Chile perdió algo más que Allende

Sep 15, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Allende cometió errores, gobernó un país fracturado y encabezó un proyecto desbordado por sus propias contradicciones. No hace falta convertirlo en santo para comprender lo ocurrido. El 11 de septiembre de 1973 Chile perdió un presidente, pero también algo mucho más difícil de recuperar. Perdió la posibilidad de equivocarse en democracia. Después llegaron Pinochet, los muertos, los exiliados, Víctor Jara y, unos años más tarde, aquella siniestra coordinación represiva que tuvo la crueldad de llamarse Plan Cóndor.

Aquel martes Santiago debió amanecer como amanecen casi todas las ciudades antes de una tragedia. Alguien preparó café, alguien salió temprano al trabajo, una mujer despertó a sus hijos para ir a la escuela y seguramente algún hombre compró el periódico sin sospechar que unas horas después ese ejemplar pertenecería a otro Chile.

Era 11 de septiembre de 1973. Después llegaron los aviones.

Los Hawker Hunter cruzaron el cielo de Santiago y descendieron sobre La Moneda. Las imágenes todavía producen una extraña incomodidad. El palacio presidencial envuelto en humo, las ventanas destruidas, los soldados ocupando las calles y un presidente que permanecía dentro mientras su gobierno se desmoronaba. Salvador Allende probablemente sabía que iba a morir.

Y allí comienza una historia que durante demasiado tiempo fue contada desde dos extremos igualmente cómodos. Para unos, Allende fue un santo. Para otros, la encarnación de todos los males de Chile. No fue ninguna de las dos cosas. Fue un hombre, y los hombres se equivocan.

Su gobierno atravesó inflación, desabastecimiento, huelgas, violencia política, radicalización y una economía sometida a enormes tensiones. Hubo decisiones equivocadas, sectores de la izquierda que creyeron que la revolución podía adelantarse a empujones y una sociedad que comenzó a mirarse con una desconfianza feroz. También hubo sectores de la oposición que dejaron de considerar suficiente derrotarlo electoralmente y una intervención estadounidense destinada a debilitar su gobierno. La historia es bastante más incómoda cuando uno decide contarla completa.

Allende había llegado a La Moneda mediante elecciones en 1970. Quería ensayar algo extraordinariamente difícil para aquellos años, una transformación socialista realizada dentro de la institucionalidad democrática. Nacionalizó el cobre, impulsó profundas reformas y pretendió modificar estructuras económicas que consideraba injustas. Se puede discutir casi todo aquello. Incluso se debe. Lo que no debería discutirse es el método para terminar con un gobierno democrático.

Porque una democracia posee una virtud que a veces olvidamos. Permite equivocarse y permite corregir el error. Se llama votar.

El 11 de septiembre Chile eligió otro método. Los aviones bombardearon La Moneda y con cada explosión no solamente caían paredes. También se derrumbaba una idea mucho más frágil, esa antigua confianza de que los adversarios políticos podían odiarse profundamente y aun así esperar las próximas elecciones.

El humo comenzó a salir del palacio. Era humo saliendo de la democracia.

Allende habló por radio por última vez. Mencionó aquellas grandes alamedas por donde algún día volvería a pasar el hombre libre. No pudo verlas. Después vino Pinochet y después el miedo.

Durante diecisiete años Chile aprendió un vocabulario que ningún país debería necesitar. Detenidos, torturados, ejecutados, desaparecidos, exiliados. También aprendió el significado de una silla vacía, porque las dictaduras suelen contarse mediante cifras y las cifras tienen un problema. Dicen cuántos murieron, pero no dicen quién faltó a cenar. No cuentan a la madre esperando, al hijo preguntando ni la camisa que quedó colgada en un armario durante años porque alguien todavía conservaba la absurda esperanza de que su dueño regresara.

Entre aquellas historias apareció también Víctor Jara. Cantaba. Tal vez por eso resultaba peligroso. Hay gobiernos que les temen a los hombres armados y dictaduras que terminan temiéndoles incluso a los hombres con guitarra.

