El enemigo nombrado: crónica, ensayo y cuento de un genocidio

Sep 25, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Crónica: El Cairo rompe el silencio

El aire de El Cairo amaneció espeso, como si el Nilo mismo hubiera contenido el aliento. En los kioscos, las portadas repetían un titular que no se leía desde hacía medio siglo: Egipto declara a Israel “enemigo”.

En las calles, la noticia corría de boca en boca. Los taxistas recordaban la guerra de Yom Kipur; los viejos, a Sadat y al tratado de Camp David, ese pacto que transformó a Egipto en mediador en vez de combatiente. Y ahora, con una frase seca, todo parecía volver a su punto de origen.

Los cafés se llenaban de murmullos. En uno del barrio de Zamalek, un anciano se atrevió a decir en voz alta:

—Es como si hubieran abierto un archivo cerrado con sangre.

Mientras tanto, en Gaza, la realidad no necesitaba titulares: el sonido de drones y explosiones marcaba las horas. La Comisión de la ONU había publicado su informe: setenta y dos páginas que describían con lenguaje quirúrgico lo que los ojos de millones ya intuían: genocidio.

El informe detallaba, punto por punto, los actos que configuran ese crimen: asesinatos intencionales de civiles, destrucción de maternidades y bancos de esperma, imposición de medidas para impedir nacimientos. La palabra “exterminio” dejaba de ser metáfora.

Doha se convirtió en epicentro diplomático. Allí, más de cincuenta países musulmanes discutían sanciones contra Israel. Turquía llamaba “Hitler” a Netanyahu. Irán, sin disimulo, hablaba de guerra. Y Pakistán —única potencia nuclear islámica— dejaba caer la idea de una OTAN mahometana.

Lo que parecía imposible hace un año sucedía en cuestión de días: el mapa geopolítico de Medio Oriente se reacomodaba al ritmo de las bombas. Y Egipto, con su voz de pirámide, volvía a llamar enemigo al vecino incómodo.

Ensayo: El genocidio como espejo

Decir “genocidio” no es un acto retórico: es invocar la memoria más oscura de la humanidad. Es encender un espejo donde se reflejan, simultáneamente, Auschwitz, Ruanda, Srebrenica. Cada vez que un organismo internacional pronuncia esa palabra, el mundo recuerda que juró no repetir.

Pero lo repetimos.

El 83% de las víctimas en Gaza son civiles. La mitad, niños. ¿Qué lógica de seguridad puede justificar la muerte de un recién nacido? ¿Qué doctrina militar resiste el dato de incubadoras reducidas a escombros? En esa aritmética del horror, no hay ecuación que salve la conciencia.

Israel se aferra a la idea de autodefensa. Pero cuando la autodefensa se transforma en aniquilación sistemática, lo que queda es otra cosa. Netanyahu habla de “super-Esparta”. Y sí, hay una reminiscencia histórica: Esparta también creyó en la fortaleza absoluta, también se aisló, también terminó derrotada por la rigidez de su propia lógica.

El genocidio, además, no mata solo cuerpos: mata lenguas, memorias, genealogías. Cuando se destruye un banco de esperma o un hospital materno, no se elimina un objetivo militar: se arranca de raíz la posibilidad de un futuro.

Y ahí surge la gran pregunta: ¿qué queda del derecho internacional si, ante la evidencia, no se sanciona? ¿Qué sentido tuvo Núremberg, qué valor guarda la Convención de 1948 si hoy se permite lo que ayer se condenó?

La declaración de Egipto, entonces, no es solo un gesto político: es una campana que resuena en el vacío de la moral internacional. Si hasta los viejos aliados rompen el silencio, ¿qué excusa le queda a la comunidad global?

Cuento: El cuaderno de Samir

La noche en Gaza no tenía estrellas. El humo lo cubría todo, y las sombras parecían más densas que la oscuridad. Samir, un niño de diez años, caminaba entre escombros con un cuaderno a medio quemar.

Lo había rescatado de lo que quedaba de su escuela. En la primera página, arrugada y manchada de polvo, había escrito una tarea inconclusa: “Mi país es…”. La frase quedaba suspendida, esperando un futuro que tal vez nunca llegaría.

