Caminó por la ciudad como quien camina entre ruinas invisibles. Los edificios seguían en pie, pero algo se había quebrado hacía tiempo. No se veía. No hacía ruido. Pero estaba ahí: en las miradas, en las colas de los bancos, en el miedo disimulado con ironía.
Los medios hablaban de catástrofe, pero la catástrofe no era nueva. Era vieja. Solo que ahora no podían taparla.
Pasó por un quiosco. En la tapa de un diario leía: “Milei contra todos”. Abajo, una foto de una mujer gritando, con una pancarta y lágrimas. Le habían quitado el plan. Nadie decía que ese plan lo había cobrado durante diez años. Nadie decía que ese dinero venía de otro que trabajaba por monedas, sin subsidios, sin voz.
—Hay que humanizar la noticia —decía el editor. Claro. Pero solo si la víctima servía para golpear al gobierno. Nunca se humanizó al que produce. Al que paga. Al que calla.
Volvió a pensar en los científicos y en los seudoartistas. Algunos lo insultaron en redes por una columna vieja donde hablaba de despilfarro. Lo llamaron ignorante. Machista. Fascista. Nunca debatieron los datos. Solo atacaban. Y hablaban de democracia.
Los periodistas de hoy no querían verdad. Querían enemigos. Porque un enemigo da clics. Da pauta. Da sentido. Decir “Milei odia” vendía más que decir “Milei ajusta porque no hay plata”. Y si alguien lo contradice, se lo cancela.
Eso también lo había aprendido.
Antes el miedo venía del poder. Ahora venía del grupo. De los colegas. De los hashtags. De las productoras. Si no repetías el mantra, eras traidor. Funcional a la derecha. A la dictadura. A las fuerzas del mal.
Recordaba cuando el periodismo era un oficio. Ahora era un espejo roto. Cada fragmento reflejaba una parte torcida de la realidad. Y ninguno se animaba a unir las piezas.
Se cruzó con una colega de los años viejos. Había militado fuerte por el anterior gobierno. Ahora denunciaba “el ajuste inhumano”.
—No se puede vivir así —le dijo—. Esto es peor que el 2001.
Él la miró. Tenía los labios pintados, el teléfono nuevo. Nunca había pisado un hospital público ni hecho fila para cobrar. No conocía el país real. Hablaba desde Palermo, desde los paneles de TV. Hablaba como hablan los que nunca tienen que demostrar nada. Solo sentir.
—¿Qué hacías en 2013? —le preguntó.
—Trabajaba en el canal. ¿Por?
—Porque en 2013 cerraron 500 fábricas. Porque la inflación estaba en 30 %. Porque el dólar saltaba cada mes. Porque nadie invertía. Pero nadie escribía que era un ajuste inhumano. Porque gobernaban los tuyos.
Ella no respondió. Solo dijo: —Pero ahora es distinto. Ahora hay odio.
Sí. Ahora hay odio. Porque ahora se tocaron intereses que antes estaban blindados. Ahora se corta la cadena de privilegios. Y los privilegiados lloran. En diarios, en radios, en redes. Lloran con lenguaje inclusivo. Lloran desde becas estatales, desde festivales pagos, desde cátedras sin alumnos, desde obras que nunca se hicieron.
Volvió a su casa caminando. En la calle, la gente hablaba poco. La inflación dolía. Pero ya no culpaban a Milei. Culpaban a los de antes. A los que robaron todo y dejaron bombas. Culpaban a los que se enriquecieron con el Estado, mientras ellos pagaban impuestos que no volvían jamás.
Encendió la radio. Un analista decía:
—El gobierno no dialoga. No negocia.
Él rió. ¿Cuándo se dijo eso de los gobiernos anteriores? ¿Cuándo se les pidió diálogo mientras apretaban con la AFIP, usaban a la Justicia como maza o escondían la pobreza con planes?
Ahora, por primera vez, alguien decía “no”. Y eso asustaba. Asustaba a los que siempre dijeron “sí” desde una red cómoda de complicidades.
Volvió a mirar la hoja en blanco. Pensó en escribirlo todo. Sin adornos. Sin miedo. Pero sabía que nadie lo publicaría.
Porque ya no se trataba de verdad ni de periodismo. Se trataba de poder. Y él ya no tenía poder. Solo recuerdos. Solo esa rabia seca de quien vio cómo se derrumbó un país, y cómo los que lo hicieron ahora posaban de víctimas.
No escribía por miedo. No. Escribía poco porque sabía que no alcanzaba.
Los que deben entender, ya entendieron. Los demás no quieren hacerlo.
El periodismo había muerto hace tiempo. Ahora solo quedaban soldados. Soldados de trincheras cómodas, peleando batallas falsas para defender lo que siempre los benefició.
El periodista apagó la luz. Se quedó a oscuras, como el país que una vez creyó que contar la verdad bastaba para cambiar algo.
Y supo que ya no había redención. Solo silencio.














