Espejito, espejito: siete reflejos de un solo fantasma

May 24, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Este 25 de mayo, como si emergiera de las brumas donde duermen los ciclos no resueltos, Cristina Fernández de Kirchner vuelve a escena. No retorna como el eco noble de una época, sino como un espectro que revive lo que aún duele, lo que aún confunde, lo que aún retiene. El acto en el Polo Saldías, a pasos del Barrio 31 y a siglos de la autocrítica, no es el rito de una herencia, sino la repetición de un conjuro que el país no logra desarmar.

La sombra de Néstor Kirchner, convertida en mito, se ofrece como prólogo de una celebración melancólica. Pero bajo esa conmemoración yacen los fragmentos de una historia que no fue lineal ni gloriosa: fue densa, tensa, contradictoria. Como si el pasado se negara a ser pasado, regresa en forma de siete relatos —siete reflejos distorsionados— que devuelven el rostro del poder con todas sus fisuras. 

No son cuentos de hadas. Son cuentos de advertencia. Y cada uno murmura, como un espejo empañado, la misma pregunta: ¿quién es la más poderosa de todas? 

Pimero: El arquitecto del vacío

El viento patagónico silba entre las paredes de un hotel donde nunca se hospedó nadie. En los sótanos, los planos de una ciudad paralela se apilan con polvo y silencio. Lázaro, el discípulo predilecto del dios del gasto, cavaba bóvedas no para enterrar cadáveres, sino billetes. Cada licitación ganada era un capítulo más del evangelio no escrito de la cleptocracia. Lo suyo no era delito; era devoción. El convento que recibió sus millones fue el altar final de su fe torcida. 

Segundo: La emperatriz del espejo 

La Casa Rosada, a la hora en que la luz se torna dorada, era un palacio de reflejos. En cada superficie pulida, Cristina se veía a sí misma coronada por su propio relato. El Congreso era teatro; la Justicia, un sirviente desobediente. En su reino, la República era un obstáculo decorativo. Ella no gobernaba con leyes: gobernaba con símbolos. El poder era ella, y ella era el poder. Hasta que el espejo comenzó a agrietarse. 

Tercero: La alquimia del papel 

El dinero no se cultivaba; se imprimía. Como en un cuento de alquimistas, se buscaba transformar promesas en bienestar, pero solo se logró inflación. El Banco Central se convirtió en imprenta de ficciones económicas. Nadie sabía cuánto valía el pan, pero todos sabían qué debían pensar del panadero. El pueblo creyó por un tiempo, hasta que la creencia ya no pagó las cuentas. La fe en la alquimia murió entre góndolas vacías. 

Cuarto: La máquina de narrar

Había una sala, secreta o imaginaria, donde cada mañana se reescribía la historia. Cristina era heroína en una épica que necesitaba enemigos más que aliados. El clientelismo se llamaba justicia; la propaganda, educación. El Estado hablaba con una sola voz. La verdad, como el pan, fue racionada. El relato lo envolvía todo, hasta que ni el silencio fue posible sin una consigna. 

Quinto: La ciudad que se rindió

En las villas, los pibes ya no soñaban con ser médicos, sino con sobrevivir. El Estado se retiró, y la ausencia fue ocupada por redes delictivas. Se hablaba de inclusión mientras el miedo se institucionalizaba. Las luces no llegaban, pero las armas sí. Las estadísticas eran consuelo de despacho; en las calles, reinaba la ley del caño. El país miraba hacia otro lado. Ellos, hacia abajo, esperando no caer. 

Sexto: El cristal roto de la moral

Una mano sostenía la bandera de los derechos humanos; la otra, firmaba acuerdos con dictadores. Cristina hablaba de libertad mientras callaba ante sus aliados autoritarios. La moral se convirtió en espejo cóncavo: todo lo ajeno se deformaba; todo lo propio, se justificaba. La coherencia, esa vieja virtud republicana, fue sacrificada en el altar de la conveniencia. El doble estándar dejó de ser estrategia: fue sistema. 

Séptimo: El país de los ausentes

Mientras el mundo firmaba tratados, Argentina debatía traiciones. La diplomacia fue desplazada por proclamas. Nos alejamos del concierto internacional para cantar solos en una lengua que nadie escuchaba. Embajadores ideológicos, alianzas que eran ruinas. Fuimos oradores sin audiencia. El país se convirtió en un eco que rebotaba en sus propios muros, convencido de ser vanguardia cuando solo era anacronismo. 

El último reflejo 

Y ahora vuelve. No como quien ha aprendido, sino como quien ha dormido en su propio relato. Vuelve sin una grieta en la voz, sin una fisura en la memoria. Vuelve como vuelven los espectros: no para dialogar con los vivos, sino para reafirmar su permanencia. Celebra un tiempo que ya no existe, ante un país que no termina de nacer.

Los siete reflejos están ahí, distorsionados pero brillantes, testigos mudos de lo que fue y advertencia de lo que puede volver a ser. Cada cuento, una herida; cada herida, un eco. El aplauso que la recibe no es un acto de esperanza, sino una rendición al círculo vicioso del poder sin memoria. 

El fantasma no busca justicia. Busca escena. Y la encuentra.

Pero esta vez, el espejo no responde.

Espejito, espejito… 

Ya no hay reina en el reflejo.

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