Padres nuestros, los de la ficción

Jun 19, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Los padres de la literatura no siempre tienen nombre. A veces aparecen como una sombra al fondo de la escena, otras como un trueno seco en el corazón del personaje. Hay padres que protegen, otros que condenan, muchos que simplemente no están. Pero todos, de una manera u otra, terminan escribiendo algo en nosotros.

En la literatura argentina, esa figura paterna ha sabido ser silencio y sentencia, herida y bálsamo. Desde Don Segundo Sombra, aquel gaucho de pocas palabras y mirada honda que Ricardo Güiraldes nos dejó como una suerte de padre prestado, la literatura nacional se ha debatido entre la orfandad literal y simbólica. Don Segundo no era padre, pero enseñaba como si lo fuera. Educaba sin imponer y dejaba que el muchacho descubriera que la adultez no es un lugar, sino un tono en la voz.

Distinto es el aire en El túnel, donde Ernesto Sabato dibuja un protagonista más bien huérfano de mundo. Juan Pablo Castel no menciona a su padre, pero su falta resuena, como si el silencio lo hubiese criado. A veces, el padre no se recuerda, pero se sospecha.

La ausencia, en nuestra literatura, también es un personaje. En Zama, de Antonio Di Benedetto, el protagonista lleva a cuestas una especie de paternidad que no logra construir. Es un padre sin presencia, como si la distancia fuera su única herencia. Espera noticias, cargos, perdones. Y, mientras tanto, su hijo crece lejos, como si la sangre alcanzara, pero no bastara.

Hay otros padres, más concretos y menos heroicos. En Los galgos, los galgos, Sara Gallardo pinta un retrato contenido de la figura paterna: hombre de campo, de reglas que no se escriben, de mandatos que no se discuten. Uno de esos padres que se parecen más a un juez que a un compañero de juego.

Y luego está El entenado, de Juan José Saer. El protagonista, sin padre conocido, se adentra en una comunidad que le ofrece otra lógica: la filiación no biológica, la paternidad ritual, colectiva. A veces, la cultura cría más que la sangre.

La literatura argentina también ha sido escenario del juicio al padre. En El río sin orillas, Saer reflexiona sobre la figura paterna en clave de memoria, paisaje y desarraigo. Y en la poesía de Juan Gelman, el padre aparece atravesado por la pérdida y el duelo, pero también por la ternura. En su libro Carta abierta, le escribe a su nieto nacido en cautiverio como una forma de prolongar la voz de su hijo desaparecido. Allí, el padre no es solo figura individual, sino nudo de una tragedia nacional.

Hay casos más íntimos y desgarradores. En El padre, de Leonardo Castellani, el relato gira en torno a la confesión, la culpa y la redención. En Autobiografía de Irene, de Silvina Ocampo, el padre es una figura difusa que moldea la percepción del mundo desde la infancia y deja huellas en la memoria, tan arbitrarias como indelebles.

También hay padres que imponen su peso más por lo que callaron que por lo que dijeron. En Blanco nocturno, de Ricardo Piglia, el padre de Emilio Renzi no está presente, pero sobrevuela cada pensamiento del personaje como una herencia moral y política. Es el modelo que se admira y se discute, la voz que resuena incluso cuando no se la invoca. En la obra de Piglia, el padre no solo educa: también condiciona.

En las memorias de Hebe Uhart, el padre aparece como una figura contradictoria: autoritaria pero no malvada, estructurado pero también ridículo. Ella lo retrata con ironía y compasión, dos cualidades esenciales para entender lo humano.

Y también está Rodolfo Walsh, que en Carta a mi hija Vicki escribe desde el dolor del padre revolucionario que pierde a su hija militante. La carta, que parece un réquiem privado, se convierte en una acusación pública, en una radiografía del compromiso y el amor sin concesiones.

Muchos de estos textos no solo interrogan al padre, sino que también reflexionan sobre el hijo: qué se hereda, qué se traiciona, qué se inventa. En La invención de la patria, de Marcelo Birmajer, la figura paterna se mezcla con la historia y con los relatos familiares que intentan dar sentido a lo que no lo tiene.

Porque, en el fondo, hablar del padre es arriesgarse. Uno nunca sabe bien qué está evocando: un recuerdo, una herida, una promesa.

Lo podría resumir con una frase tan breve como cierta: a veces el padre es una excusa para escribir y otras, la excusa para llorar.

Yo también he callado cosas a mi padre, y él también me ha dicho verdades a medias. Y ahora que soy padre, me descubro copiando sus silencios y tratando de corregirlos con palabras.

Quizás por eso la literatura es un buen lugar para reencontrarnos. Porque ahí los padres no son perfectos ni crueles del todo. Son personajes, sí, pero también advertencias, espejos, refugios. Como si, al leerlos, uno pudiera entender un poco más a los de carne y hueso. Y también a ese padre que uno es o será, aunque no lo sepa todavía.

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