De patria heredada a prisión abierta (Palestina)

Jun 28, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Crónica desde el lado invisible del mapa

Al sur del Levante, donde los olivares contaban la historia mucho antes de que existieran banderas, una tierra aprendió a recordar desde la pérdida. Palestina —esa palabra que ya no se imprime en ciertos mapas— no nació de un decreto, ni de un exilio, ni de una promesa religiosa: nació de la costumbre. De sembrar, rezar, enterrar y volver a sembrar. Lo palestino no se escribió en libros sagrados, sino en la piel de la tierra.

Mientras las potencias repartían el mundo con regla y compás, aquí las fronteras se marcaban con el sonido del adhan, el aroma del pan de tabún y la sombra de las higueras. No había uniformes, pero sí dignidad. No había misiles, pero sí memoria.

El país de las llaves

La nakba —esa catástrofe sin fin— comenzó con el destierro y continuó con la negación. Más de 400 aldeas fueron arrasadas. En sus lugares, se alzaron parques, barrios y carreteras. Pero bajo cada jardín nuevo duerme una casa vieja. Y en cada exilio forzado nació un himno improvisado.

Las llaves colgadas en las paredes de los campamentos no son nostalgia: son testimonio. Cada una abre una puerta que ya no existe, pero que se recuerda. Porque, en Palestina, el pasado es más presente que el presente mismo.

Desde los campos de Sabra y Chatila hasta Jenin, desde los márgenes del Jordán hasta los techos de Gaza, el pueblo palestino aprendió a vivir en un tiempo suspendido. Ni ciudadanos, ni refugiados; ni vencidos del todo, ni escuchados jamás.

Jerusalén, ciudad sitiada por el cielo

En ninguna parte la contradicción duele tanto como en Jerusalén. Ciudad santa para todos y hogar estable para nadie. Ahí donde los rezos se entrecruzan sin escucharse, donde los muros dividen más que protegen, donde cada piedra tiene dueño, y cada dueño, un relato.

Jerusalén Este, anexada pero no asumida, vive como una cicatriz abierta. Hay niños que van a la escuela esquivando soldados, ancianos desalojados de casas en las que nacieron, y jóvenes que escriben poesía en lugar de gritar.

Porque aquí las palabras se heredan. Como la tierra. Como el miedo. Como el orgullo.

Gaza: vivir bajo el cielo más vigilado del mundo

En la franja de Gaza, el sol no sale: perfora. Allí, donde más del 70 % de la población nació después del primer bloqueo, no hay futuro, solo repetición. Dieciséis años de asedio, cuatro guerras abiertas, miles de vidas selladas en el cemento. Una cárcel sin juicio, donde incluso el mar tiene horario.

Y sin embargo, Gaza canta. Aunque sin luz, sin agua, sin tregua. Aunque el cielo ruja y los drones zumban como moscas de hierro. Aunque los hospitales se derrumban y los cementerios se expanden como suburbios del dolor.

Cada ataque es quirúrgico, dicen los comunicados. Y es cierto: amputan la esperanza con precisión milimétrica.

Cisjordania: la cartografía de lo imposible

Cisjordania es hoy un archipiélago terrestre. Trozos de soberanía interrumpidos por controles, asentamientos, muros, zonas militares y carreteras exclusivas. La ocupación no es solo física: es burocrática. Hay permisos para respirar, autorizaciones para moverse, barreras para ir al médico.

Las tierras se expropian con papeles, no con tanques. La expansión colonial no necesita ruido: avanza con topadoras silenciosas, planos bien diseñados y jueces cómplices.

La vida cotidiana se negocia con el azar. Un día el checkpoint está abierto, otro no. Un día te dejan pasar, otro día te disparan. La normalidad es un acto de fe en lo improbable.

Hamás, Fatah y el abismo interno

Pero no todo el enemigo viene de fuera. La división política entre Hamás (en Gaza) y Fatah (en Cisjordania) se ha vuelto otro muro más. Uno que no se ve, pero que duele. Mientras uno predica resistencia con fuego, el otro gestiona una autonomía vacía, vigilada, sin control real del territorio.

El pueblo, en cambio, sobrevive a ambos. A las bombas y a los discursos. A las promesas de reconstrucción y a los acuerdos firmados entre brindis. A los líderes ausentes y a los mártires sin nombre.

Y sin embargo, la gente ama. Se casa. Aprende. Enseña. Cocina maqluba con lo poco que hay. Cuenta cuentos. Se burla del dolor. Palestina resiste porque no tiene otra opción.

La Organización para la Liberación de Palestina: entre la épica y la oficina

La OLP fue, durante décadas, la voz más reconocida del pueblo palestino. Surgió como grito armado y terminó como firma en una mesa de negociación. Nació con el mandato de liberar, pero envejeció redactando protocolos. De Yasser Arafat y su mítica kufiya en la ONU, a burócratas que negocian permisos de tránsito con quienes los expulsaron.

Para muchos palestinos, la OLP es un símbolo aún vivo; para otros, una reliquia funcional. Si alguna vez fue movimiento de liberación, hoy se debate entre representar a un pueblo o administrar su frustración. Los acuerdos de Oslo —impulsados bajo su bandera— ofrecieron una tregua y acabaron en una trampa. Palestina obtuvo un esbozo de institucionalidad, pero sin soberanía. Cedió tierra y ganó promesas. Firmó la paz y recibió más muros.

Aun así, sigue siendo —en el papel y en la memoria— el paraguas político que resguarda una causa que no tiene embajada pero sí bandera. Y en un mundo que exige legitimidad para escuchar, la OLP aún es la sigla que se pronuncia en voz alta, cuando la historia quiere disfrazarse de diplomacia.

