Carta abierta de la redacción: Terrorismo de Estado y la amnistía del olvido

Sep 9, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Un lector anónimo nos escribió en tono amenazante, defendiendo la amnistía y glorificando al uniforme. Respondemos no para polemizar, sino para dejar claro que la historia no se doblega con intimidaciones: hubo héroes, pero también hubo terrorismo de Estado, corrupción y deshonor.

Tras nuestra nota del 17 de agosto, La mujer que vino con el viento y se fue con el silencio, un lector anónimo escribió en tono amenazante defendiendo la amnistía. Esta es nuestra respuesta: la memoria no se calla.

A propósito de una carta recibida

A nuestra publicación del 17 de agosto, titulada La mujer que vino con el viento y se fue con el silencio, un lector anónimo nos escribió en tono amenazante defendiendo la reciente Ley de Amnistía y exaltando a las Fuerzas Armadas como únicas salvadoras de la patria.

La amenaza nos preocupa menos que la ignorancia histórica que destila su mensaje. No se corrige la memoria con advertencias, ni se calla la verdad con intimidaciones. Al contrario: cada intento de amedrentamiento reafirma la necesidad de responder.

Y respondemos con hechos, con nombres, con la historia que no se borra. Porque el patriotismo no se decreta: se honra. Y nada hay más deshonroso que confundir a Grau con Montesinos, a Bolognesi con el grupo Colina, o a Cáceres con quienes firmaron el Acta de Sujeción.

Héroes de verdad

Nadie discute que el Perú ha dado héroes inmensos. Miguel Grau, el Caballero de los Mares, que rescató a los náufragos enemigos en pleno combate, enseñó que incluso en la guerra la humanidad no se negocia. Francisco Bolognesi, que en Arica prefirió inmolarse antes que rendirse, encarnó la dignidad de resistir hasta el último cartucho. Andrés Avelino Cáceres, el Brujo de los Andes, que organizó a campesinos para enfrentar a una potencia extranjera, nos legó el ejemplo de luchar sin recursos pero con convicción.

Ellos son héroes verdaderos: lucharon contra ejércitos invasores, no contra su propio pueblo.

Verdugos con uniforme

Lo que su carta no dice —o deliberadamente oculta— es que bajo ese mismo uniforme también se gestó el terrorismo de Estado. Que hubo capitanes y generales que no defendieron, sino que arrasaron comunidades enteras.

Los nombres de las quebradas siguen bajando con el viento: Accomarca, Cayara, Pucayacu, Putis. Allí, campesinos fueron ejecutados bajo acusaciones inventadas. En Lima, el grupo Colina perpetró la masacre de Barrios Altos en 1991 —15 muertos, entre ellos un niño— y la ejecución clandestina de La Cantuta en 1992 —nueve estudiantes y un profesor desaparecidos y luego hallados en fosas clandestinas—.

Estos crímenes no fueron excesos del fragor de la batalla. Fueron planificados, ordenados y encubiertos desde el poder. Eso, señor lector, se llama terrorismo de Estado.

La corrupción como herencia y el deshonor del Acta

Tampoco menciona usted que la historia militar peruana está atravesada por la corrupción. Desde caudillos que usaban el uniforme como pasaporte al poder, hasta los contratos inflados de los MIG-29 y Sukhoi en la era Fujimori-Montesinos. Desde las raciones desviadas y combustibles robados en la guerra interna, hasta los ascensos comprados y los pactos con el narcotráfico en el VRAEM.

Y como si no bastara, el 13 de abril de 1999 llegó el Acta de Sujeción: la firma secreta del alto mando militar y policial que entregó la institucionalidad castrense a Vladimiro Montesinos. Fue la foto de la sumisión, el instante en que el honor militar se transformó en obediencia ciega a un corrupto. Si hay un episodio que define el deshonor de las Fuerzas Armadas, es ese.

Dos deudas, dos memorias

El Perú tiene dos deudas. Una, con los soldados de tropa que combatieron en condiciones miserables y fueron abandonados en su vejez. Otra, con las comunidades campesinas y urbanas que fueron arrasadas por el terrorismo de Estado.

La primera se paga con pensiones dignas, salud y reconocimiento real. La segunda, con memoria, juicios y verdad. La Ley de Amnistía no atiende ninguna: convierte verdugos en héroes y vuelve a enterrar a las víctimas.

El espejismo del patriotismo

Decir que “la patria se salvó con sangre” es cierto. Pero no toda esa sangre fue heroica: mucha fue inocente. El verdadero patriotismo consiste en honrar a los héroes sin negar a las víctimas.

Bolognesi, Cáceres y Grau nos enseñaron que el honor no se mide por la victoria, sino por la dignidad con la que se lucha. Confundirlos con quienes asesinaron campesinos, estudiantes y niños, o con quienes firmaron el Acta de Sujeción, es una afrenta a su memoria.

Lo que el viento no calla

Esta redacción responde con firmeza: la patria no se defiende con decretos de impunidad ni con cartas amenazantes que buscan acallar la verdad. La patria se defiende con memoria justa, con la verdad completa, con la capacidad de mirar a los ojos a Grau, a Bolognesi y a Cáceres sin sentir vergüenza.

El viento de Ayacucho sigue bajando con nombres que ninguna ley podrá borrar. Y mientras no los escuchemos, seguiremos siendo un país que confunde héroes con verdugos, honor con deshonor y corrupción con patriotismo.

A otro perro con ese hueso.

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