El Patriota del Espíritu 

Jun 13, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

(Tributo al tejedor de realidades invisibles)

¿Existe acaso un día consagrado al escritor? ¿Un solo día para quien, con su pluma temblorosa de humanidad, talla en la sombra los signos que nos explican? ¿No es, acaso, cada lectura que nos conmueve un silencioso tributo al alma que, en la soledad del escritorio, traduce en palabras el temblor del espíritu humano? 

Todo escritor es, ante todo, un lector ávido: un alma atenta a los rumores del abismo y a las vibraciones del cielo. Se nutre de textos, sí, pero también de gestos, de memorias y de visiones. Lee el mundo como quien descifra un jeroglífico de lo eterno. 

Bien podría llamarse este día el del “lector absoluto”, pues la pluma nace del ojo contemplativo y la palabra madura en el silencio reflexivo. Pero el calendario, con su rigidez ceremonial, lo consagra como Día del Escritor. Y no es poca cosa. Escritor: palabra sonora, rotunda, revestida de una gravedad antigua. Pronunciarla es evocar al oráculo, al cronista, al poeta, al filósofo. Al que piensa y cincela. 

La escritura, en su esencia, no se deja domesticar por el método ni la lógica. Es un soplo misterioso que exige al hombre entero, con sus dudas y sus visiones. Como bien decía Borges: 

“Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído.” 

Esa confesión —tan contraria al orgullo vano— revela la condición real del escritor: no es un sabio que enseña, sino un peregrino que busca. 

Desde el origen de los tiempos, el hombre ha necesitado contarse. En las cavernas, en los templos, en las plazas, en los libros. Contar es perpetuar. La palabra da forma a la memoria. Somos una red de voces tejidas por el idioma, y en ese tejido unos hilos se imponen mientras otros se pierden. 

¿Cuántas historias quedaron sin escribirse? ¿Cuántas palabras fueron olvidadas por no encontrar quien las dijera? 

El lenguaje nos constituye. Aun cuando creemos hablar solos, repetimos frases heredadas, estructuras antiguas, sueños ajenos. La lengua es un legado compartido, pero también es un laberinto. Y en sus corredores hay luces, sombras y zonas de silencio. 

A veces, algo nos conmueve hasta lo inefable. No hay forma ni palabra suficiente. Como en los sueños: cuanto más tratamos de contarlos, más se nos escapan. Y lo que se escapa no es un detalle, sino la médula. 

Esa mudez es signo de que hay en nosotros un fondo invisible, un manantial sin nombre. 

El escritor busca ese fondo, no para poseerlo, sino para rozarlo. Su tarea es ardua: debe hacer que la palabra contenga lo invisible, que el ritmo respire con lo real. Cuando lo logra, su obra se abre como una flor de múltiples pétalos: cada lector ve en ella un reflejo distinto, una posibilidad no prevista. 

Así, lo dicho se descompone y renace: es uno y es muchos. Y el lector, al leer, también se transforma. 

En los antiguos tiempos, el poeta era vates: adivino, intérprete de signos celestes. Porque la buena escritura —la que permanece— no se limita a describir: anuncia, prevé, despierta. A veces, el escritor se adelanta a su época. Su voz queda suspendida, esperando oídos futuros que puedan comprenderla. 

Eso es un escritor: alguien que, tocado por una lectura o por una revelación, se interna en el lenguaje como quien se lanza a un río incierto. Y allí, en medio de las aguas, intenta encontrar la voz que emana de lo profundo. La voz que, al nombrar lo innombrable, tiembla. La voz que arde. 

Es el oro de la vida. 

Y mientras tanto, la vida sigue. Sagrada, brutal, burlona. Una danza compartida entre el dolor y la dicha. Y nosotros —testigos y artífices— seguimos escribiéndola con palabras humanas y anhelos eternos. Hay quienes apenas balbucean lo visible; otros, en cambio, leen entre líneas lo que aún no ha sido dicho, y en ese acto silencioso revelan el pulso invisible del mundo. 

“La literatura es la forma más alta del patriotismo del espíritu.”

— Leopoldo Lugones 

Con toda seguridad, él también habría asentido ante estas líneas, con esa mezcla de fervor lírico y conciencia de destino que solo conocen los verdaderos escritores. 

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