Jara fue detenido, torturado y asesinado pocos días después del golpe. El Estadio Chile quedó asociado para siempre con su martirio. Quisieron silenciar una voz y consiguieron exactamente lo contrario. Más de medio siglo después seguimos pronunciando su nombre. La memoria suele tener ese extraño sentido de la justicia. Los verdugos envejecen. Las canciones, no.

Y todavía faltaba otra oscuridad.

En 1975, dos años después de la muerte de Allende, varias dictaduras sudamericanas formalizaron una coordinación represiva que conoceríamos como Plan Cóndor. Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia estuvieron entre sus participantes centrales. Las fronteras dejaron de ser refugio para muchos perseguidos políticos y los aparatos represivos colaboraron para localizar, secuestrar y eliminar opositores.

Hay una ironía terrible en aquel nombre. El cóndor verdadero pertenece a las alturas. No reconoce fronteras, gobiernos ni ideologías. Extiende sus alas sobre los Andes y vuela. El otro Cóndor perseguía. Uno representaba libertad. El otro necesitaba hombres encadenados.

Allende no fue víctima del Plan Cóndor, porque murió dos años antes de su formalización. Pero ambos pertenecen a una misma fotografía latinoamericana, a ese invierno en que demasiados hombres uniformados estuvieron convencidos de que podían salvar la democracia destruyéndola.

Y entonces aparece la pregunta inevitable.

¿Qué perdió Chile?

Perdió a Allende, naturalmente. Pero sería demasiado fácil dejar la respuesta allí. Perdió también a Víctor Jara. Perdió desaparecidos, ejecutados y torturados. Perdió hombres y mujeres que cruzaron la cordillera llevando una vida entera dentro de una maleta. Perdió científicos, intelectuales, trabajadores, estudiantes y artistas. Perdió conversaciones, canciones, libros que nunca llegaron a escribirse, cumpleaños sin padre y Navidades con una silla vacía.

Perdió diecisiete años y algo que ninguna estadística consigue medir, la inocencia democrática. Porque después de ver aviones bombardeando el palacio presidencial, un país nunca vuelve a mirar su democracia de la misma manera.

Eso no convierte a Salvador Allende en santo. No lo necesito santo. Me interesa mucho más hombre. Prefiero al Allende que pudo equivocarse, que tomó decisiones discutibles, que encabezó un proyecto que fracasó y que debe ser sometido al juicio severo de la historia. Precisamente porque allí está la diferencia. A un presidente que se equivoca se lo derrota en las urnas. No se bombardea La Moneda.

Más de medio siglo después, el edificio sigue allí, reconstruido. También volvió la democracia, imperfecta, contradictoria, ruidosa, muchas veces decepcionante, como todas las democracias hechas por seres humanos y no por personajes de bronce.

Pero los muertos no regresaron.

Tal vez por eso, cuando pienso en aquel Chile, no quiero terminar esta historia con Pinochet. Tampoco con los soldados ni con los Hawker Hunter atravesando el cielo de Santiago. Sería concederles a las bombas la última palabra.

Prefiero terminarla con un hombre y una guitarra.

Víctor Jara escribió sobre Amanda corriendo bajo la lluvia para encontrarse con Manuel. Apenas cinco minutos de amor en medio de la vida obrera. Cinco minutos insignificantes para la historia oficial y suficientes para contener un universo.

“La vida es eterna en cinco minutos.”

Quizá allí esté todo, porque las dictaduras pueden apropiarse de los palacios, cerrar congresos, prohibir libros, perseguir hombres, romper guitarras y llenar estadios de prisioneros. Pero existe algo que nunca terminan de comprender.

La memoria no obedece órdenes.

Allende murió. Víctor Jara murió. Miles murieron. Sin embargo, sobre la cordillera sigue volando el cóndor verdadero. La Moneda continúa en pie. Las grandes alamedas volvieron a abrirse y, cada vez que alguien pone aquella vieja canción, Amanda vuelve a correr bajo la lluvia.

Corre hacia Manuel, hacia aquellos cinco minutos, hacia un Chile que alguna vez creyó que sus diferencias podían resolverse sin bombardearse.

Y mientras Amanda siga corriendo bajo la lluvia, Chile seguirá recordando todo lo que perdió, todo lo que ningún fusil consiguió quitarle.

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