San Juan y el arte de pensar dos veces

Sep 16, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

George Orwell imaginó en 1984 una sociedad en la que el poder había conseguido algo mucho más sofisticado que imponer una mentira. Había logrado que las personas aceptaran dos afirmaciones contradictorias al mismo tiempo y creyeran en ambas. Lo llamó doblepensar.

No era ignorancia ni simple propaganda. Era una operación más profunda. Saber y no saber, reconocer un hecho y aceptar simultáneamente su contrario, acomodar la memoria a las necesidades del presente y hacerlo sin experimentar siquiera la incomodidad de la contradicción.

Orwell escribió sobre Oceanía. Nosotros podemos leerlo desde San Juan y entonces la novela deja de parecernos tan lejana.

La política siempre intentó modificar nuestra percepción de los hechos. La diferencia es que la política contemporánea dispone de una maquinaria infinitamente más veloz, precisa y ubicua para hacerlo. Ya no necesita necesariamente convencernos de que algo es falso o verdadero. A veces le alcanza con decidir qué parte de la realidad veremos, cuántas veces la veremos y qué otra parte desaparecerá detrás del ruido.

Allí comienza el doblepensar.

Pensemos en la minería. San Juan deposita buena parte de sus expectativas económicas en proyectos de cobre de enorme escala. Es razonable que lo haga. Sería absurdo negar el potencial minero de la provincia o despreciar inversiones capaces de transformar su estructura productiva. El problema comienza cuando el futuro cambia silenciosamente de tiempo verbal.

Un proyecto minero atraviesa etapas, incertidumbres, estudios, permisos, inversiones, construcción y finalmente, si todo resulta favorable, producción. Entre aquello que duerme bajo la montaña y la riqueza circulando por la economía provincial existe una distancia considerable. Sin embargo, el relato político posee la extraordinaria capacidad de recorrer esa distancia en una conferencia de prensa.

Sabemos que determinados proyectos todavía no producen cobre, pero hablamos de la bonanza como si ya estuviera estacionada frente a Casa de Gobierno. Conocemos los riesgos económicos, técnicos, ambientales y financieros y, simultáneamente, construimos una certeza política sobre aquello que todavía pertenece al territorio de las proyecciones. La propaganda puede presentar una posibilidad como certeza. El doblepensar aparece cuando nosotros sabemos que continúa siendo una posibilidad y comenzamos a comportarnos como si ya fuera una realidad.

Orwell habría reconocido el mecanismo.

Pero sería demasiado cómodo limitarlo a la minería. Un gobierno puede declararse austero mientras multiplica eventos, reivindicar la transparencia mientras determinados pedidos de información esperan durante meses, exhibir equilibrio fiscal mientras busca nuevas herramientas de financiamiento y celebrar indicadores favorables mientras una parte de la sociedad experimenta una realidad bastante menos fotogénica.

Ninguna de esas contradicciones demuestra por sí sola corrupción, mentira o mala administración. Precisamente allí está la cuestión. El doblepensar no consiste en demostrar que todo cuanto dice el gobierno es falso. Consiste en acostumbrarnos a que dos versiones incompatibles de la realidad puedan convivir sin que sintamos la necesidad de pedir una explicación.

Ese matiz importa porque convertir a Orwell en un garrote para golpear al adversario sería probablemente la forma menos orwelliana de leer a Orwell. Marcelo Orrego no es el Gran Hermano, San Juan no es Oceanía y una democracia provincial no puede compararse seriamente con el totalitarismo de 1984. La comparación interesante está en otra parte, en los mecanismos del lenguaje y en nuestra extraordinaria capacidad contemporánea para confundir comunicación con realidad.

Todo gobierno necesita contar su gestión. Es legítimo. El problema aparece cuando comunicar deja de significar explicar y comienza a significar fabricar una versión suficientemente atractiva de los hechos para que termine sustituyéndolos.

El poder dispone hoy de herramientas que Orwell apenas habría podido imaginar. Fotografías, videos, portales, televisión, publicidad institucional, redes sociales, cuentas partidarias, trolls, segmentación digital y algoritmos capaces de descubrir qué queremos escuchar antes incluso de que terminemos de pensarlo.

El Ministerio de la Verdad necesitaba funcionarios que destruyeran periódicos viejos. Nosotros llevamos una maquinaria bastante más eficiente en el bolsillo.

Ya ni siquiera hace falta ocultar una noticia. Basta con sepultarla debajo de otras cien. Tampoco es indispensable fabricar una mentira completa. Alcanza con iluminar cuidadosamente una esquina de la realidad y dejar las demás a oscuras. Lo que no aparece comienza a parecer que nunca ocurrió y lo que aparece cien veces adquiere, por repetición, la consistencia de la verdad. Una inauguración fotografiada desde veinte ángulos puede resultar políticamente más poderosa que un expediente silencioso. Una imagen derrota a una estadística. Un eslogan atraviesa intacto el lugar donde una explicación se habría detenido a pensar.

Y aquí aparece la parte que preferimos no mirar. Nosotros colaboramos.

Sería tranquilizador imaginar un Gran Hermano sentado en algún despacho decidiendo qué debemos pensar. Bastaría con identificarlo y enfrentarlo. La realidad es bastante menos cómoda porque también nosotros seleccionamos aquello que confirma nuestras creencias.

El opositor comparte las noticias que demuestran que el gobierno fracasa. El oficialista, aquellas que prueban que gobierna maravillosamente. Ambos acusan al otro de habitar una ficción mientras protegen cuidadosamente la propia. Así, el doblepensar deja de ser una herramienta exclusiva del poder y termina convertido en una costumbre social.

Quizás allí sobreviva la lectura más contemporánea de Orwell. El peligro no comienza cuando alguien nos obliga a creer una mentira, sino cuando dejamos de sentir incomodidad frente a la contradicción. Cuando sabemos que una promesa todavía es una posibilidad, pero preferimos celebrarla como realidad. Cuando exigimos transparencia al adversario y encontramos argumentos para justificar el silencio del propio. Cuando una deuda es irresponsabilidad si la toma el otro y una brillante herramienta financiera cuando la toma el nuestro. Cuando el gasto público se transforma mágicamente en despilfarro o inversión dependiendo de quién aparezca cortando la cinta.

Entonces el Ministerio de la Verdad ya no necesita un edificio.

Lo llevamos adentro.

Por eso 1984 continúa siendo una novela extraordinaria para leer desde San Juan. No porque vivamos bajo el Gran Hermano, sino precisamente porque no vivimos bajo él. Todavía podemos preguntar, exigir documentos, contrastar cifras, desconfiar del gobierno, de la oposición, de los medios y, especialmente, de nuestras propias certezas.

Todavía podemos conservar esa incomodidad intelectual que impide que la contradicción se convierta en costumbre.

Porque la primera derrota de una sociedad no ocurre cuando el poder consigue que todos pensemos lo mismo. Ocurre mucho antes, casi imperceptiblemente, cuando consigue que aceptemos pensar dos cosas contradictorias al mismo tiempo.

La derrota definitiva llega cuando dejamos de preguntarnos cuál de las dos es verdad.

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