Con apenas un 63 % de participación, el peronismo desplegó toda su maquinaria electoral de cuatro décadas y lo hizo con la eficacia de siempre: aseguró quórum propio en el Senado, amplió su peso en Diputados y dejó a Javier Milei frente a su primera gran derrota política.
El telón que se abrió ayer
En la provincia de Buenos Aires, la elección no fue apenas un domingo más de urnas abiertas. Fue un teatro con las butacas semivacías, donde la mayoría prefirió mirar desde lejos y unos pocos decidieron escribir con su voto la escena que faltaba. Allí, donde siempre se juega el pulso mayor de la política argentina, las urnas dictaron sentencia: el oficialismo nacional perdió su hechizo y el peronismo, como tantas veces, volvió de entre sus propias ruinas.
El ausente que habló
Solo un 63 % del padrón decidió participar. Los demás, el casi 40 % que eligió la abstención, fueron los fantasmas que sobrevolaron la jornada. Esos ausentes dijeron más que muchos discursos: que la fe en la política es un bien escaso, que las promesas de la motosierra quedaron en promesas de serrín. Cada silla vacía en la mesa electoral fue una bofetada silenciosa a la retórica libertaria.
Las bancas como oráculos
En la Cámara de Diputados, Fuerza Patria ganó 21 bancas y se estiró hasta las 39, a solo un puñado del quórum. En el Senado alcanzó 24 escaños y, con ellos, el poder de decidir sin pedir permiso.
La Libertad Avanza, que se soñaba mayoría, apenas pudo rasguñar 3 bancas en cada cámara. Así, quedó con 30 diputados y 16 senadores: un bloque que ya no es vanguardia, sino resistencia numérica.
Las bancas, frías como números en una planilla, se convirtieron en oráculos de lo inevitable: la derrota.
El peronismo y su maquinaria eterna
Seamos claros: ellos han puesto en esta elección todo el aparato peronista que manejan hace 40 años y que lo hacen de manera muy eficiente. Desde intendentes curtidos hasta punteros barriales invisibles, el engranaje volvió a girar con la precisión de siempre. Un mecanismo aceitado, que conoce cada esquina de la provincia, cada necesidad, cada gesto que se traduce en voto.
A este partido tantas veces velado, tantas veces enterrado, le volvió a latir el corazón en su territorio más fiel. Como un gato que se rehúsa a gastar su última vida, encontró oxígeno en el cansancio social.
El presidente y su espejo roto
Para Javier Milei, que había imaginado a Buenos Aires como su vitrina, el resultado fue un espejo roto. Las esquirlas le devuelven una imagen multiplicada: la de un líder en retroceso, la de un proyecto que no supo enamorar más allá del enojo, la de un oficialismo que quiso ser terremoto y terminó en eco.
El golpe no es solo provincial. Es un presagio nacional. El laboratorio bonaerense mostró la fórmula de octubre: un peronismo maltrecho pero eficaz, y un mileísmo que empieza a descubrir que gobernar es más arduo que gritar.
Las elecciones de ayer no fueron una derrota aritmética. Fueron la representación más pura de la política argentina: un pueblo que se cansa, un oficialismo que tropieza, un peronismo que resucita con la maquinaria intacta. Y en ese vaivén eterno, la frase quedó escrita en los muros de la provincia: el poder cambia de dueño, pero nunca abandona la casa.
Y quizá, al mirar este paisaje, lo que aparece es esa misma pampa de los espectros que evocábamos en el ensayo sobre Pedro Páramo: un territorio habitado por ausencias, voces apagadas y promesas incumplidas. La política argentina sigue pareciéndose a ese Comala ruidoso, donde los muertos votan en silencio y los vivos dudan si vale la pena ir a votar. Ayer, Buenos Aires volvió a recordarnos que, entre ruinas y fantasmas, el poder siempre encuentra un modo de quedarse.














