Zona Franca de Jáchal: lo que se abre, y lo que podría cerrarse

Ago 2, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

“Hay puertas que no se abren todos los días, y hay pueblos que no pueden permitirse cerrarlas por orgullo.”

En el corazón norteño de San Juan, se ha vuelto a pronunciar un nombre tantas veces postergado: Jáchal. Tres décadas después de haber sido designado como el emplazamiento original de la zona franca provincial, y tras años de archivo administrativo y decisiones erráticas, el gobierno de San Juan gestionó la recuperación de este derecho, ratificando oficialmente que esa herramienta estratégica —una de las pocas capaces de transformar el perfil productivo de una región— tendrá sede en el departamento.

Para muchos, fue una buena noticia. Para otros, una decisión unilateral. Para todos, sin embargo, debería ser el comienzo de algo mayor, y no el prólogo de una nueva frustración.

Una promesa congelada durante 31 años

La historia de la zona franca en San Juan es también la historia de una oportunidad condenada al limbo por mezquindades políticas. En 1994, la provincia adhirió a la Ley Nacional de Zonas Francas, estableciendo como sede original al departamento de Jáchal. Pero lo que debió haber sido el puntapié inicial de un proceso de desarrollo terminó archivado en la maraña de gestiones que pasaban sin ejecutar.

Durante más de tres décadas, las disputas internas, los cambios de administración y la falta de visión estratégica postergaron una y otra vez su implementación. Peor aún: en años recientes, una comisión provincial evaluadora intentó cambiar la localización original y trasladar el beneficio a otro departamento, lo cual habría implicado firmar un nuevo convenio con Nación y correr el serio riesgo de perder el derecho adquirido.

Fue un intento peligroso y sin sustento legal ni comercial. Nación fue clara: no se puede cambiar el destino de una zona franca sin un proceso nuevo. En ese momento, Jáchal quedó en pausa, al borde de perder su única ventaja legal histórica. Hoy, gracias a una gestión de reactivación técnica, ese derecho fue recuperado. Pero la advertencia queda: cuando el desarrollo se convierte en botín político, lo que se pierde no es un punto en el mapa, sino una generación entera de oportunidades.

De las palabras a los hechos: el inicio de un desafío técnico

La zona franca no es una postal. No es un acto. No es un logro en sí mismo. Es una posibilidad compleja, técnica y exigente que puede materializarse en desarrollo o disolverse en papeles sin ejecución.

En términos simples, una zona franca permite a las empresas operar con un régimen fiscal especial: importar bienes de capital sin impuestos, almacenar insumos, industrializar con menor carga tributaria y exportar con mayor competitividad. Pero en términos reales, no es la exención impositiva lo que la vuelve poderosa, sino su capacidad de atraer inversiones, crear empleo, articular infraestructura y dinamizar la economía regional.

Jáchal reúne las condiciones geográficas, viales y humanas para hacerlo posible. Está a pocos kilómetros del Paso de Agua Negra —clave para conectar con los mercados asiáticos vía Chile—, tiene rutas activas y suelo disponible. Posee una sociedad civil consciente, una historia de lucha por el cuidado del agua y un capital humano que espera ser convocado.

Pero nada de eso bastará si el proyecto se convierte en campo de batalla política.

Lo que está en juego

Este no es un proyecto más. Es la mayor oportunidad de desarrollo que ha tenido el norte sanjuanino en los últimos 31 años.

La zona franca de Jáchal —vinculada al desarrollo de la minería del cobre y al potencial logístico del corredor bioceánico— podría:

  • Multiplicar por tres las exportaciones sanjuaninas en la próxima década.
  • Crear miles de empleos directos e indirectos en industria, logística, servicios, tecnología y comercio exterior.
  • Posicionar a Jáchal como centro de operaciones minero-industriales, no solo de extracción, sino de procesamiento y reexportación.
  • Integrar definitivamente al norte provincial a las cadenas globales de valor.

Pero para que eso ocurra, hacen falta muchas más cosas que un decreto y una comisión evaluadora. Hace falta una madurez política que no abunda en estos tiempos.

