Empiezo a beber.
No es un gesto trivial. Es casi un umbral. La taza entre las manos, el borde tibio rozando los labios, y en ese instante —antes del primer sorbo— algo se abre. No en el café. En la memoria. En esa zona donde el tiempo deja de obedecer al calendario y empieza a ordenarse por intensidad.
El libro está ahí, cerrado, pero no terminado. Antes del fin no concluye en su última página. Se desplaza. Se instala. Empieza a operar desde otro lugar.
Bebo.
El sabor todavía no se define. Apenas una insinuación. Como las primeras certezas de cualquier vida que cree que el mundo tiene un orden accesible. Y desde ahí aparece, no como protagonista sino como figura observada, Ernesto Sabato. No el mito. No el nombre. El hombre en tránsito.
No hay cronología. Hay momentos que pesan más que otros.
Otro sorbo.
El café empieza a desplegarse. El amargor asoma primero, tenue pero firme. Y con él, una escena que no pertenece al narrador pero lo atraviesa. Europa. Un laboratorio. Una mente entrenada para buscar certezas. Y, al mismo tiempo, una inquietud que no encuentra lugar en las ecuaciones.
De día, el orden.
De noche, algo que no encaja.
No hay un punto exacto donde eso se rompe. Es más inquietante que eso. Es gradual. Es la sospecha que crece. La percepción de que el mundo explicado no coincide del todo con el mundo vivido.
Y ahí empieza a formarse una grieta.
Miro la taza.
Las volutas de café ascienden en espirales irregulares, dibujando formas que no se repiten. Aparecen, desaparecen. Como si se resistieran a ser capturadas por una lógica fija. Y en esa imagen mínima hay algo que excede al café.
Hay una forma de pensar.
Porque lo que en la ciencia se busca ordenar, en la experiencia se desborda. La fisión del átomo no es solo un avance técnico. Es un quiebre. Divide la materia, sí, pero también divide la confianza en la idea de progreso.
El narrador no estuvo ahí. Pero lo entiende.
Porque ese quiebre no pertenece a una época. Pertenece a una forma de ver.
El siguiente sorbo es más claro.
El café revela capas. Amargor, acidez, una dulzura tardía que aparece cuando ya no se la espera. Todo convive sin anularse. Y esa convivencia, lejos de ser armónica, es tensa. Como la vida que el libro sugiere.
No hay linealidad en lo que importa.
Los momentos decisivos no siguen un orden. Se imponen. Irrumpen. Reorganizan todo lo demás.
Y ahí, en ese modo de recordar, el narrador empieza a entender que lo que observa no es solo la historia de un hombre que deja la ciencia. Es la evidencia de un problema más profundo.
La insuficiencia de una sola forma de comprender el mundo.
La taza se detiene un instante en el aire.
Hay algo que incomoda.
Porque retirarse no es neutro. Mientras uno se aparta, el mundo continúa. La técnica avanza. La maquinaria no se detiene. Y entonces la pregunta ya no es sobre el pasado. Es sobre el presente.
¿Qué se hace cuando el conocimiento que admiramos también produce aquello que tememos?
Ahí aparece, casi inevitablemente, otra figura. Mario Bunge. No como oposición directa, sino como otra forma de sostener la tensión. Permanecer en la ciencia. Defender la razón. Apostar a que el problema no es el conocimiento, sino su uso.
El narrador no elige.
Observa.
Y en esa observación descubre que no hay síntesis posible. Hay una tensión que persiste.
Vuelvo al café.
Las volutas ya no están. El líquido se ha vuelto más quieto, más transparente en su forma. Como si hubiera dejado atrás su misterio inicial para mostrarse tal cual es.
Pienso que el libro funciona igual.
No ordena la vida en una secuencia clara. La expone en fragmentos que responden a otra lógica. La de los momentos que definen. Los que obligan a cambiar. Los que no se explican del todo pero determinan el rumbo.
No hay relato lineal.
Hay destino en construcción.
Termino el café.
No hay revelación. No hay conclusión cerrada.
Hay una persistencia.
Como si algo hubiera quedado vibrando, sin resolverse. Como si el libro no hubiera sido escrito para enseñar, sino para dejar una inquietud instalada.
El narrador no sale con respuestas.
Sale con una pregunta que ya no puede ignorar.
Qué hacemos con lo que sabemos.
Porque el conocimiento crece. Se perfecciona. Se expande.
Pero el sentido no lo hace automáticamente.
Y ahí, justo ahí, cuando la taza queda vacía y la mesa vuelve a ser apenas una mesa, la reflexión se impone sin necesidad de énfasis.
Tal vez no se trate de comprenderlo todo.
Tal vez se trate de no dejar de preguntarse hacia dónde nos lleva aquello que creemos comprender.














