pertenece al reino de lo inefable.
Alana, la complicidad del silencio
La figura de Alana es esencial porque encarna lo que la crónica necesita: el silencio que abre mundos. Ella no explica, no traduce, no teoriza. Su forma de estar frente a los cuadros es un acto de resistencia contra el apuro contemporáneo. Esa demora es también política: un recordatorio de que no todo puede ser reducido a una lectura inmediata.
En su silencio, Alana se parece a las fuentes más valiosas de la crónica: aquellas que no hablan mucho, pero cuya sola presencia obliga a replantear el relato. En su gesto hay más revelación que en una entrevista entera.
La sospecha como brújula
Cortázar nunca entrega el secreto. No nos dice qué mira Osiris ni qué comprende Alana. Nos deja en un estado de sospecha que se convierte en brújula. El cuento no cierra, y esa es precisamente su fuerza.
En el periodismo narrativo ocurre lo mismo. La crónica no clausura: señala, abre preguntas, incomoda. El cronista, como Osiris, fija los ojos en un punto oscuro; como Alana, se demora frente al arte de lo banal. En ambos casos, el resultado no es la certeza, sino la sospecha compartida.
Cortázar y la mirada oblicua
El estilo de Cortázar siempre fue lateral, oblicuo, como la mirada felina. No describe lo real de frente, sino desde los bordes: una situación cotidiana que de pronto se abre a lo fantástico.
Esa es también la tarea de la crónica. En un tiempo saturado de titulares ruidosos, el cronista debe entrenar el ojo para lo secundario: aquello que sucede en la penumbra de una galería, en la sombra de un rincón, en la pausa de un gesto. Alana y Osiris son, en ese sentido, figuras maestras: ambos nos enseñan a mirar de costado, a detenernos en lo que no parece importante y, sin embargo, lo es todo.
El periodismo frente a lo invisible
Hoy el periodismo se obsesiona con lo visible: encuestas, estadísticas, tendencias. Pero la verdadera orientación quizá esté en lo que todavía no aparece en el encuadre. El cuento de Cortázar funciona como parábola contemporánea: ¿qué vemos cuando seguimos la mirada de Osiris? ¿Qué intuimos cuando acompañamos el silencio de Alana?
El cronista debe correr la cámara, cambiar el foco, arriesgarse a narrar lo que nadie pidió que se narrara. Así, una escena en apariencia banal —un gato mirando una sombra, una mujer contemplando un cuadro— se convierte en el corazón de una historia.
Los gatos del Parque Kennedy
En Lima, el Parque Kennedy de Miraflores es célebre por su población felina. Decenas de gatos viven allí como dueños del lugar, dormitan sobre los bancos, caminan entre la gente, trepan los árboles para vigilar el mundo desde lo alto. Lo curioso no es su número, sino su manera de mirar: se detienen frente a un rincón del césped o clavan los ojos en el vacío, indiferentes a la multitud.
Esa escena limeña revela lo mismo que Cortázar sugirió con Osiris y Alana. El gato orientado hacia la sombra y la mujer que contempla el cuadro son reflejos de esos felinos urbanos que nos recuerdan que lo esencial nunca está en la superficie. El parque, entonces, se convierte en una galería abierta donde los gatos ejercen, sin saberlo, la tarea de los cronistas: señalar lo que los demás no ven.
Alana, entre mujer y felina
El desenlace de Orientación de los gatos no entrega resolución. Osiris sigue clavando la mirada en lo invisible; Alana continúa demorándose frente a los cuadros. Ambos desestabilizan al narrador, que sólo puede narrar su desconcierto.
Lo más inquietante es que Alana nunca se deja fijar del todo. Es mujer, sí, pero Cortázar la describe con una intensidad que roza lo felino. Su silencio recuerda al de los gatos, su paciencia también. ¿Es una mujer que comparte el mundo con un gato, o es, de algún modo, un puente entre lo humano y lo animal?
La crónica debe aprender de esa ambigüedad. No se trata de dar respuestas, sino de acompañar las miradas perdidas, de aceptar que hay misterios que sólo pueden narrarse, nunca resolverse.
Cortázar nos deja, finalmente, en la frontera: Alana, mujer que mira los cuadros como si fueran umbrales, y Osiris, gato que se orienta hacia lo invisible. Entre ambos construyen un mundo donde la literatura y la crónica coinciden: habitar la penumbra, señalar lo que no se entiende, narrar lo que nunca se explica del todo.
Quizá la lección de Cortázar no sea entender qué miraban Alana y Osiris, sino aprender a acompañar sus ojos: porque en cada mirada perdida hay una crónica esperando ser contada.














