Marcelo Orrego llevó la Fiesta Nacional del Sol a Buenos Aires como vidriera de un San Juan de inversiones, producción y oportunidades. Pero detrás de las luces queda otra provincia, con bodegas paralizadas, salarios deteriorados y servicios públicos reclamando recursos. En abril, Diario ENTRE líneas solicitó formalmente información económica sobre la fiesta. Cinco meses después, seguimos esperando. La fiesta llegó a Buenos Aires. Las cuentas todavía no llegaron a nuestra redacción.
Marcelo Orrego fue a Buenos Aires a mostrar San Juan al mundo. La frase suena magnífica. El problema empieza cuando uno mira San Juan.
Porque mientras en Buenos Aires se habla de inversiones, mercados y oportunidades, aquí quedan empresas que resisten, bodegas con actividad paralizada o reducida, salarios que no alcanzan y familias que se endeudan. Entonces la pregunta se vuelve inevitable. ¿Qué San Juan fue a mostrar Marcelo Orrego? ¿El de los escenarios, las luces y los videos promocionales o el que aparece cuando se apagan las cámaras?
San Juan tiene muchísimo para mostrar. Minería, vino, olivos, pistachos, industria, energía solar, montañas, cultura e Ischigualasto, donde la Tierra comenzó a escribir su historia millones de años antes de que existieran gobernadores, asesores de imagen y fotógrafos oficiales. San Juan no necesita que ningún gobierno le invente grandeza. La tiene. Pero una cosa es mostrar San Juan y otra muy distinta construir una escenografía de San Juan.
La Fiesta Nacional del Sol debería ser una celebración de los sanjuaninos, de su cultura, historia y producción. Sin embargo, la última edición dejó también la imagen de un enorme despliegue institucional con el gobernador ocupando un lugar central. Orrego inauguró, recorrió, habló, apareció y terminó arriba del escenario principal, micrófono en mano, cantando junto a Los Videla. El gobernador convertido también en parte del espectáculo.
Puede parecer una anécdota. No lo es. Porque mientras el gobernador cantaba había una pregunta bastante menos entretenida que nadie podía responder con la misma facilidad con la que se encendían los reflectores. ¿Cuánto nos costó todo esto?
Después de la Fiesta Nacional del Sol 2025, el ministro de Turismo, Cultura y Deporte, Guido Romero, fue consultado por el costo y dijo no conocer todavía la cifra definitiva. Tampoco pudo precisar la recaudación por entradas. Posteriormente, medios sanjuaninos informaron sobre las dificultades para conocer el balance económico mientras desde el Gobierno se hablaba de un resultado positivo.
En Diario ENTRE líneas decidimos hacer algo más que preguntar públicamente. En abril presentamos formalmente una solicitud de acceso a la información para conocer los datos económicos de la Fiesta Nacional del Sol 2024 y 2025. Han pasado cinco meses y, hasta hoy, no recibimos respuesta. No pedimos secretos de Estado ni la fórmula de la Coca-Cola. Preguntamos por dinero público destinado a una fiesta pública organizada por un gobierno público. Resulta difícil encontrar algo más público que eso.
Y aquí la ironía empieza a escribirse sola. El Gobierno puede viajar a Buenos Aires para mostrar la Fiesta Nacional del Sol al mundo, pero cinco meses después todavía no ha mostrado a este diario la información económica solicitada sobre esa misma fiesta. La fiesta recorrió cientos de kilómetros para llegar a Buenos Aires. Las cuentas todavía no consiguieron llegar hasta nuestra redacción.
Extraordinaria paradoja, especialmente cuando se habla de un balance positivo. Un balance positivo debería ser precisamente el más sencillo de mostrar. Ingresos, egresos, contrataciones, aportes privados, recaudación, artistas, infraestructura, sonido, iluminación, seguridad y logística. Números. Porque los números tienen una virtud maravillosa, no militan, no cantan y tampoco necesitan fotógrafos.
Si la Fiesta Nacional del Sol fue una extraordinaria inversión para San Juan, como sostiene el discurso oficial, magnífico. Entonces que se conozca cuánto se invirtió y cuánto retornó. ¿Cuánto costó? ¿Cuánto ingresó? ¿Cuánto aportaron los privados? ¿Cuánto pagó el Estado? ¿Cuánto generó en turismo? ¿Cuánto vendieron nuestros productores? ¿Cuál fue el impacto económico verificable?
Preguntar esto no significa estar contra la Fiesta Nacional del Sol. Significa entender algo elemental. El dinero público no deja de ser público cuando comienza la música.
Y existe una contradicción todavía mayor. Mientras llevamos el vino sanjuanino a Buenos Aires como símbolo de nuestra capacidad productiva, aquí existen establecimientos atravesando dificultades y bodegas con actividad paralizada o reducida. Una cosa es levantar una copa frente a un diplomático y otra escuchar el silencio de una máquina detenida.
Ese silencio también habla. Habla de costos, consumo, competitividad, financiamiento, mercados y empleo. Habla de empresarios que intentan sostenerse y trabajadores que miran el futuro con incertidumbre. Esa economía difícilmente aparezca en los videos institucionales porque las máquinas apagadas sirven poco para una presentación promocional.
Mientras tanto, maestros, policías, médicos, enfermeros y empleados públicos reclaman salarios, recursos y mejores condiciones laborales. Sería demagógico sostener que un Estado debe elegir entre cultura y servicios esenciales. Puede financiar una fiesta y atender educación, seguridad y salud. Precisamente por eso debe transparentar sus prioridades. Cuando existe dinero para un despliegue de semejante magnitud, la sociedad tiene derecho a conocer cuánto cuesta y cuáles son sus resultados.
Y regreso a aquella imagen de Orrego arriba del escenario, micrófono en mano, cantando. No discutiré sus condiciones musicales. Los sanjuaninos tampoco lo eligieron para competir en un festival folklórico. Me interesa el símbolo. Cuando una celebración provincial financiada con recursos públicos coloca reiteradamente al gobernante en el centro de la representación, corresponde preguntarse dónde termina la promoción institucional y dónde comienza la construcción de imagen política.
Más aún cuando la reelección forma parte de la conversación política. No hace falta afirmar que cada reflector fue encendido para una campaña. La escena alcanza para formular una pregunta. ¿La Fiesta Nacional del Sol está promocionando San Juan o también está promocionando a Marcelo Orrego?
Porque la fiesta pertenece a San Juan. No al gobernador, al oficialismo, a la oposición ni a una futura candidatura. Los gobernadores pasan. San Juan permanece.
Que haya fiesta, música y artistas. Que lleguen empresarios, turistas e inversores. Que nuestros vinos recorran el mundo, que Ischigualasto deslumbre y nuestros productores vendan. Pero después apaguen los reflectores. Allí aparece la provincia verdadera, la del maestro que vuelve al aula, el policía que regresa a la calle, el médico que entra al hospital, el trabajador que espera cobrar y la bodega que necesita volver a encender sus máquinas.
Esa provincia no necesita escenografía. Necesita gestión.
Podemos mostrar escenarios, artistas, discursos, luces y hasta un gobernador tratando de ser cantante. Pero antes podríamos mostrar algo menos espectacular y bastante más importante.
Las cuentas.
Porque las fiestas terminan, las fotografías envejecen, las campañas pasan y hasta las canciones se olvidan. Cuando se apaga el último reflector queda la única provincia que verdaderamente importa.
La que tienen que vivir los sanjuaninos al día siguiente.














