El susurro de septiembre
Dicen los maestros de La Plata que cada 16 de septiembre, cuando suenan las campanas del mediodía, los lápices tiemblan en las mochilas. No es el viento ni la casualidad: son los nombres que vuelven a escribirse solos, como si los cuadernos se negaran al olvido. Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Daniel Racero y Claudio de Acha.
Esa noche de 1976, la dictadura militar creyó borrar con balas lo que estaba escrito en grafito. Y, sin embargo, el grafito —terco mineral— siguió trazando su historia. El país descubrió que los lápices no mueren, sino que se multiplican.
Los verdugos y la inocencia
En La Noche de los Lápices (Seoane & Ruiz, 1986), el sobreviviente Pablo Díaz recuerda con brutal claridad:
“Nosotros no éramos guerrilleros, éramos estudiantes secundarios que pedíamos un boleto. Eso alcanzó para que nos torturaran como si fuéramos enemigos de guerra”¹.
El poder temía lo que no comprendía: que un adolescente pudiera desafiar con un boleto lo que miles de discursos no lograban conmover. Que un lápiz de madera valiera más que un fusil, porque no mataba cuerpos, sino que encendía conciencias.
Los militares confundieron pupitres con trincheras, cuadernos con panfletos, pizarrones con campos de batalla. Y eligieron dar un mensaje: nadie —ni siquiera un chico de 16 años— quedaba fuera del terror.
El aula fantasma
Cuentan los vecinos de La Plata que, en los colegios donde estudiaron Claudia o Daniel, aún se escuchan pasos en los pasillos vacíos. No son fantasmas en clave gótica, sino presencias de una juventud interrumpida.
La dictadura pretendió vaciar las aulas de futuro. Pero lo que dejó fueron aulas fantasmales, que cada septiembre despiertan con pintadas, actos y marchas. Los jóvenes desaparecidos se transformaron en eternos alumnos, repetidores de la memoria colectiva.
En América Latina, otros fantasmas recorren universidades y plazas. En México, los estudiantes de Tlatelolco (1968) siguen apareciendo en murales²; en Chile, los secundarios de los años ochenta todavía resuenan en la memoria de las calles; en Perú, los adolescentes de Huanta, en 1969, desafiaron a un gobierno militar que pretendía convertir la educación secundaria gratuita en un privilegio pago. Murieron varios jóvenes en aquella represión³, y el eco de su protesta se inscribió como una advertencia: cuando se niega la educación, se abre un abismo en la democracia.
La Noche de los Lápices, así, se hermana con Huanta y con Tlatelolco: geografías distintas, pero un mismo dolor.
El lápiz como arma poética
El símbolo es irónico y luminoso a la vez. El lápiz: objeto frágil, borrable, gastable. Pero también inicio de toda escritura. Antes de la pancarta hay un boceto; antes del poema hay un trazo; antes del plan político hay una lista en grafito.
El lápiz, que debería quebrarse con un simple golpe, resistió al tiempo y a la censura. En el juicio a los represores, las palabras de Pablo Díaz se convirtieron en punta de mina que volvió a escribir lo que habían querido tachar.
Decía Rodolfo Walsh en su Carta abierta a la Junta Militar que la palabra era un arma⁴. La dictadura lo sabía. Por eso secuestró a los jóvenes: porque un lápiz podía ser más peligroso que una pistola.
América Latina y la juventud insurrecta
Lo que ocurrió en La Plata no fue una excepción, sino el eco de una larga tradición. Los regímenes autoritarios —de Pinochet a Díaz Ordaz, de Videla a Velasco Alvarado— compartieron una obsesión: domesticar la juventud antes de que se convirtiera en ciudadanía crítica.
En México, los estudiantes de 1968 fueron masacrados en Tlatelolco; en Perú, la rebelión de Huanta de 1969 mostró que incluso en las aldeas serranas los adolescentes podían desafiar la injusticia con piedras, cuadernos y consignas³. Los jóvenes de Huanta, como los de La Plata, no pedían revoluciones imposibles: pedían el derecho a estudiar. Y por eso fueron reprimidos como si fueran insurgentes armados.
En aquellos años, como un murmullo compartido en las sombras, operaba un entramado continental. Era el tiempo del Plan Cóndor, cuando los dictadores del Cono Sur se intercambiaban listas negras, prisioneros y métodos de represión como si fueran mercancías. No importaban las fronteras: la juventud era enemiga en cualquier idioma⁵.
El borrador de la memoria
En democracia, muchos quisieron pasar la página rápido. Había que mirar al futuro, decían. Pero, como advierten Seoane y Ruiz, la memoria no es un capítulo cerrado:
“La desaparición de los estudiantes secundarios de La Plata no fue un hecho aislado, sino parte de un plan sistemático que buscaba eliminar cualquier forma de organización juvenil”¹.
Ese plan sistemático aún reverbera. Cada vez que se deslegitima un centro de estudiantes, cada vez que se dice que los jóvenes “no entienden nada”, se resucita —con otra máscara— la pedagogía del desprecio.
Los lápices no se jubilan
Han pasado más de cincuenta años. Pero en cada marcha por el boleto estudiantil, en cada asamblea universitaria, los nombres de los desaparecidos vuelven a escribirse en pancartas. No como homenaje ritual, sino como acto de resistencia.
Los lápices no se jubilan: siempre hay uno dispuesto a escribir sobre la mesa de una escuela pública, sobre el cuaderno arrugado de un estudiante becado, sobre el cartel improvisado en una manifestación.
La campana de la memoria
Cada 16 de septiembre, los lápices despiertan solos. Es la memoria que insiste en ser escrita una y otra vez. Y no es exageración, sino metáfora viva: porque el país, con sus contradicciones, sigue necesitando que los lápices escriban contra el olvido.
Claudia, Francisco, María Clara, Horacio, Daniel y Claudio no tuvieron diploma ni viaje de egresados. Pero hoy son parte de una promoción distinta: la promoción de los que enseñan sin estar, de los que siguen en clase aunque no regresaron, de los que escriben desde la noche para que el día sea posible.
Notas
1. Seoane, M. & Ruiz Núñez, H. (1986). La Noche de los Lápices. Buenos Aires: Editorial Contrapunto, p. 57.
2. Monsiváis, C. (1999). Días de guardar. México D.F.: Era.
3. Lévano, C. (1969). Crónicas de la rebelión de Huanta, publicadas en Caretas y otros medios peruanos.
4. Walsh, R. (1977). Carta abierta a la Junta Militar. Buenos Aires.
5. McSherry, J. P. (2009). Predatory States: Operation Condor and Covert War in Latin America. Lanham: Rowman & Littlefield.














