El Papa peruano por un tecnicismo y la vergüenza nacional: cuando Dios no bendice a los cínicos

May 17, 2025 | Internacional

Iván Nolasco

Iván Nolasco

Escritor, periodista.

 

La postal que Dina quiso encuadrar
Dina Boluarte se ha arrimado al nuevo Papa como quien se toma una foto junto a una obra de arte, esperando que algo de prestigio se le pegue. Está extasiada con la idea de que un hombre que alguna vez vivió en suelo peruano —y que incluso lleva la nacionalidad por opción— haya sido elegido para sentarse en el trono de Pedro. Desde Palacio, ya se cocina un festín simbólico: se intenta convertir ese dato administrativo en una victoria política. Que el Papa tenga pasaporte peruano ha sido entendido como una canonización exprés para su gobierno. Pero, en realidad, es todo lo contrario.
León XIV, como nuevo Pontífice, ha encarnado para muchos una chispa de esperanza en un Vaticano sacudido por décadas de escándalos, acomodos y decadencia moral. Una señal de que aún es posible una voz lúcida en medio del coro de cínicos. Pero esa misma elección es, para el caso de Dina Boluarte, todo menos un triunfo: es una acusación silenciosa, una confirmación de que su cercanía al poder eclesiástico es tan fraudulenta como sus discursos. Porque Robert Prevost, ahora Papa, no es un ingenuo. Y su pasado no le permite hacerse el desentendido ante una presidenta que gobierna rodeada de sombras y cadáveres.
Difícil pensar que quien alguna vez exigió a Fujimori que pidiera perdón por sus crímenes ahora se preste a bendecir a una mandataria que carga con más de 60 muertos en protestas civiles. A diferencia de Boluarte, que sube al altar solo para la foto, León XIV ha caminado entre los pobres del Perú, ha escuchado sus dolores y ha visto las fracturas reales de una sociedad abandonada. Su silencio frente al régimen no es aprobación; es distancia. Su elección no redime al poder político peruano: lo desnuda.
Un Vaticano incómodo para la política local
Pero claro, la maquinaria oficialista no desaprovecha oportunidad para apropiarse de cualquier símbolo. Y si ese símbolo lleva sotana y nacionalidad peruana, mejor. Así que desde el primer minuto se buscó explotar el vínculo: ministros declarando que “Dios es peruano”, congresistas diciendo que “el Perú ha sido premiado por el cielo”. Todo con la esperanza de que el prestigio del Vaticano sirva como maquillaje moral para una presidencia impresentable.
La estrategia es vieja: enarbolar una coincidencia como si fuera complicidad. Pero la elección de León XIV no implica cercanía con Boluarte, sino más bien evidencia el abismo entre el poder terrenal corrupto y la posibilidad, por ahora apenas simbólica, de una renovación ética desde el Vaticano.
El nombre que eligió el Papa no es inocente. Al llamarse León XIV, rinde homenaje directo a León XIII, el Pontífice que en 1891 se atrevió a escribir la Rerum Novarum, una encíclica que no solo fue un llamado de atención al capitalismo salvaje, sino una advertencia a las élites que seguían aplastando al trabajador en nombre del orden.
Encíclicas, obreros y profecías perdidas
En ese documento, León XIII describía con lucidez profética cómo los obreros habían sido despojados de toda protección, dejados a merced de empresarios sin escrúpulos y gobiernos indiferentes. Alertaba sobre una codicia disfrazada de progreso y una usura camuflada de modernidad. Su propuesta no era revolucionaria, pero sí profundamente incómoda: salarios justos, acceso a la propiedad, leyes protectoras y un equilibrio moral en las relaciones laborales. Un llamado a la conciencia en plena euforia del capital.
Esa voz, hace más de un siglo, fue ignorada por los poderosos. Como hoy lo son las voces que reclaman justicia para los muertos de Ayacucho, Puno, Andahuaylas. La historia se repite, aunque los actores cambien de vestuario. Hoy, el mensaje de León XIII reaparece, reformulado en la figura de León XIV, justo cuando el mundo parece decidido a repetir los errores del pasado, pero con tecnología 5G y conferencias en Davos.
El mundo actual no necesita solo una reforma del alma: requiere una cirugía de emergencia. El planeta entero se asfixia en el humo del “crecimiento infinito”, mientras los templos del dinero suplantan a los de la fe. Vivimos como si consumir fuera existir, como si acumular fuera la única forma de dejar huella. Y, mientras tanto, la ética se convierte en un lujo y la espiritualidad, en un adorno para la clase media culta.
Dios no es peruano: o el precio de adorar sin mirar
La Iglesia católica no es ajena a esta decadencia. Acosada por sus propias culpas —abusos sexuales, misoginia institucional, pactos con dictaduras, culto al oro— ha ido perdiendo el brillo y la autoridad moral que alguna vez reclamó. En ese sentido, pocos Papas han dañado tanto su credibilidad como Juan Pablo II, cuya santificación apresurada no logró borrar su cercanía con lo peor del poder.
Por eso, el reto de León XIV no es solo teológico: es político, simbólico y radical. Tiene que rescatar a la Iglesia de su adicción al status quo. Tiene que demostrar que aún es posible una espiritualidad aliada de los últimos y no de los banqueros. Y tiene que hacerlo sabiendo que, desde Perú, una presidenta maquillará su imagen con cada misa, con cada nota de prensa, con cada cruz mal usada.
Boluarte podrá seguir hablando del “Papa peruano” como si fuera su embajador celestial. Podrá repetir que el país está bendecido, mientras su administración se pudre de cinismo y corrupción. Pero ni el Vaticano ni el pueblo olvidan. Porque si León XIV representa esperanza, su repentino protagonismo también resalta, por contraste, la miseria moral de quienes lo invocan sin entenderlo.
La Iglesia del nuevo Papa tiene dos caminos: o se actualiza y rompe de una vez con la tradición conservadora que la ha manchado durante siglos, o seguirá jugando a ser conciencia moral mientras pacta con los verdugos de siempre. Y el Perú, mientras tanto, deberá decidir si quiere levantarse a la altura de esa esperanza o seguir encadenado a sus farsas de altar: bendecido por ministros corruptos, aplaudido por congresistas en misa, y gobernado por una presidenta que se persigna con una mano mientras con la otra paga sus cirugías con favores políticos. Porque no hay fe que salve a quien convierte la cruz en escenografía y el Evangelio en spot de campaña.

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