La mezquindad como amenaza estructural

El anuncio oficial no tardó en activar reacciones. Desde el propio municipio de Jáchal se celebró la noticia, pero también se expresó una crítica: que no se consultó previamente al intendente, pese a que la normativa vigente exige participación local en el proceso.

Esa observación es válida, y sería un error ignorarla. Pero más grave aún sería que se convierta en el punto de partida de un conflicto político. Que lo que debiera ser una construcción colectiva derive en una competencia de egos, un cruce de desmentidos o —peor— una parálisis institucional encubierta bajo formas burocráticas.

Si la zona franca de Jáchal fracasa, no será por falta de condiciones objetivas, sino por mezquindad política. Por anteponer intereses partidarios a la necesidad de desarrollo. Por no saber sentarse a una mesa común, aun cuando se discrepe. Por usar una oportunidad de Estado como herramienta de desgaste coyuntural.

No alcanza con estar. Hay que saber hacer.

El intendente debe ser parte del proceso. El gobierno provincial debe garantizar que así sea. Pero también debe decirse con claridad: no alcanza con reclamar participación si no se cuenta con un equipo técnico preparado para asumir la complejidad del desafío.

La zona franca no se hace con discursos, sino con capacidad legal, comercial, logística, económica y ambiental. Se requiere definir el predio con al menos 40 hectáreas, acceso a rutas principales y servicios básicos. Se necesitan estudios de impacto, diseño industrial, articulación con privados y, sobre todo, solvencia profesional para presentar propuestas viables.

Participar no es figurar. Es trabajar. Y para eso, tanto el gobierno provincial como el municipio deben estar a la altura. La ciudadanía no espera fotos: espera resultados.

¿Qué pasará si volvemos a fallar?

El margen de error es mínimo. Si el proyecto vuelve a estancarse —ya sea por conflicto político, falta de gestión o incapacidad técnica—, San Juan podría perder el derecho a tener zona franca. La normativa nacional no permite sostener indefinidamente beneficios que no se ejecutan. Y ya hemos perdido demasiado tiempo.

Dejar pasar esta oportunidad implicaría:

  • Renunciar a millones de dólares en inversión.
  • Frustrar nuevamente a una comunidad que ya ha visto demasiadas promesas incumplidas.
  • Aislar aún más al norte sanjuanino de los grandes ejes de desarrollo nacional.
  • Desperdiciar la chance de crear un nodo estratégico para la transición energética basada en minerales críticos como el cobre.

La historia no será benigna con quienes dejen pasar esta oportunidad.

Un llamado a la altura política

La ciudadanía ya no tolera peleas entre dirigentes cuando lo que está en juego es el bienestar colectivo. No quiere comunicados cruzados ni silencios cómplices. Quiere claridad, cooperación y planificación.

El gobernador Orrego tiene la responsabilidad de liderar el proceso, garantizando transparencia y federalismo interno. El intendente de Jáchal tiene el deber de aportar desde lo local, sin poner la pertenencia partidaria por encima del interés territorial. Los empresarios, las universidades, los sindicatos, las organizaciones sociales y la prensa también tienen su rol. Todos, sin excepción, deberán sumar si se quiere que la zona franca sea más que una promesa.

Advertencia a posibilidad

Hace un año escribí que Jáchal podía convertirse en el polo minero-industrial más importante de Argentina. Que tenía lo que se necesita para dejar de ser periferia. Que debía reaccionar antes de que el tiempo le quitara el derecho. Hoy esa advertencia se vuelve posibilidad concreta.

Pero no hay decreto que garantice el futuro. El papel aguanta mucho más que las decisiones. Lo que se viene no será fácil ni inmediato: será exigente, técnico y colectivo. Y el éxito o el fracaso dependerá, no de un nombre propio, sino de la voluntad de construir sin mezquindades.

Porque una zona franca no se decreta: se hace. Y si Jáchal lo logra, no será por magia ni por sorteo, sino por trabajo serio, capacidad profesional y diálogo político. Y si no lo logra… será por lo de siempre.

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