La obra de Borges, entre filosofía y literatura, ofrece claves para pensar la educación argentina. Pero en lugar de Alephs y laberintos fecundos, nuestras aulas parecen condenadas a convivir con dos inmortales indeseados: la corrupción y el nepotismo.
El Borges filósofo y pedagogo involuntario
Se podría decir, con cierto sarcasmo borgeano, que en Borges hay tanta literatura como filosofía. Y quizá convenga añadir: también hay pedagogía. No porque Borges se haya propuesto enseñar como un profesor en el aula, sino porque su obra, vastísima y en apariencia dispersa, funciona como un plan de estudios secreto. Quien entra a sus páginas tropieza con Sócrates y con Schopenhauer, con Dante y con Spinoza, con Marco Aurelio y con Plotino.
Borges no ofrece manuales ni recetas. Ofrece laberintos. Y en la Argentina de hoy, donde la educación se ha reducido muchas veces a la repetición mecánica de programas y a la liturgia de exámenes estandarizados, ese gesto borgeano resulta provocador. No enseña a repetir, enseña a perderse. Y, en la pérdida, a encontrar.
Si el Estado argentino hubiese leído más a Borges, quizás comprendería que la educación no es una línea recta, sino una biblioteca infinita en la que cada alumno debe descubrir su propio hilo de Ariadna.
La memoria como cárcel y como libertad
El relato de Funes el memorioso puede leerse como parábola de nuestro sistema escolar. Funes, dotado de una memoria absoluta, no logra abstraer ni generalizar: su mente perfecta es incapaz de producir conocimiento. Lo que debería ser un don se convierte en condena.
En demasiadas aulas argentinas se reproduce ese mismo drama: se obliga a los estudiantes a memorizar fechas, nombres, fórmulas, pero se los priva de la experiencia de pensar, de cuestionar, de asociar lo aprendido con la vida. La escuela, en lugar de ser espacio de libertad, se convierte en un archivo de recuerdos sin sentido.
“Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras”, dice Funes. No muy distinto a lo que sienten miles de jóvenes que estudian para aprobar sin entender. Una educación de vaciaderos no es educación: es apenas un trámite.
Nominalismo y realismo en las aulas
En El Golem, Borges recuerda la disputa entre realistas y nominalistas: ¿está la rosa en la palabra “rosa”? La pregunta atraviesa siglos, pero también atraviesa nuestras escuelas. ¿Está la educación en la palabra “clase”, en el “plan ministerial”, en la estadística que mide asistencia? ¿O la educación solo existe en el acto vivo de enseñar y aprender, en la chispa que une a un docente con sus alumnos?
Argentina vive atrapada en ese nominalismo: creemos que porque la ley garantiza la gratuidad, ya existe igualdad; creemos que porque hay aulas, ya hay enseñanza; creemos que porque se reparten manuales, ya se transmite cultura. Pero la realidad es otra: paredes derrumbadas, docentes con bajo nivel pedagógico y jóvenes que desertan porque el aula no les ofrece horizonte.
El sistema insiste en el nombre, pero olvida la cosa. La rosa sigue siendo palabra mientras en los pasillos se marchita la flor real.
El Aleph y el aula como totalidad
El Aleph, esa esfera luminosa que contiene todos los tiempos y todos los espacios, Borges lo encontró en un sótano de Constitución. El Aleph educativo, en cambio, debería estar en cada aula argentina.
Un aula es, o debería ser, un Aleph: allí conviven las matemáticas y la poesía, la ciencia y la memoria, el presente del alumno y el futuro de la nación. Sin embargo, ese Aleph está fragmentado. La falta de recursos lo rompe, la burocracia lo oscurece, el desinterés social lo reduce a un punto opaco.
Hubo un tiempo en que la Argentina fue un Aleph continental: su sistema educativo, público y gratuito, era orgullo de América Latina. Hoy el espejo se ha resquebrajado, y lo que antes reflejaba promesa ahora muestra desencanto. El país que alfabetizó a millones hoy expulsa silenciosamente a otros tantos hacia la deserción o hacia un saber precario.
Filosofía del tiempo y política del olvido
Borges hizo del tiempo un problema central de su obra. Y el tiempo educativo argentino parece escrito en clave de paradoja. Se multiplican las reformas anunciadas y nunca implementadas, se celebran congresos donde se redactan leyes que no se cumplen, se promete un futuro que siempre se aplaza.
El presente se devora al futuro con la voracidad de Cronos, y lo que queda es un simulacro de eternidad: planes que se reciclan, discursos que se repiten, manuales que cambian de tapa pero no de contenido. Como en Historia de la eternidad, estamos atrapados en un bucle: siempre esperando el mañana, sin terminar de asumir el hoy.
Borges como modelo pedagógico
¿Qué ocurriría si intentáramos una pedagogía borgeana? El maestro no sería un burócrata del saber, sino un instruido narrador de mundos posibles. El alumno no repetiría definiciones, sino que se entrenaría en paradojas. La escuela no sería un depósito de memoria sino un laboratorio de imaginación.
Un Borges en el aula significaría que un joven de Jujuy pudiera leer a Parménides y descubrir que en su comunidad indígena también hay nociones de eternidad; que un chico de La Matanza leyera a Heráclito y encontrara que el río de su barrio también fluye y se contamina; que un alumno de San Juan pudiera, entre cosechas, pensar a Spinoza junto a la vid.
La literatura se volvería filosofía, y la filosofía, educación. Porque educar no es solo transmitir datos: es enseñar a mirar.
Los inmortales del sótano
Y, sin embargo, aquí seguimos: como Funes, acumulando datos sin pensamiento; como Asterión, convencidos de que nuestro laberinto es el mundo entero; como en el Aleph, viendo todo pero entendiendo nada.
Se cuenta —tal vez en un manuscrito perdido en la Biblioteca Nacional— que dos personajes vagan desde tiempos inmemoriales por los pasillos de la Argentina. Nadie los recuerda jóvenes ni se sabe de su origen; algunos dicen que nacieron con la primera oficina pública, otros que vinieron en los barcos junto con la Constitución. Se llaman Corrupción y Nepotismo.
Son discretos: rara vez aparecen en público. Prefieren moverse en las sombras de los ministerios, en las grietas de los presupuestos, en las bibliotecas donde los libros están pero nadie los abre. Discuten entre sí como dos filósofos griegos condenados a repetir su diálogo por toda la eternidad.
—¿Quién de nosotros es más necesario? —pregunta Corrupción, ajustándose un saco siempre nuevo. —Yo—responde Nepotismo, con la sonrisa de quien hereda el cargo de su abuelo—, porque sin mí tú no durarías más de un gobierno. —Y sin mí—replica Corrupción—, tus herederos no tendrían con qué enriquecerse.
Borges, de haberlos imaginado, habría dicho que son como los inmortales de su cuento: no mueren porque no saben qué es el tiempo. Cambian las épocas, las ideologías, los planes de estudio y los ministros, pero ellos siguen allí, sentados al fondo de cada aula vacía, riéndose de los intentos de reforma.
Si alguna vez alguien encontrara el Aleph en una escuela argentina, vería allí los cuadernos de los niños, los sueños de los docentes, las bibliotecas enteras de la humanidad… y, en un rincón inevitable, esos dos rostros antiguos y familiares. La Corrupción y el Nepotismo, inmortales, aguardando a ser nombrados otra vez.














