Nos dijeron que el Escudo de las Américas había nacido para combatir el narcotráfico, el crimen organizado y esa palabra que Washington desempolvó con notable eficacia política, el narcoterrorismo. Dicho así, cualquiera podría sentirse más seguro. Los escudos tienen esa ventaja semántica. Nadie imagina que un escudo pueda ser peligroso porque, desde los romanos hasta el Capitán América, fueron inventados para protegernos. El problema comienza cuando uno pregunta qué protege, de quién nos protege y, sobre todo, quién sostiene el brazo que lo lleva.
Argentina necesita cooperación internacional contra el narcotráfico. Negarlo sería absurdo. Las organizaciones criminales comprendieron mucho antes que nuestros gobiernos que las fronteras son líneas dibujadas por funcionarios sobre un mapa y que el dinero, la cocaína, las armas y la corrupción suelen cruzarlas sin mostrar pasaporte. Pero cuando uno deja de escuchar los discursos y comienza a mirar qué hay detrás del Escudo aparecen inversiones, infraestructura, energía y minerales críticos. Entonces la conversación deja de ser exclusivamente policial y comienza a oler a esa vieja ciencia en la que las grandes potencias nunca han sido inocentes, la geopolítica.
No hace falta inventar conspiraciones. Estados Unidos anunció hasta 7.000 millones de dólares de financiamiento para proyectos argentinos relacionados con minerales críticos, energía e infraestructura, dentro de una estrategia destinada a fortalecer sus cadenas de suministro y reducir vulnerabilidades frente a China. Argentina posee justamente aquello que el mundo desarrollado necesitará durante las próximas décadas. Litio, cobre, gas, petróleo, agua, alimentos y territorio. Washington no está haciendo nada extraordinario. Está defendiendo sus intereses. Lo extraordinario sería que nosotros olvidáramos defender los nuestros.
Desde San Juan la discusión se entiende mejor porque aquí la geopolítica tiene montañas. Debajo de ellas duerme una cantidad extraordinaria de cobre y alrededor de ese cobre empiezan a despertarse gobiernos, corporaciones y capitales. Vicuña, Los Azules, El Pachón y los grandes proyectos que vienen detrás ya no pueden observarse únicamente como inversiones mineras provinciales. Forman parte de una oferta futura de un mineral indispensable para redes eléctricas, centros de datos, inteligencia artificial, vehículos eléctricos, armamento y transición energética. El cobre dejó de ser simplemente cobre. El litio dejó de ser simplemente litio. En el siglo XXI algunos minerales comenzaron a parecerse demasiado al petróleo del siglo XX.
Por eso sería de una ingenuidad conmovedora creer que cuando Estados Unidos habla de minerales críticos solamente está preocupado por nuestro desarrollo. Hace exactamente lo que debería hacer una potencia seria. Busca garantizar recursos, diversificar proveedores, proteger cadenas de abastecimiento y disminuir su dependencia de China. La pregunta incómoda no es qué pretende Washington. Washington lo sabe perfectamente. La pregunta es si Argentina también sabe qué pretende.
Podemos vender cobre a Estados Unidos y litio a China. Podemos recibir inversiones canadienses, europeas, australianas, japonesas o de cualquier origen que respete nuestras leyes y resulte conveniente para el país. Eso también se llama soberanía. El problema comenzaría si para entrar debajo de determinado escudo tuviéramos que aceptar quién puede comprar nuestros minerales, quién puede financiar nuestros proyectos o qué inversiones debemos considerar inconvenientes porque resultan inconvenientes para otro país. En ese instante ya no estaríamos hablando de seguridad. Estaríamos hablando de poder. Y el poder tiene la mala costumbre de llamar cooperación a ciertas cosas que los países pequeños terminan descubriendo demasiado tarde.
En medio de todo aparece una sigla que para cualquier argentino debería tener memoria propia. TIAR. El Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca nació como parte de una arquitectura hemisférica de defensa colectiva, no como una comisaría continental destinada a perseguir narcotraficantes. Por eso cualquier referencia al TIAR dentro de una nueva estructura regional de seguridad merece algo más que comunicados optimistas y fotografías presidenciales.
Para Argentina, además, el TIAR tiene una fecha inevitable. 1982.
Durante la Guerra de Malvinas, la crisis llegó al sistema interamericano y hubo resoluciones favorables a la posición argentina. Pero cuando los principios se encontraron frente a los intereses, Estados Unidos terminó apoyando política, diplomática y materialmente al Reino Unido. No necesitamos falsificar aquella historia para volverla más dramática. La historia se encargó sola. Aprendimos que los tratados pueden escribir solidaridad con tinta impecable mientras las potencias hacen sus cuentas con lápiz.