Samir se detuvo frente a un muro derruido. No era famoso, no era el Muro de los Lamentos, sino una pared cualquiera, con cicatrices de metralla. Apoyó el cuaderno y escribió:

“Mi país es el que sobrevive cuando lo quieren borrar.”

Al otro lado del desierto, en Jerusalén, un senador estadounidense se inclinaba ante el muro de Herodes, rodeado de cámaras, asegurando que Estados Unidos apoyaría siempre a Israel. Ninguno sabía del otro. Ninguno imaginaba que la historia, en algún momento, cruzaría esos gestos: la rodilla diplomática frente a la piedra y la mano infantil escribiendo la definición de una patria.

El zumbido de un dron interrumpió el silencio. La madre de Samir lo llamó: tenían que correr. El niño cerró el cuaderno y lo escondió bajo la ropa. Mientras huían, pensó que, si algún día alguien encontraba esas páginas, tal vez entendería que un pueblo también se defiende escribiendo.

Crónica y ensayo entrelazados: El aislamiento de Israel

La votación en Naciones Unidas fue abrumadora: Palestina reconocida como Estado por la mayoría. Solo diez países votaron en contra: Israel, Estados Unidos, Argentina, Hungría y algunos satélites oceánicos. La soledad diplomática de Tel Aviv era evidente.

Irlanda pedía suspender a Israel de la ONU. España exigía excluirlo de competiciones deportivas. En Islandia y Eslovenia se organizaban boicots culturales. Eurovisión, ese festival pop que parecía ajeno a las guerras, se convirtió en escenario de disputa.

Netanyahu respondió con un discurso que mezclaba victimismo y desafío: habló de autarquía, de “super-Esparta”, de resistencia frente al mundo. Pero la retórica no podía tapar los hechos: embajadores retirados, acuerdos suspendidos, aliados distantes.

El periodismo israelí crítico también se atrevía a decirlo. Ha’Aretz, el diario más antiguo en hebreo, titulaba con dureza. El portal +972 publicaba artículos demoledores. Incluso B’Tselem, ONG israelí, hablaba de “nuestro genocidio”.

Lo que antes era tabú en el propio Israel ahora aparecía en las portadas. El espejo ya no podía romperse: mostraba lo que era.

Cuento final: El periodista y el niño

Un periodista extranjero —cansado, con la ropa cubierta de polvo— llegó a Gaza tras un bombardeo. Caminó entre ruinas buscando historias. No quería estadísticas: quería nombres, voces, gestos.

Entre los escombros encontró a Samir, con el cuaderno escondido bajo el pecho. El niño lo miró sin miedo y le mostró la frase escrita: “Mi país es el que sobrevive cuando lo quieren borrar.”

El periodista se quedó en silencio. Había escrito miles de notas, había cubierto guerras en tres continentes, pero ninguna definición de patria lo había golpeado así.

Guardó esas palabras en su libreta, con la promesa íntima de que algún día serían publicadas. Y pensó que, tal vez, el verdadero acto de resistencia no estaba en las armas ni en las sanciones, sino en la obstinación de un niño que seguía escribiendo en medio del genocidio.

La palabra que salva

Crónica, ensayo y cuento se entrelazan como tres hilos de la misma cuerda. La noticia es concreta: Egipto declaró enemigo a Israel. El análisis es inevitable: lo que ocurre en Gaza cumple con los criterios de genocidio. El relato es humano: un niño escribe para salvar lo que queda de su país.

El periodismo que aspira a literatura debe hacer eso: unir la precisión del dato con la reflexión crítica y la empatía narrativa. Porque lo que está en juego no es solo un territorio ni una alianza internacional: es la memoria misma de la humanidad, esa que juró no repetir Auschwitz y que hoy se mira al espejo para descubrir que el horror, otra vez, insiste en regresar.

Y entonces, la obligación de contar se vuelve urgente. Contar aunque duela. Contar para que el silencio no sea cómplice. Contar porque la palabra, a veces, es lo único que queda en pie cuando las bombas lo arrasan todo.

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