Libia: anatomía de un saqueo con licencia de la OTAN

Jul 11, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Relato de un país desarmado por decreto y saqueado con discursos de libertad

Aún recuerdo cuando, en mi época escolar, me tocó investigar sobre el ataque de Estados Unidos a Libia. Corría la segunda mitad de los años ochenta, y la figura de Gadafi aparecía como un villano de manual: turbante, gafas oscuras y dedo acusador. La prensa —toda, nacional e internacional— repetía el guion sin fisuras: Libia era un peligro, y Estados Unidos, su antídoto. Nadie cuestionaba nada. Nadie hablaba de petróleo.

Yo, con la ingenuidad del estudiante aplicado, entregué un informe correcto, con mapas, recortes y cronología. Pero algo no cerraba. ¿Por qué todos los misiles caían sobre países con recursos? ¿Por qué la guerra parecía siempre necesaria, pero nunca explicada?

Décadas después, la respuesta sigue siendo la misma: el motivo nunca tuvo sustento. El saqueo sí.

Un país desarmado por decreto

Hubo un tiempo en que Libia era una rareza: una dictadura con educación gratuita, petróleo nacionalizado y cheques mensuales para los ciudadanos. Era también un laboratorio de delirio personalista, donde un líder con túnicas beduinas y guardaespaldas femeninas hablaba de revolución verde y unidad africana.

Muamar el Gadafi no era un demócrata. Pero tampoco un cualquiera. Hizo de Libia una caja fuerte blindada al desierto y una plataforma de chantaje geopolítico. Europa le compraba gas. África le debía favores. Y Estados Unidos lo miraba con recelo: no tanto por lo que hacía, sino por lo que representaba.

Hasta que la primavera árabe llegó como un rayo y lo convirtió en objetivo.

El vacío como plan

Cuando en 2011 estallaron las protestas en Bengasi, el guion parecía previsible: multitudes, represión, condena internacional. Pero Libia no era Egipto, ni Túnez. Era más petróleo, menos institucionalidad y, sobre todo, menos obediencia.

Entonces apareció la OTAN. Dijo que era para proteger civiles. Y bombardeó. Dijo que era para evitar un genocidio. Y financió una guerra civil. Dijo que era por derechos humanos. Y dejó un país sin derechos ni humanos reconocibles.

La intervención que prometía democracia entregó anarquía. Gadafi fue capturado en una zanja, linchado como un perro y exhibido como trofeo. Hillary Clinton rió ante las cámaras: “We came, we saw, he died”. Occidente celebró el fin del tirano. Pero nadie escribió el guion del día después. O tal vez sí: uno donde el petróleo dejaba de financiar escuelas para financiar consorcios extranjeros.

Milicias, esclavos y embajadas fantasmas

Hoy Libia no tiene un gobierno. Tiene varios. Uno en Trípoli, otro en Tobruk y otros tantos en el desierto. Cada cual con sus milicias, sus contratos y su clientela extranjera. Rusia apoya a Haftar, Turquía a los islamistas, Egipto a los nacionalistas, y Europa… Europa espera que al menos contengan a los migrantes.

Porque Libia ya no es país: es aduana. Es el último filtro antes del Mediterráneo. Las mafias libias cobran por no dejar salir pateras, o por dejarlas salir sin salvavidas. Las ONGs recogen cadáveres como si fueran redes de pesca. Y Europa paga para que eso no se vea.

En los campos de detención improvisados florece una nueva industria: la esclavitud. Sí, en el siglo XXI. Subastas de subsaharianos, trabajos forzados, mujeres vendidas como ganado. La ONU se horroriza en comunicados. Pero sigue reconociendo gobiernos de papel y embajadas de humo.

El petróleo como maldición renovada

Libia tiene las reservas de crudo más grandes de África. Pero su producción es intermitente, caótica, codiciada por todos. Las milicias abren y cierran oleoductos según negociaciones armadas. Las terminales portuarias cambian de dueño como se cambia de bandera. Occidente no intervino para liberar al pueblo: intervino para abrir la caja fuerte.

Hoy el crudo libio fluye hacia refinerías europeas mientras los hospitales libios colapsan sin luz. Empresas energéticas extranjeras —disfrazadas de “ayuda técnica”— firmaron contratos sin licitación, garantizados por gobiernos títeres creados en conferencias de prensa.