Malvinas dejó una enseñanza que cuarenta y cuatro años no deberían haber conseguido borrar. Las alianzas tienen declaraciones, ceremonias, firmas y banderas. También tienen intereses. Y cuando ambas cosas chocan, las grandes potencias suelen recordar primero los propios.
Por eso preguntar qué significa cualquier referencia al TIAR dentro de una nueva arquitectura hemisférica impulsada desde Washington no es antiamericanismo. Es memoria. Tampoco significa afirmar que mañana desembarcarán soldados estadounidenses en Ezeiza o que Argentina entregó el mando de sus Fuerzas Armadas. Escribir eso sin documentos sería cambiar periodismo por literatura fantástica, y para fantasías ya tenemos suficiente con algunos discursos oficiales del presidente y gobernadores alineados. Pero tampoco deberíamos aceptar que todo esto consiste simplemente en policías de distintos países intercambiando números de teléfono.
Si alrededor de una misma arquitectura aparecen cooperación militar, minerales críticos, inversiones, infraestructura estratégica, China y mecanismos hemisféricos de defensa, preguntar deja de ser paranoia y se convierte en una obligación republicana. ¿Hasta dónde llega Argentina? ¿Intercambio de inteligencia, sanciones, operaciones conjuntas, cooperación militar, infraestructura, revisión de inversiones, alineamiento diplomático? La solución debería ser extraordinariamente sencilla. Que publiquen los documentos. La transparencia tiene una virtud que los gobiernos suelen olvidar. Mata muchas teorías conspirativas y, algunas veces, confirma por qué nacieron.
Mientras tanto, Washington profundiza su interés económico en nuestros recursos. El financiamiento anunciado contempla minería, energía e infraestructura asociada precisamente a sectores en los que Argentina posee ventajas estratégicas. Ninguna de estas piezas demuestra por sí sola la existencia de un plan secreto para apropiarse de nuestros minerales. Afirmarlo sería intelectualmente cómodo y periodísticamente irresponsable. Pero las piezas están sobre la misma mesa y sería igualmente irresponsable fingir que no las vemos. Seguridad, minerales críticos, infraestructura, China, TIAR y cooperación militar forman parte de una conversación geopolítica mucho mayor que la lucha contra un narcotraficante.
Donald Trump habla de America First. No debería indignarnos. Es probablemente una de las declaraciones políticas más sinceras de su gobierno. Trump fue elegido para defender los intereses de Estados Unidos y eso es precisamente lo que intenta hacer. El problema argentino comenzaría si Javier Milei confundiera afinidad ideológica, admiración personal o coincidencia política con los intereses permanentes de la República Argentina. Las amistades presidenciales duran lo que duran los presidentes. Los recursos permanecen mucho más tiempo.
Porque Milei pasará. Trump pasará. El cobre quedará. El litio quedará. Vaca Muerta quedará. Malvinas quedará. Y cuando todos ellos sean fotografías amarillentas en algún archivo, Argentina todavía tendrá que vivir con las decisiones que se tomen ahora.
En 1982 descubrimos que cuando la solidaridad continental chocó contra los intereses estratégicos de Washington, las palabras escritas en los tratados no alcanzaron para determinar de qué lado estaría Estados Unidos. Sería injusto exigirle a Washington que olvide sus intereses. Lo imperdonable sería que nosotros olvidáramos los nuestros.
Cooperar con Estados Unidos, sí. Comerciar con Estados Unidos, también. Recibir inversiones que desarrollen Argentina, por supuesto. Pero no necesitamos reemplazar dependencia china por dependencia estadounidense ni cambiar un tutor por otro y llamarlo libertad. Un país soberano no necesita elegir amo. Necesita elegir socios.
Quizá por eso, antes de preguntarnos cuánto dinero, seguridad o inversiones puede traer el Escudo de las Américas, deberíamos mirar otra vez hacia el Atlántico Sur. Allí todavía hay unas islas que nos recuerdan que los tratados prometen, los gobiernos sonríen y las potencias calculan.
Y después formular una pregunta bastante sencilla.
Cuando llegue el día en que los intereses de Washington y los intereses argentinos dejen de coincidir, ¿de qué lado estará nuestro propio escudo?














