El Aleph proscriptivo: La corte y el arte de borrar con tinta legal

Jun 11, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

La sentencia tenía la solemnidad de un ritual antiguo. Como si Rosatti, Rosenkrantz y Lorenzetti no firmaran un fallo, sino que tallaran, con cincel jurídico, un nuevo capítulo para el Manual del Buen Exterminio Político. Seis años de prisión, inhabilitación perpetua. Cristina Fernández de Kirchner ya no es solo una líder condenada: es un símbolo laminado por la máquina de hacer non grata.

La Corte, ese Aleph donde confluyen todos los discursos del poder, actuó con la precisión de un relojero suizo en un país de chapuceros. Habló de debido proceso, de garantías, de jurisprudencia, pero en el aire quedó flotando esa pregunta incómoda que atraviesa la historia argentina como un cuchillo: ¿desde cuándo la Justicia es tan oportuna?

Los jueces y el espejo de Kafka

El tribunal se presentó como un coro griego, declamando verdades inapelables. Pero, como en El proceso, nadie —ni siquiera los condenados— logra descifrar del todo las reglas del juego. «Todo el sistema judicial es una gran metáfora», podría haber escrito Kafka, si hubiera nacido en Buenos Aires y no en Praga.

Los fundamentos del fallo son tan herméticos como un poema vanguardista: se pueden citar, pero no siempre entender. ¿Fue un veredicto o un acto de prestidigitación? ¿Una condena o un déjà vu? Porque en Argentina, la proscripción no es una anomalía, sino un género literario con sus propias reglas, personajes arquetípicos y finales predecibles.

Cortázar en el expediente: notas al margen de un fallo

Aquí, entre fojas y considerandos, aparece Julio Cortázar con sus «Instrucciones para subir una escalera jurídica»: «Primero verifique que la escalera esté firmemente apoyada en el artículo 18 de la Constitución. Luego, ascienda alternando los pies —derecho en la prueba, izquierdo en la presunción de inocencia— pero cuidado: muchos jueces prefieren saltarse los peldaños centrales».

El fallo huele a esos Finales de juego donde las reglas cambian según quién lleve el marcador. ¿Es esto justicia o una partida de rayuela donde la piedra siempre cae en la casilla que conviene al poder? Los cronopios militantes protestan en las plazas, los famas judiciales anotan minuciosamente sus argumentos, y la realidad —esa gran cronopia— se escapa entre los intersticios de los códigos.

La plaza, ese teatro de sombras

Mientras la Corte escribía su sentencia en papel membretado, la calle —siempre la calle— montaba su propia obra. Hubo bombos, banderas, consignas que resonaron como versos de un Martín Fierro actualizado: “¡No la van a matar, no la van a matar!”.

El peronismo, ese cadáver exquisito que nunca termina de morir, volvió a demostrar que su mejor escenario no es el Congreso, sino el asfalto. Pero también dejó en evidencia su paradoja: ¿cómo se defiende a un líder cuando el sistema decide que ese líder ya no existe?

El Gobierno, ese espectador con sonrisa de póker

En Balcarce 50, nadie saltó de alegría, pero tampoco hubo lágrimas. El oficialismo observó el fallo como un jugador de ajedrez que ve caer una pieza rival sin mover las suyas. “La Justicia es autónoma”, dijeron, con esa voz neutra que usan cuando quieren que les crean.

Milei, por su parte, ya debe estar escribiendo su propio relato: el del libertario que no tuvo que proscribir a nadie porque otros ya lo hicieron por él. La historia, como un tango cíclico, se repite: primero como tragedia, luego como data entry en un Excel de campaña.

Último acto: ¿Y ahora qué?

El kirchnerismo grita “persecución”, la oposición murmura “justicia”, y el ciudadano común —ese eterno secundario en esta obra— se pregunta si alguna vez hubo realmente un juicio o simplemente un acto más de esa gran performance llamada política argentina.

La sentencia ya está escrita. Pero, como bien saben Borges y la historia, los textos pueden reinterpretarse, los mitos pueden reescribirse, y los proscriptos suelen volver… aunque sea como fantasmas.

Epígrafes imaginarios

«En Argentina, la Justicia no es ciega: tiene preferencias literarias.»

— Alguien, en algún café de Constitución.

«Y qué lástima que los jueces no lean a Cortázar: aprenderían que hasta las rayuelas más rectas terminan torciéndose.»

— Un cronopio anónimo en Tribunales.

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