Libia fue saqueada legalmente. No con piratas, sino con PowerPoints. No con tanques, sino con bancos. Se derribó un régimen para que las riquezas circulen, no en nombre del pueblo, sino a espaldas de él.

Cada facción controla una porción del pastel. Y cada acuerdo internacional es una forma de legitimar a quien tenga el fusil más largo y el cliente más occidental. El Estado desapareció, pero el mercado floreció en ruinas.

La caída del mito gadafista

Muamar el Gadafi fue un megalómano. Su Libro Verde proponía una utopía tribal incompatible con el siglo XXI. Pero también fue quien alfabetizó a su pueblo, construyó infraestructura moderna en el desierto y soñó con una moneda africana respaldada en oro que hiciera temblar al FMI.

Ese sueño duró mientras duró su obediencia relativa. Cuando se acercó a China, a Rusia, a Chávez; cuando habló de nacionalizar bancos y crear una “OTAN africana”, su destino se selló.

No lo mataron por ser dictador. Lo mataron por ser estorbo. No por las cárceles secretas, sino por los pozos cerrados. No por las violaciones a los derechos humanos, sino por el crimen geopolítico de querer que el petróleo libio sirviera a los libios.

Hoy, quienes lo derrocaron negocian con criminales peores. Y Libia, sin Gadafi, sigue sin libertad. Pero con más contratos firmados.

Las migraciones como chantaje mutuo

Libia pasó de exportar petróleo a exportar personas. De ser el límite norte de África a convertirse en una autopista de desesperación. Migrantes de Níger, Chad, Eritrea, Sudán o Mali cruzan el desierto para llegar al mar. Y Libia los convierte en mercancía diplomática.

Europa sabe que una Libia estable podría abrir compuertas migratorias. Por eso financia milicias con nombre de guardia costera. Por eso calla ante informes de tortura. Por eso delega en mercenarios una política exterior cobarde. No quiere que Libia se estabilice: quiere que Libia contenga.

Mientras tanto, cada cuerpo flotando en el Mediterráneo es un recordatorio de lo que no se dice. Que la democracia se impuso con misiles. Que la soberanía fue un lujo negado. Y que las fronteras solo importan cuando el dolor viene en dirección contraria.

La OTAN: bombero con lanzallamas

Lo ocurrido en Libia marca un punto de inflexión en el relato occidental sobre las guerras humanitarias. Porque aquí no hubo errores estratégicos: hubo cálculo. No se trató de salvar vidas, sino de redibujar rutas energéticas. No se protegieron civiles: se protegieron concesiones.

La OTAN actuó como pirómano moral: incendió una estructura autoritaria sin saber —o sin importar— qué crecería en las cenizas. Y cuando la anarquía devino permanente, se retiró del escenario con la dignidad intacta de quien nunca paga la cuenta.

Libia fue la prueba de laboratorio. Siria, Yemen, Sudán y otros vinieron después. El patrón no es la intervención: es el saqueo seguido del abandono. Primero derriban, después extraen. Lo que queda, no interesa.

Epílogo entre ruinas y memoria selectiva

A Libia no la destruyó una revolución popular. La destruyó una coalición de potencias con discursos nobles y contratos listos. La promesa de libertad se diluyó en la arena. Y lo que quedó fue un Estado en coma, una población rehén y un continente más desconfiado.

Occidente no reconstruyó nada. Solo reconstruyó su relato. Dijo que fue necesario. Dijo que fue inevitable. Dijo que ahora toca mirar hacia adelante. Pero nadie volvió a mirar hacia Trípoli. Solo las petroleras y los drones.

Notas al pie de un país deshecho

Libia fue el espejo donde se rompió la narrativa del bien intervencionista. No se exportó democracia: se tercerizó el caos. No se liberó un pueblo: se lo fracturó en tribus armadas. Hoy, cada facción representa un pedazo de Occidente: sus armas, sus intereses, su indiferencia.

¿Qué se destruye cuando se derroca a un dictador sin reemplazo? ¿Qué se siembra cuando solo se bombardean símbolos y se drenan pozos? Tal vez Libia no era el modelo a seguir. Pero era, al menos, un Estado. Hoy no es más que un campo abierto al saqueo y al olvido, una advertencia ignorada, un error repetido con acento diplomático.

Tal vez no se trata de si Gadafi debía caer. Tal vez la verdadera pregunta es por qué, después de su caída, el mundo permitió —y aplaudió— que no quedara nada… salvo petróleo circulando.

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