Septiembre llega a Chile vestido de rojo, blanco y azul. Las banderas vuelven a las ventanas, las cuecas encuentran nuevamente sus guitarras, las fondas encienden sus primeras luces y el vino comienza a circular como si también tuviera memoria. Pero detrás de la celebración permanece una historia mucho más compleja que una fecha escrita en el calendario.
El 18 de septiembre de 1810 Chile todavía no era independiente. Ni siquiera quienes formaron aquella Primera Junta Nacional de Gobierno podían imaginar completamente el país que comenzaban a construir. Fernando VII continuaba siendo reconocido formalmente y faltaban todavía derrotas, exilios, cordilleras por atravesar y batallas por ganar.
La independencia chilena no comenzó con una certeza.
Comenzó con una posibilidad.
Hasta sus símbolos tuvieron que encontrar su forma. Durante la Patria Vieja apareció la bandera tricolor azul, blanca y amarilla y, en algunas de sus representaciones, tres estrellas asociadas a los poderes del Estado. Después vendrían otras enseñas hasta que, en 1817, apareció la bandera que terminaría identificando definitivamente a Chile, con el azul, el blanco, el rojo y una sola estrella.
Chile pasó así, en su compleja evolución simbólica, de aquellas tres estrellas a la estrella solitaria que todavía acompaña su bandera. También los países necesitan aprender a reconocerse frente al espejo.
Y aquella posibilidad de independencia estuvo a punto de desaparecer cuatro años después.
En octubre de 1814 llegó Rancagua. La derrota patriota puso fin a la llamada Patria Vieja y obligó a numerosos independentistas chilenos a cruzar los Andes buscando refugio en Mendoza. Entre ellos estaba Bernardo O’Higgins.
Y del otro lado de la cordillera estaba José de San Martín.
Puede decirse que San Martín salvó a O’Higgins después de Rancagua, aunque no se trató del rescate cinematográfico de un hombre herido en medio del campo de batalla. San Martín, entonces gobernador intendente de Cuyo, recibió y respaldó a los patriotas chilenos que llegaban derrotados. Comprendió algo fundamental. Rancagua podía ser una derrota militar, pero no necesariamente el final de una revolución.
Donde otros podían haber visto exiliados, San Martín vio un ejército que todavía no existía.
Entonces comenzó a prepararlo.
En Mendoza organizó el Ejército de los Andes y convirtió una geografía que parecía imposible en parte de su estrategia. En enero de 1817 comenzó el cruce. Miles de hombres avanzaron por pasos cordilleranos llevando armas, animales, alimentos, municiones y una idea mucho más difícil de transportar que cualquiera de aquellas cargas.
La libertad.
El 12 de febrero de 1817, en Chacabuco, las fuerzas del Ejército de los Andes y los patriotas chilenos derrotaron a los realistas. O’Higgins regresaba así a la tierra de la que había tenido que escapar después de Rancagua. Un año después Chile proclamaba formalmente su independencia y el 5 de abril de 1818, en Maipú, aquella emancipación recibió una confirmación militar decisiva.
La historia conservaría una imagen formidable. San Martín y O’Higgins abrazándose después de la victoria.
Pero aquel abrazo contenía mucho más que Maipú.
Contenía Rancagua, Mendoza, el exilio, los Andes y Chacabuco. Era también el encuentro de dos hombres que comprendieron algo que nuestras fronteras posteriores terminaron haciéndonos olvidar. La independencia sudamericana difícilmente podía resolverse dentro de los límites de cada territorio.
San Martín no cruzó los Andes para conquistar Chile. Los cruzó para contribuir a liberarlo y continuar después hacia Perú. Su proyecto era continental. Sabía que mientras el poder español conservara sus grandes posiciones en el Pacífico, ninguna independencia estaba completamente asegurada.
Chile continuó después construyendo su propia identidad. Y en esa construcción incorporó una tradición que todavía sorprende a quien observa sus ceremonias militares.
Cada 19 de septiembre, durante el Día de las Glorias del Ejército, Santiago parece guardar una pequeña anomalía histórica. Uniformes de inspiración germánica, cascos Pickelhaube, bandas, marchas y una marcialidad que inevitablemente recuerda a la antigua Europa central.
No es una coincidencia.
A finales del siglo XIX, Chile emprendió una profunda modernización de su Ejército siguiendo el modelo prusiano-alemán. Oficiales como Emil Körner participaron en la transformación de la formación, la organización y la doctrina militar chilena. Aquella influencia alcanzó también el ceremonial y ciertos elementos de sus uniformes.
La historia produjo entonces una de sus mejores ironías.
Prusia desapareció, pero todavía desfila por Santiago.
No literalmente. Chile hizo algo que hacen las naciones cuando construyen una identidad. Recibió una tradición extranjera, la adaptó, la conservó y terminó convirtiéndola en parte de la suya.
Por eso cada septiembre conviven en Chile distintas páginas de una misma historia. Está aquella Junta de 1810 que todavía juraba fidelidad a un rey español. Están las tres estrellas que terminaron dejando lugar a una. Está Rancagua y O’Higgins atravesando derrotado la cordillera. Está San Martín recibiendo a los patriotas en Cuyo y preparando el regreso. Están Chacabuco y Maipú. Está la tradición prusiana que llegó décadas después. Y están las cuecas, las fondas, las empanadas, el vino y las banderas de un pueblo que convirtió todo aquello en memoria.
Hoy, 18 de septiembre, corresponde recordarlo sin apropiaciones nacionales y, sobre todo, sin mezquindades históricas.
Feliz Fiesta Patria, Chile.
Desde este lado de los Andes, donde alguna vez un general recibió a hombres derrotados y comenzó a preparar con ellos una victoria.
San Martín y O’Higgins entendieron entonces algo que, más de dos siglos después, todavía deberíamos recordar.
Quizá la cordillera nunca estuvo allí para separarnos.














