El kirchnerismo construyó un poder sostenido en la mentira y la impostura. Hoy, en la confrontación con Milei, se desgarra su última máscara: la de un adversario que no sabe existir sin el engaño.
El 3 de septiembre de 2025, la Casa Rosada amaneció como un templo sitiado por fantasmas. Había olor a humedad en los pasillos, como si la historia misma se negara a ventilarse. Javier Milei apareció entre los mármoles como un sacerdote desvelado, de esos que saben que predicar es también exorcizar. Frente a los micrófonos, confesó con voz de cuchillo:
—Es a todo o nada. Desde destruir el programa económico hasta intentar matarme.
No lo dijo como presidente; lo dijo como un hombre que, por un instante, creyó escuchar su sentencia de muerte. Y mientras las cámaras lo enfocaban, yo entendí —como quien percibe un secreto en la penumbra— que aquello no era política. Era confesión. Y la confesión siempre tiene un destinatario: el adversario.
La máquina de inventar
Ese adversario, comprendí, no era un rostro concreto, sino un aparato que llevaba años perfeccionando la mentira hasta volverla un bien de consumo. Lo llamaban kirchnerismo, pero en verdad era un ministerio invisible de ficciones.
Allí se acuñaban estadísticas que sonaban como cuentos de hadas: pobreza disminuida por decreto, inflación que se escondía detrás de una sonrisa de powerpoint, auditorías que nacían ya arregladas. La corrupción no era desvío: era método. La mentira no era recurso: era patria.
En agosto, los audios llegaron como relámpagos. Voces clandestinas, coimas de laboratorio, un teatro de murmullos donde el nombre de Karina, la hermana presidencial, era arrojado como si fuera piedra. El adversario no necesitaba ganar elecciones; le bastaba con inventar realidades.
A esa altura ya no pensaba en Milei. Pensaba en Carrère, en El adversario. En cómo el impostor no miente una vez, sino siempre, hasta que la mentira se convierte en el único aire posible. Y vi que ese era el aire que el kirchnerismo había hecho respirar a la Argentina durante décadas.
Karina, la espectral
Milei, lejos de defenderla con papeles, la volvió figura de leyenda. “En un año logramos inscribir un partido nacional. Ese es el gran mérito de mi hermana”, dijo.
Y entonces Karina apareció en mi imaginación como esas figuras que se mueven en silencio por la penumbra, vestidas de negro, capaces de gobernar imperios desde una silla apartada del trono. El adversario había querido mancharla con barro, pero terminó reforzando su aura de espectro.
Yo lo entendí así: la lucha ya no era solo contra la corrupción visible, sino contra un adversario que pretendía invadir lo íntimo. Como en todo mito, el ataque se dirigía a la sangre, a la familia, al corazón del héroe.
El adversario absoluto
Cuando Milei habló de “poner el último clavo al cajón del kirchnerismo”, los periodistas escribieron titulares. Yo, en cambio, escuché una ironía del destino: un país que alguna vez se creyó inmortal debía ahora asistir a su propio velorio político.
Ese clavo, pensé, no cerraba una campaña: sellaba una confesión. Que el kirchnerismo no es adversario político, sino adversario absoluto. Una entidad que no sabe existir sin disfrazarse, que solo respira en la mentira, que ha hecho de la corrupción su forma de liturgia.
Era como asistir al desenlace de una novela donde los impostores se descubren demasiado tarde: detrás de la última máscara no hay rostro, solo vacío.
La economía como guerra
“De acá a octubre estaremos con un casco de guerra.” La frase sonó como un conjuro. Milei ya no hablaba de economía, sino de trincheras. Bajar impuestos, reformar el trabajo, abrir la economía: cada gesto como ofensiva militar contra un enemigo que no usa uniforme, sino encuestas, micrófonos y auditorías amañadas.
Pensé en la ironía. Mientras él hablaba de guerra santa, los argentinos seguían comprando pan duro a precio de oro, como soldados invisibles que pelean con el estómago vacío. Y aun así, la escena tenía algo de realismo mágico: un presidente transformado en cruzado que narra su epopeya contra molinos de viento que, de tan corruptos, parecían de carne.
Kirchnerismo nunca más
En El adversario, Carrère muestra que lo insoportable no es el crimen en sí, sino la mentira sostenida durante años, esa impostura que corroe sin ruido. En Argentina lo sabemos de memoria: la mentira prometió igualdad mientras multiplicaba desigualdad; prometió justicia social mientras perfeccionaba la coima; prometió patria mientras levantaba palacios privados.
Ese impostor colectivo tiene nombre: kirchnerismo.
Por eso, cuando Milei dijo lo del clavo en el cajón, yo no lo escuché como consigna. Lo escuché como epitafio. Un réquiem dictado a media voz:
Kirchnerismo nunca más.
No como eslogan de campaña, sino como sentencia moral. Como el juicio final a una política que confundió Estado con botín y pueblo con rebaño. Como el exorcismo que libera a un país de la peste que lo habitó demasiado tiempo.
Y mientras escribo estas líneas, me río en silencio de la ironía: en un país donde todo resucita, quizás sea necesario volver a enterrar al adversario cada día.