La comunidad internacional y su silencio estético

El mundo, mientras tanto, mira de reojo. Sabe que algo arde, pero prefiere hablar del humo. Hay resoluciones de la ONU como hojas secas: caen pero no germinan. Hay comunicados de “profunda preocupación” cada vez más superficiales.

Occidente exporta armas y discursos. Financia muros y simula neutralidad. Se indigna si un cohete cae sobre una torre en Tel Aviv, pero calla si un misil cae sobre una escuela en Rafah. La simetría moral es la mayor ficción del siglo XXI.

Mahmoud Darwish y el lenguaje como refugio

Mahmoud Darwish no solo escribió poesía. Fundó una patria literaria. Dijo: “nosotros sufrimos de una ocupación doble: la del invasor y la del silencio”. Su verso aún respira en las calles de Ramala, en los muros de Belén, en la garganta de los exiliados.

La lengua árabe se volvió trinchera. Los poemas, consuelo. Las canciones, trazo de pertenencia. Porque si no se puede tener un Estado, se puede al menos tener una voz.

“Nosotros amamos la vida siempre que podamos encontrarle un camino…

Bailamos entre dos mártires, y alzamos un minarete para las violetas o una palmera para los muertos.”

—Mahmoud Darwish

En esas líneas, escritas con la herida abierta y el corazón entero, Palestina canta su existencia. Porque incluso bajo la ocupación más asfixiante, la vida insiste. Aunque sea solo para dejar constancia de que estuvo aquí.

Los niños que nacen sin fecha de retorno

Hay una generación palestina que no ha visto más que ruinas. Pero también es una generación que escribe, filma, hackea, denuncia, educa. Que no sueña con una utopía, sino con una normalidad. Con jugar al fútbol sin francotiradores, con ir al cine sin cortes de luz, con tomar un café sin contar los pasos hasta la próxima bomba.

En un mundo que mide el valor de la vida según el pasaporte, ellos nacen sabiendo que cada día es un acto de desobediencia vital.

Pan, memoria y pertenencia

En Palestina no hay futuro claro, pero hay pasado intacto. Y eso, en tiempos donde todo se compra, es resistencia. Hay una identidad que no necesita permiso, una historia que no pide ser contada, una dignidad que no entra en los acuerdos de paz, pero que marca cada paso.

Un día, quizás, el mundo entienda que la libertad no se mendiga. Que las casas no se sustituyen por asentamientos. Que el dolor de un pueblo no es menos válido porque incomoda. Y que resistir no es solo levantar piedras: también es no olvidar el nombre de la calle que ya no existe.

Mientras tanto, Palestina sigue siendo esa palabra que algunos intentan borrar, pero que otros escriben todos los días con los pies en la tierra.

Artículos relacionados

El streaming de la estupidez

El streaming de la estupidez

Hubo un tiempo en que la ignorancia necesitaba esconderse. Se pronunciaba en voz baja, se disimulaba con silencios o, al menos, conservaba cierto pudor antes de convertirse en espectáculo. Ese tiempo terminó. Las redes sociales democratizaron la palabra, lo cual fue...

Los apodos que terminaron gobernando

Los apodos que terminaron gobernando

Hay pueblos que eligen presidentes.                  Nosotros elegimos personajes. Ninguna civilización bautizó con tanta precisión a sus gobernantes como América Latina. Aquí un...

Cuando la historia pierde el contexto

Cuando la historia pierde el contexto

Hay frases que no solo simplifican la historia: la deforman. Decir que “Paraguay decidió invadir Brasil”, como afirmó Luiz Inácio Lula da Silva para justificar un mayor gasto militar, es describir apenas el último movimiento de una partida sin mencionar las jugadas...

Antes que las fronteras, las puertas

Antes que las fronteras, las puertas

Hay objetos que enseñan más sobre la política que muchas bibliotecas. Las puertas son uno de ellos. No preguntan quién gobierna, qué bandera flamea ni qué ideología proclama quien las atraviesa. Solo obedecen una regla tan antigua como la convivencia: quien adquiere...

La hija del dictador llegó a la Casa de Pizarro

La hija del dictador llegó a la Casa de Pizarro

Las dictaduras ya no siempre anuncian su llegada con el estruendo de los fusiles ni con el rugido de los tanques. Las más astutas aprenden a caminar en silencio. Entran por la puerta principal con el respaldo de las urnas, la solemnidad de un juramento constitucional...

La sala donde el Perú volvió a mirarme

La sala donde el Perú volvió a mirarme

No recuerdo el primer coche bomba. Recuerdo el silencio. Porque los años ochenta en el Perú no comenzaron con una explosión. Comenzaron cuando el silencio empezó a pesar más que las palabras. En Ayacucho las noches dejaron de pertenecer a la oscuridad. Eran de las...

Ismael, el hijo del desierto

Ismael, el hijo del desierto

Antes de los misiles, del programa nuclear iraní, de las alianzas militares y de las fronteras modernas, hubo una familia dividida. No un ejército. Una familia. En el origen de una de las historias más influyentes de la civilización aparece Abraham, un hombre...

Judas Iscariote y la primera criptomoneda

Judas Iscariote y la primera criptomoneda

Antes del Bitcoin fueron treinta monedas. Una metáfora sobre la confianza, el dinero y el nacimiento del valor. Hay ideas que sobreviven porque son verdaderas. Y hay historias que sobreviven porque, aunque nunca hayan pretendido explicar la economía, terminan...

Cholo soy y no me compadezcas

Cholo soy y no me compadezcas

Cada vez que termina una elección en el Perú ocurre el mismo ritual. Lima observa el mapa electoral y descubre, una vez más, que existe otro país. Entonces aparecen las explicaciones rápidas. Que las provincias votan mal. Que Lima vive desconectada de la realidad. Que...