La parábola del Superávit y el Infierno del Congreso: mensaje a la Nación

Sep 18, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Dicen que aquella noche, la Casa Rosada no era ya un palacio de gobierno, sino una catedral fiscal. Las lámparas colgaban como cirios, el suelo se extendía como un manto carmesí hacia el altar, y los mármoles murmuraban cifras como letanías antiguas. A las nueve y treinta y nueve apareció él: el escriba con voz monocorde, lentes fríos, cabello alborotado y un fajo de hojas endurecidas en Excel.

El aire pesaba como si la historia se hubiera transformado en balance contable. Afuera, la Plaza de Mayo latía en silencio, y las palomas miraban desde las cornisas como si supieran que lo que se iba a anunciar no era sólo un presupuesto, sino un catecismo.

Entonces, habló:

—Argentinos, buenas noches. El equilibrio fiscal es no no negociable.

La frase rebotó en las paredes como trueno sagrado. Algunos creyeron que la doble negación era error de imprenta; otros la tomaron como conjuro de realismo mágico, un hechizo repetido dos veces para espantar al demonio del déficit.

Y así, comenzaron a proclamarse los nuevos mandamientos.

El catecismo del equilibrio

I. Amarás el superávit por sobre todas las cosas.

Un halo de luz azulada descendió sobre su carpeta. No se adorará al déficit, ni a la inflación, ni a la deuda alegre. El superávit es el único dios verdadero.

II. No pronunciarás en vano la palabra déficit.

Cada vez que alguien lo invoca, en los sótanos del Banco Central un demonio imprime billetes que se deshacen antes de llegar al bolsillo.

III. Santificarás el Presupuesto.

No es un mero proyecto de ley, sino un evangelio contable. Sus partidas para jubilaciones, educación y salud son los nuevos salmos de la Nación, siempre y cuando se tenga claro de dónde saldrán los recursos para financiarlo. Y en el caso de la educación, las universidades deberán haber cumplido con las rendiciones de cuentas y transparentado sus gastos, porque no hay santidad en el desorden ni virtud en la opacidad.

IV. Honrarás a las provincias y a sus cuentas.

Las viejas deudas serán perdonadas como pecados en confesión. Pero si los gobernadores vuelven a pedir milagros, quedarán encadenados a comisiones eternas donde las leyes no se votan jamás.

V. No matarás al capital humano.

Los jubilados, estudiantes y enfermos son santos inocentes del Excel populista. Quien los recorte será condenado a escuchar eternamente discursos mal leídos en el recinto.

VI. No fornicarás con la emisión.

La maquinita es la Gran Prostituta del Apocalipsis monetario: promete consumo inmediato y deja inflación perpetua.

VII. No robarás al futuro con deuda impía.

Quien firme endeudamiento irresponsable será castigado a vivir en un default infinito, repitiendo la misma votación en bucle.

VIII. No levantarás falso testimonio contra el crecimiento.

Prometer crecimiento mágico es herejía. El paraíso del 5% anual se alcanzará sólo con equilibrio. Quien mienta será condenado a escuchar por siempre: “lo peor ya pasó”.

IX. No codiciarás el bolsillo del empresario.

Ni lo llamarás enemigo público, ni lo expropiarás con impuestos improvisados. El empresario será llamado discípulo de San Emprendimiento.

X. No desearás el atajo ajeno.

Ni recetas keynesianas, ni fórmulas mágicas. “El problema no era el cocinero, sino la receta”, repitió el escriba. La senda es una sola: el equilibrio fiscal eterno.

El Infierno del Congreso

Pero mientras el sermón avanzaba, un rumor oscuro atravesó los muros. No todos creían. A lo lejos, el Congreso se agitaba como un infierno paralelo, un purgatorio parlamentario.

Allí ardían leyes que atentaban contra los mandamientos: subsidios eternos, partidas inventadas, proyectos de gasto disfrazados de solidaridad. Los pasillos olían a café frío y a alfajores de comisión, y los legisladores vagaban como almas en pena buscando quórum.

El recinto era un círculo de fuego. En el centro, un tablero electrónico brillaba como ojo de Satán: verde para el déficit, rojo para el ajuste, amarillo para la cobardía de la abstención. Cada vez que se votaba contra el equilibrio, un agujero negro se abría en la Tesorería y tragaba el superávit conseguido con sacrificio.

Los cánticos eran extraños: “más subsidios”, “más planes”, “más gasto”, una Babel de populismo que se mezclaba en un murmullo infernal. Y los ángeles de la contaduría, que intentaban defender los números, eran devorados por demonios con corbata y carpetas bajo el brazo.

Ese era el verdadero infierno: no de fuego eterno, sino de votaciones infinitas. Un purgatorio circular donde las leyes se discutían mil veces sin llegar a puerto, mientras el déficit se multiplicaba como plaga bíblica.

El veto como salvación

Entonces, en medio de aquel caos, apareció el último recurso, el arma secreta: el veto presidencial.

El escriba lo levantó como si fuese un báculo luminoso, un escudo contra las llamas del Congreso. Y cada ley aprobada contra los mandamientos ardió en sus manos, consumida como pergamino pecador.

Los demonios del gasto retrocedieron, cubriéndose los ojos ante la luz del veto, que caía sobre ellos como un relámpago contable. El veto no era simple tinta: era espada y muralla, muro de fuego que impedía que el déficit avanzara.

Así, el veto se convirtió en la salvación, en la última línea de defensa frente al Infierno Parlamentario. Algunos lo llamaron autoritarismo; otros, milagro. Pero en el catecismo del superávit quedó escrito: “Bienaventurado el veto, porque libra al pueblo del gasto eterno.”

El escriba cerró su carpeta y levantó la voz como quien dicta un evangelio:

—No aflojemos. El rumbo es arduo, pero el rumbo es el correcto. El equilibrio fiscal es no no negociable.

En el Congreso, los demonios del gasto levantaron la mano para votar en contra. En el cielo apareció un arco iris de gráficos ascendentes. En la tierra, la multitud respondió en coro, mitad con fe, mitad con hambre:

“Amén, superávit. Y líbranos del Congreso.”

Y así quedó escrito. Y así se contará. Tal vez mañana se lea como sátira, tal vez dentro de cien años como profecía. Porque toda parábola, aun nacida de la ironía, se convierte con el tiempo en espejo: cada generación verá en ella su reflejo, su propio pecado y su propia redención.

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