La Corriente Libertadora: la tragicomedia que nos persigue

May 13, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista; especialista en agregado de valor y franquicias.

 

El Archivo del Olvido
La historia de América Latina no es un poema épico, sino un cadáver exquisito de ambiciones y derrotas. Un continente que se desangró en nombre de la libertad, solo para despertar encadenado a sus propios fantasmas. La independencia no fue una gesta, sino un naufragio: los ideales se hundieron bajo el peso de la avaricia y el filo de puñales empuñados por manos amigas.
El manuscrito que nadie quiso leer
En una biblioteca de San Juan, entre el polvo que arrastra el viento zonda y las sombras que se aferran a los estantes, mis dedos rozaron las páginas agrietadas de Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, de Bartolomé Mitre. No era un libro; era un juicio. Mil doscientas cuarenta y cuatro páginas que destilaban una verdad incómoda: los libertadores no cayeron bajo balas realistas, sino bajo las de sus propios camaradas.
Mitre no escribe para glorificar, sino para diseccionar con mano fría la podredumbre de la lealtad. Sus palabras son bisturíes que abren las venas de la historia y exponen la gangrena de los ideales traicionados.
Los libertadores y sus verdugos
Francisco de Miranda, el Precursor, murió desnudo en una celda de La Carraca, entregado por aquellos que juraron seguir su luz. Simón Bolívar, el profeta de la unidad, fue el primero en volverle la espalda —prólogo de una letanía de deslealtades—. Belgrano, pobre y olvidado; Moreno, desaparecido en el mar como un secreto incómodo; Hidalgo, el caudillo popular de la revolución de México, colgado en Chihuahua como un estandarte roto.
San Martín, el más lúcido —o quizá el más desencantado—, eligió el exilio antes que presenciar el carnaval de sangre en que se convirtió su sueño. La independencia devino en un juego de truco: señas y engaños. El patriotismo, moneda de cambio; la libertad, una quimera que se deshacía en el viento polvoriento de los campos de batalla.
Las luchas internas como traición a la independencia
Los ejércitos independentistas no solo combatían a la Corona; se degollaban entre sí en una danza macabra. La Gran Colombia se disolvió como azúcar en una taza de café amargo. Argentina, México y Centroamérica se ahogaron en ríos de fratricidio.
Santiago Mariño conspiró contra Bolívar; Bolívar fusiló a Manuel Piar. Iturbide, emperador por capricho, fue ejecutado por los mismos que un día lo aclamaron. Sucre, el vencedor de Ayacucho, cayó en una emboscada urdida por quienes temían su sombra. La libertad, tan celebrada en discursos, se pudría en los cadáveres abandonados al costado del camino.
El legado: estatuas y vacíos
La independencia no trajo prosperidad, sino caudillos con sonrisas de lobo y repúblicas que nacieron tullidas. Se abolieron los títulos nobiliarios, pero surgieron dinastías de terratenientes y generales sedientos de mitología propia. La monarquía cayó, sí, pero en su lugar se erigieron dictaduras de uniforme y sable, tan voraces como el viejo orden.
O’Higgins y Carrera, enemigos en vida, compartieron el mismo exilio amargo. Carlos Montúfar, el jefe de la revolución de Quito, como su compañero Villavicencio, promotor de la de Cartagena, terminaron con la soga al cuello. Las promesas de grandeza se hundieron en el fango de fronteras trazadas con sangre.
San Martín y Bolívar, los dos grandes ausentes, representan las caras opuestas de un mismo destino: uno, estoico, renunció al poder; el otro, perseguido, enfermo y enloquecido. Sus estatuas son ironías de bronce erguidas en plazas donde ya nadie lee los pedestales.
El espejo roto
La memoria de los libertadores se entrelaza con una historia que se niega a ser comprendida, un laberinto donde, a pesar de los laureles, el reconocimiento verdadero sigue siendo esquivo. Y el continente, atrapado en su propio ciclo de errores, sigue buscando respuestas en un pasado que solo ofrece preguntas.
Si esta historia fuera una novela, la escribiría así: sin héroes, sin final feliz. Una tragicomedia donde los personajes avanzan hacia el abismo, convencidos de que construyen futuros. Y el lector, incómodo, cierra el libro con una pregunta que atraviesa los siglos:
¿Acaso no seguimos escribiendo, con sangre e indiferencia, el mismo guion, convencidos de que esta vez será distinto?

Artículos relacionados

El streaming de la estupidez

El streaming de la estupidez

Hubo un tiempo en que la ignorancia necesitaba esconderse. Se pronunciaba en voz baja, se disimulaba con silencios o, al menos, conservaba cierto pudor antes de convertirse en espectáculo. Ese tiempo terminó. Las redes sociales democratizaron la palabra, lo cual fue...

Los apodos que terminaron gobernando

Los apodos que terminaron gobernando

Hay pueblos que eligen presidentes.                  Nosotros elegimos personajes. Ninguna civilización bautizó con tanta precisión a sus gobernantes como América Latina. Aquí un...

Cuando la historia pierde el contexto

Cuando la historia pierde el contexto

Hay frases que no solo simplifican la historia: la deforman. Decir que “Paraguay decidió invadir Brasil”, como afirmó Luiz Inácio Lula da Silva para justificar un mayor gasto militar, es describir apenas el último movimiento de una partida sin mencionar las jugadas...

Antes que las fronteras, las puertas

Antes que las fronteras, las puertas

Hay objetos que enseñan más sobre la política que muchas bibliotecas. Las puertas son uno de ellos. No preguntan quién gobierna, qué bandera flamea ni qué ideología proclama quien las atraviesa. Solo obedecen una regla tan antigua como la convivencia: quien adquiere...

La hija del dictador llegó a la Casa de Pizarro

La hija del dictador llegó a la Casa de Pizarro

Las dictaduras ya no siempre anuncian su llegada con el estruendo de los fusiles ni con el rugido de los tanques. Las más astutas aprenden a caminar en silencio. Entran por la puerta principal con el respaldo de las urnas, la solemnidad de un juramento constitucional...

La sala donde el Perú volvió a mirarme

La sala donde el Perú volvió a mirarme

No recuerdo el primer coche bomba. Recuerdo el silencio. Porque los años ochenta en el Perú no comenzaron con una explosión. Comenzaron cuando el silencio empezó a pesar más que las palabras. En Ayacucho las noches dejaron de pertenecer a la oscuridad. Eran de las...

Ismael, el hijo del desierto

Ismael, el hijo del desierto

Antes de los misiles, del programa nuclear iraní, de las alianzas militares y de las fronteras modernas, hubo una familia dividida. No un ejército. Una familia. En el origen de una de las historias más influyentes de la civilización aparece Abraham, un hombre...

Judas Iscariote y la primera criptomoneda

Judas Iscariote y la primera criptomoneda

Antes del Bitcoin fueron treinta monedas. Una metáfora sobre la confianza, el dinero y el nacimiento del valor. Hay ideas que sobreviven porque son verdaderas. Y hay historias que sobreviven porque, aunque nunca hayan pretendido explicar la economía, terminan...

Cholo soy y no me compadezcas

Cholo soy y no me compadezcas

Cada vez que termina una elección en el Perú ocurre el mismo ritual. Lima observa el mapa electoral y descubre, una vez más, que existe otro país. Entonces aparecen las explicaciones rápidas. Que las provincias votan mal. Que Lima vive desconectada de la realidad. Que...