En un nuevo episodio de la serie “Argentina, potencia moral del Occidente armamentista”, el presidente Javier Milei y su gabinete celebraron el reciente bombardeo de Estados Unidos a instalaciones nucleares en Irán como si se tratara de una función de fuegos artificiales por el Día de la Independencia… de otro país, claro. La escena fue digna de una ópera diplomática de bajo presupuesto, pero con efectos especiales de alto calibre.
El ministro de Defensa, Luis Petri —quien en tiempos de paz parecería necesitar un GPS para distinguir la soberanía nacional de los intereses extranjeros— fue el primero en salir al ruedo digital: «Mañana el mundo despertará más libre y en paz», escribió, tal vez desde un búnker ideológico donde la paz se mide en kilotones. Lo secundó con otra frase de antología: “Estamos en el lado correcto de la Historia. ¡Del lado de la Justicia!”. Una justicia a la que, aparentemente, se accede mediante bombardeos preventivos, sin juicio previo, sin pruebas públicas y sin derecho a réplica.
Como si se tratara de una cruzada civilizatoria, el gobierno argentino adoptó sin matices la narrativa de los «buenos contra los malos», alineándose sin chistar con los misiles más grandes del hemisferio norte. En este esquema, Estados Unidos aparece como el gendarme del planeta, Israel como su escudero estratégico y la Argentina como el aplaudidor oficial desde la platea de las redes sociales.
No podía faltar en esta obra coral el diputado bonaerense Agustín Romo, quien sumó su respaldo con entusiasmo de adolescente viendo una película de acción: “Apoyo total al accionar del mundo libre”, publicó. Lo curioso del caso es que, según fuentes cercanas, Romo no logra distinguir entre un chiita y un sunita, y cuando se le mencionó la palabra “ayátola”, creyó que era un nuevo varietal de vino mendocino. Pero eso no impidió su apoyo irrestricto a una operación militar que él mismo no podría ubicar en el mapa. Porque para esta nueva diplomacia argentina, el conocimiento es secundario y la adhesión automática es virtud. La geopolítica del Medio Oriente, al parecer, no entra en 280 caracteres.
La Embajada de Israel en Argentina, siempre atenta, agradeció efusivamente: “Gracias, presidente Milei, por estar del lado correcto de la historia”, escribieron. Y lo hicieron con un tono afectuoso que haría sonrojar a cualquier embajador acostumbrado al protocolo clásico. Afirmaron que defender a Israel es «defender un mundo libre de terrorismo», aunque no aclararon si esa libertad incluye el derecho a bombardear preventivamente a cualquier sospechoso, ni cómo se define “terrorismo” en ese diccionario compartido.
Milei, por supuesto, replicó todos los mensajes con la velocidad de un community manager con jet lag. Cada retuit fue una bala simbólica, cada «me gusta» una afirmación de lealtad, cada frase calcada un nuevo eslabón en la cadena de alineamiento automático con la política exterior estadounidense. Así, entre emojis de banderas, referencias a la Biblia y consignas de guerra en clave de libertad, la Argentina oficial se fue sumando sin matices a un conflicto ajeno, distante, y cargado de complejidades históricas que aquí se simplifican con memes de alto voltaje.
Mientras tanto, en la Argentina de los mil y un problemas por resolver, donde las urgencias sociales, económicas y estructurales se apilan como expedientes olvidados, el gobierno encuentra tiempo, energía y convicción para posicionarse con fervor en una guerra lejana. Un conflicto que pocos ciudadanos comprenden en profundidad, pero del que muchos sospechan que no debería ser una prioridad nacional. Aun así, el oficialismo se entrega con entusiasmo a este teatro bélico ajeno, como si bastara con firmar retuits para ocupar un lugar en la historia global.
Pero conviene recordar algo que no figura en los posteos ni en las declaraciones grandilocuentes del oficialismo: esa euforia belicista no representa la voz de la mayoría del pueblo argentino. Un pueblo que aún recuerda los costos humanos de las guerras, incluso cuando se libran lejos. Un pueblo que, por lo general, prefiere la diplomacia a las bombas, el derecho internacional a la justicia por mano propia, y los acuerdos a los apocalipsis televisados.
Porque si hay algo que los pueblos han aprendido a fuerza de sangre —y no de slogans— es que la Historia tiene muchos lados. Y casi nunca los elige Twitter.














