El teatro de la guerra y el espejismo de la paz: un análisis de las dinámicas geopolíticas entre Trump, Putin y Ucrania

May 13, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista; especialista en agregado de valor y franquicias.

 

Como lector de literatura rusa, siempre me ha fascinado la manera en que los grandes novelistas de aquel país diseccionaron el poder, la guerra y la condición humana. Dostoievski, con su exploración del alma atormentada, y Tolstói, con su meticuloso retrato de los engranajes históricos, entendieron que los hombres en el poder rara vez son los protagonistas de la historia; más bien, son personajes arrastrados por fuerzas que no controlan. Como periodista, no puedo evitar notar la repetición de los patrones del pasado con una precisión casi literaria. Lo que veo en la geopolítica contemporánea no es más que una nueva versión de la eterna lucha entre imperios, ambiciones desmedidas y la tragedia de los pueblos atrapados en medio.

El diálogo de los titiriteros: palabras que ocultan pedazos de poder

En una época marcada por grandes discursos y pequeños acuerdos, por promesas de paz y preparativos de guerra, Donald Trump regresó a la Casa Blanca con la convicción de un hombre que cree que la historia se reduce a una colección de titulares. Para él, los tratados de paz podían cerrarse con la misma facilidad con la que se firma un contrato de bienes raíces.
—Putin quiere la paz —declaró Trump, con esa seguridad con la que un tahúr asegura que puede leer las cartas del otro.
Sin embargo, lo que el intérprete olvidó aclarar es que lo que Putin realmente dijo es que quiere un «pedazo». Un pedazo de Ucrania, un pedazo de influencia, un pedazo del orden mundial. En una llamada de dos horas y media que, sin duda, cambiará los libros de historia (escritos en ruso), Trump y Putin discutieron los términos de la paz. Putin prometió cesar los ataques a la infraestructura ucraniana (por ahora), pero dejó claro que el verdadero precio del alto el fuego era la rendición total de Kyiv.

Trump, sin conocer el significado de la palabra «rendición» en un contexto distinto a sus casinos en bancarrota, asintió con entusiasmo.
Los hombres caminan por la historia como actores en un escenario, creyendo que sus palabras y acciones les pertenecen. Pero detrás de cada gesto, detrás de cada tratado firmado, hay una fuerza invisible que los empuja, como marionetas cuyos hilos son movidos por manos que no pueden ver. Trump y Putin, con sus discursos grandilocuentes, no son más que personajes en una obra escrita por el tiempo, un tiempo que no perdona a quienes creen que pueden domarlo.

El mercado de la destrucción: riquezas que brotan de las ruinas
Mientras el mundo observaba con inquietud, un pequeño detalle pasaba desapercibido: Estados Unidos y Ucrania estaban negociando un acuerdo sobre recursos naturales. A cambio de inversiones y, en el mejor de los casos, garantías de seguridad, Washington obtendría acceso a las riquezas minerales ucranianas.
—Queremos ayudar a Ucrania —decían los negociadores, mientras revisaban mapas mineros.
Es un viejo principio de la geopolítica: donde la guerra no puede continuar, comienza el negocio. Los imperios modernos ya no necesitan conquistar tierras con ejércitos; basta con adquirirlas en cómodas cuotas de inversión extranjera.
Así, mientras Putin exigía su «pedazo» de Ucrania, Washington negociaba el suyo. Y entre ambos, Ucrania, como siempre, se quedaba con la parte más ingrata del trato: poner los muertos.

La guerra es un pozo sin fondo del que brotan riquezas para algunos y desesperación para muchos. Los hombres cavan en busca de oro, pero lo que encuentran son las lágrimas de quienes han perdido todo. Ucrania, con sus tierras fértiles y sus riquezas minerales, es solo un botín más en el juego eterno de la ambición humana. Y mientras los negociadores firman acuerdos en salones lujosos, los muertos se acumulan en silencio, recordándonos que el precio de la codicia siempre se paga en vidas.

El círculo de hierro: cuando la historia se repite en clave moderna

Putin, con la confianza de quien se ha leído su propio manual de manipulación, pensó que podía dividir a Occidente. Su plan era sutil: aterrorizar a Europa, seducir a Trump, debilitar a la OTAN.
Lo que no previó es que, en lugar de fracturarse, la Alianza Atlántica se había convertido en un anillo de hierro alrededor de Rusia. Finlandia y Suecia, países que hasta ayer consideraban la guerra un mal gusto del siglo XIX, corrían ahora a integrarse. Polonia reforzaba su ejército. Alemania, con un esfuerzo sin precedentes, aprendía a no depender exclusivamente de la diplomacia.
Como Napoleón en 1812, como Hitler en 1941, Putin se encontraba con la vieja maldición rusa: las guerras no siempre se ganan con tanques, a veces se pierden con mapas y alianzas.

La historia es un círculo que se repite, una espiral infinita en la que los hombres caen una y otra vez en los mismos errores. Putin, como aquellos que lo precedieron, cree que puede romper el círculo, que puede doblegar a Europa y reescribir el mapa del mundo. Pero el círculo no se rompe; se cierra. Y aquellos que intentan escapar de él terminan atrapados en su propio orgullo, como Napoleón en las nieves de Rusia o Hitler en las ruinas de Berlín.

El enigma de Trump: entre el ego y el abismo

La respuesta podría dividirse en dos categorías: lo que Trump quiere y lo que realmente quiere.
Trump dice querer la paz, pero solo en los términos que le permitan anunciarlo como un logro personal. Si la paz incluye la entrega de Ucrania, la redefinición de las fronteras europeas y un brindis con Putin, es un precio aceptable.
Lo que Trump realmente quiere—y esto es más simple—es ganar. Ganar en las encuestas, ganar en los negocios, ganar la simpatía de los dictadores que lo fascinan.

Trump es un hombre que vive en el espejismo de su propio ego. Para él, el mundo es un tablero de juego donde las piezas son países y las reglas las escribe él mismo. Pero el juego es una ilusión, y el tablero no tiene fin. Lo que él llama victoria no es más que un reflejo distorsionado de su propia ambición, un espejo que le devuelve la imagen de un hombre que nunca será tan grande como cree ser.

Epílogo: la paz como espejismo

Mientras en las trincheras de Ucrania siguen cayendo bombas, en los palacios de Moscú y Washington se sigue negociando la paz. Una paz que, como siempre, beneficiará a todos… menos a los que mueren por ella.

La paz es un espejismo en el desierto de la guerra, una promesa que se desvanece en el horizonte cada vez que nos acercamos. Los hombres la buscan con desesperación, pero pocos están dispuestos a pagar su precio. Y así, mientras los líderes negocian y firman tratados, los muertos se acumulan en silencio, recordándonos que la verdadera paz no se encuentra en los salones del poder, sino en el corazón de aquellos que han aprendido a vivir sin ella.

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