Periodismo, ficción y poder
Tres escenas locales que no se explican con datos, sino con una literatura que ya nos advirtió cómo funciona el poder cuando se vuelve costumbre.
Hay días en que San Juan no se parece a una provincia, sino a un manuscrito que alguien corrige sin terminar nunca de escribir. Un texto donde las palabras cambian, pero la sintaxis permanece. Donde el verbo promete y el sustantivo administra. Donde la realidad no se oculta, se redacta.
Si algo dejaron Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar y Carlos Fuentes, no fue solo una estética, sino una advertencia. América Latina no necesita ficción para volverse inverosímil. Le alcanza con organizar su realidad bajo ciertas reglas que nadie firma, pero todos obedecen.
Las noticias que hoy circulan no llegan como ruptura. Llegan como eco. Tres textos recientes las ordenan, sin querer, en una misma secuencia. Manual del militante perfecto, el arte de celebrar sin producir, Siempre es diferente… hasta que se parece demasiado y La boleta única y el arte de ordenar el ruido. No son columnas separadas. Son variaciones de una misma partitura, donde cada nota ya fue ensayada antes.
Primera escena
El militante celebra. No trabaja, no gestiona, no resuelve. Celebra. Y en ese gesto, aparentemente menor, se esconde una arquitectura completa del poder. No es el individuo el problema. Es el sistema que premia la adhesión por encima de la capacidad.
García Márquez lo habría narrado sin ironía. Un pueblo donde la fiesta dejó de ser consecuencia para volverse estrategia. Donde el aplauso sustituye al resultado. Donde la foto desplaza al expediente.
La escena no escandaliza, porque ya fue normalizada. Oficinas convertidas en escenografías, cargos políticos administrados como símbolos, decisiones que llegan tarde, pero comunicadas a tiempo. No hay error. Hay coherencia interna.
Segunda escena
El cambio que prometía distancia termina repitiendo cercanía. Mario Vargas Llosa habría reconocido ahí su vieja obsesión. El poder no se hereda solo en estructuras. Se hereda en hábitos.
Se cambia el tono, se estiliza el discurso, se pule la imagen. Pero el fondo resiste. La información sigue fragmentada, la rendición se vuelve episódica, la transparencia se administra como recurso y no como principio.
Entonces aparece la paradoja. Lo nuevo no se mide por lo que transforma, sino por lo que logra parecer distinto mientras conserva lo esencial.
No es traición. Es continuidad sofisticada.
Tercera escena
La boleta única entra en escena con la promesa de orden. Y el orden siempre seduce. Porque el desorden cansa y el ruido desgasta. Pero ordenar no siempre es clarificar. A veces es seleccionar qué parte del caos merece ser visible.
Julio Cortázar habría construido aquí un desplazamiento mínimo. Nada cambia en apariencia y, sin embargo, todo se reorganiza en su percepción. La discusión se vuelve técnica, casi aséptica. Pero el efecto es político.
No se elimina el conflicto. Se lo encuadra. Se lo domestica. Se lo vuelve administrable.
Y entonces, desde el fondo, aparece Carlos Fuentes, recordando que el poder en esta región no desaparece. Migra, se adapta, aprende a hablar el idioma de cada época, sin abandonar su gramática.
Lo inquietante no es lo que estas escenas dicen. Es lo que repiten sin necesidad de explicarlo.
Una militancia que ocupa sin producir.
Un cambio que se parece demasiado a lo anterior.
Una reforma que ordena más de lo que revela.
Nada de esto es casual. Todo responde a una lógica que ya fue escrita, leída y advertida.
El problema no es la falta de información. Es la forma en que se la dispone. No es el silencio. Es su administración. No es el relato. Es su eficacia.
San Juan no necesita una novela. Ya la está viviendo.
Y en ese punto, cuando el lector cree reconocer la trama, aparece la incomodidad verdadera.
Si sabemos cómo funciona esta historia, ¿por qué seguimos esperando un final distinto?














