Facundo, Pepe y el presidente

May 14, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

El humo de un cigarrillo negro se enroscaba en la madrugada del Cerro. José Mujica, aún un joven tupamaro de veinticinco años, esperaba en silencio, con la pistola entre las piernas, mientras el cielo empezaba a aclarar sobre Montevideo. Había participado esa noche en el secuestro de un banquero. Y aunque nadie lo sabía todavía, esa madrugada marcaría el inicio de una historia que terminaría en un estrado de la ONU, hablando de libertad y pobreza con la misma sencillez con que se explican las estaciones del año.
Así empezaba la leyenda. Con barro en las botas, humo en el aire y la convicción —más feroz que cualquier fusil— de que el mundo podía cambiarse a la fuerza.
El guerrillero (1969–1973)
En esos años ardientes, Mujica no era el Pepe. Camarada Facundo. Nombre de guerra, rostro oculto, vida hecha de fugas, tiros, pan duro y consignas. Participó en asaltos, secuestros y una de las fugas más cinematográficas del continente. Pero no era un pistolero común: hablaba como campesino y pensaba como filósofo. Podía citar a Marx y luego enseñar a injertar una parra.
No lo niega: creyó que la violencia era el único camino. Lo dijo sin dramatismo: “No éramos asesinos, pero estábamos dispuestos a todo”.
Y sin embargo, cuando la sangre comenzó a correr en serio, cuando la dictadura se cerró como una trampa de hierro, entendió que el precio de sus decisiones lo pagaría con creces.
El preso político (1973–1985)
Pasó catorce años preso. Siete de ellos en condiciones inhumanas. Aislado, golpeado, silenciado. Lo encerraron en una celda tan estrecha que apenas podía estirarse. Lo dejaron sin luz, sin libros, sin palabras.
Para no enloquecer, se inventó un mundo. Hablaba con insectos, recitaba poemas, hacía cálculos mentales. A veces, se escribía cartas imaginarias que nunca enviaría.
Lucía, su compañera, le mandaba flores prensadas en papel de cigarrillo y notas con letra diminuta. Él respondía con dibujos hechos con carbón, palabras talladas con clavo.
Salió vivo, pero no ileso. Nunca volvió a dormir bien. Nunca volvió a confiar del todo. Pero no se rindió.
El político (1985–2010)
Con el regreso de la democracia, Mujica volvió a la vida pública. Ya no empuñaba armas, sino discursos. Ya no ocultaba el rostro: lo mostraba sin filtros, con arrugas, con una franqueza rústica que incomodaba tanto como seducía.
Entró al Parlamento con el mismo saco con el que ordeñaba ovejas. Decía «compañeros» como quien ofrece pan.
Pero con el poder llegaron también las contradicciones.
Predicaba la austeridad, pero su gobierno multiplicó los viajes oficiales y cerró acuerdos con corporaciones multinacionales. Denunciaba el consumismo, pero durante su mandato se disparó la importación de autos de lujo y tecnología. Defendía la justicia histórica, pero pidió dejar en paz a los viejos represores.
Muchos lo admiraban por su autenticidad. Otros le reclamaban coherencia. Él, siempre pragmático, decía: “La política no es para hacer lo que uno sueña, sino lo que se puede”.
El mito (2010–2015)
Cuando fue presidente, el mundo lo convirtió en ícono. Era el “presidente más pobre del planeta”, decían los medios extranjeros, fascinados por su escarabajo desvencijado, su chacra humilde, sus discursos líricos.
Pero detrás del mito, el país seguía siendo complejo. Uruguay crecía, sí, pero también se alejaba de algunos ideales fundacionales. La desigualdad no desapareció. Las promesas ecológicas convivieron con contratos cuestionables.
Pepe parecía vivir entre dos mundos: el de la imagen que lo consagraba y el de la política que lo condicionaba.
Era un símbolo. Pero también un hombre. Y como todos los hombres, lleno de luces y sombras.
El legado (2015–2024)
A sus ochenta y nueve años, Mujica ya no puede con su cuerpo. Un cáncer agresivo lo dejó frágil, confinado a la chacra, bajo cuidados paliativos. Ya no camina entre los surcos, ni charla largo con visitantes. Las visitas son pocas, de paso breve, con la voz baja y el corazón apretado.
Lucía Topolansky, compañera de toda la vida, dice que hacen lo necesario para que viva «lo mejor posible» este último pasaje. En enero, él mismo anunció que no seguiría tratamiento. La enfermedad estaba extendida, y él eligió la calma. Dignidad antes que heroísmo.
Pepe habla poco. Observa más. Interrumpe con frases breves, cargadas de esa resignación filosófica que lo hizo distinto. La chacra —que fue sede de entrevistas, asados, decisiones y desobediencias— es ahora su trinchera de silencio.
Epílogo
Cada 20 de mayo, sin falta, iba al cementerio de La Teja. Llevaba flores silvestres y las dejaba sobre una placa que dice: “Murieron por un mundo mejor”. Se quedaba en silencio, con el sombrero en la mano, como si conversara con los muertos.
Hoy ya no puede ir. El cuerpo no responde. El cáncer avanza. El tiempo es breve. Lucía cuida que los días sean serenos, que el final sea digno. Algunos insisten en despedirlo como a un prócer. Otros, en recordarle sus contradicciones. Él apenas murmura. Mira. A veces sonríe, como si hablara con alguien que sólo él ve.
Y aunque la historia aún lo discute, aunque su figura divida, nadie podrá negar que vivió sin esconderse. Que eligió andar por los bordes. Que no pidió permiso.
Lo que queda de Mujica —esa sombra que se alarga bajo el cielo del Cerro— ya no le pertenece solo a él. Es parte de la memoria de un país que también fue joven, combativo, herido. Y que, como él, todavía busca una manera de envejecer sin rendirse.

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